Х. Роберто Паэс. Испанские колониальные хронисты: часть вторая. J. Roberto Páez. Cronistas coloniales - Segunda parte
Uncategorized March 11th, 2006
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Queda dicho atrás, como prosiguiendo Gonzalo Pizarro su descubrimiento, por no hallar tierra, ni disposición para poblar, conforme a lo que pretendía, envió por el río, al capitán Orellana, el cual unos dicen, que sin licencia se apartó de Gonzalo Pizarro, y otros, que con su voluntad continuó la navegación, y descubrimiento del río, con un barco, que se había hecho, y canoas, que a los indios se habían tomado; y caminando (según dicen) con propósito de volver con vitualla, si la hallase al ejército, anduvo 200 leguas; y viéndose tan empeñado, que no podía volver atrás, prosiguió su viaje, hasta salir a la Mar del Norte, en el cual le sucedió lo siguiente. El segundo día que salieron, y se apartaron de Gonzalo Pizarro, pensaron perderse en medio del río, porque el barco dio en un madero, y rompió una tabla; pero estando cerca de tierra vararon el barco, y le aderezaron, y volvieron al viaje, andando veinte, y veinte y cinco leguas cada día por la corriente, entrando muchos ríos por la banda del Sur, y así caminaron tres días, sin ver poblado; y acabándose el mantenimiento que llevaban, y viéndose tan lejos de Gonzalo Pizarro, en viaje tan incierto, en esta confusión tuvieron por mejor de pasar adelante con la corriente, encomendándose a Dios, por -390- medio de una misa, que dijo el padre Carvajal, religioso dominico, como se dice en la mar; siendo ya tanto su aprieto, que no comían sino cueros de cintas, y suelas de zapatos, cocidas con algunas hierbas; y esto sucedió hasta fin del presente año; y por no partir esta historia en tantas partes, se pasará adelante con este viaje. A ocho de enero del año siguiente, estando muy ciertos de la muerte, oyó el capitán atambores de indios, con que se alegraron, pareciendo, que ya no podían morir de hambre, y estando muy sobre aviso, al amanecer, andadas dos leguas, descubrieron cuatro canoas de indios, que luego dieron la vuelta, y descubriéndose un pueblo con mucho número de indios a punto para defenderse, el capitán mandó a toda la gente que saliese a tierra muy en orden, y con cuidado de no desamparar el uno al otro. Con la vista del pueblo, estos afligidos soldados tomaron tanto ánimo que acometiéndole con valor, los indios le dejaron con mucha comida, con que satisfacieron a la excesiva hambre, estando con cuidado, porque los indios, dos horas después de medio día volvieron pasmados en canoas, a ver lo que aquello era. El capitán los habló en lengua indiana, que aunque no del todo, le entendieron, que los aseguraba, y llegados, los dio algunas cosillas de castilla, y rogó, que llamasen al señor, el cual fue muy lúcido, y con los halagos, dádivas, y buen recibimiento quedó contento, y ofreció lo que hubiese menester; y porque no se le pidió sino comida, al momento hizo llevar mucha abundancia de pavas, perdices, pescados y otras cosas. El siguiente día llegaron otros trece señores, a los cuales se hizo el mismo acometimiento; iban empenachados, y con joyas de oro, y patenas en los pechos; hablolos muy cortésmente el capitán Orellana, pidiolos obediencia para la Corona de Castilla, y se la dieron; y en su nombre tomó posesión.
Y como conoció la buena voluntad de los indios y que de buena gana le proveían, estando la gente descansada, conociendo el peligro en que se iba en aquel barco, y canoas, saliendo a la mar, propuso de hacer otro bergantín; -391- y según refiere el padre fray Gaspar de Carvajal en este lugar, uno de aquellos señores dio noticia de las amazonas, y de las riquezas que abajo había, y de otro rico, y poderoso señor de la tierra de adentro. Comenzada la obra del bergantín, no se halló dificultad sino de clavazón; pero quiso Dios, que dos hombres hicieron lo que jamás aprendieron, y otro tomó a su cargo el carbón. Hicieron luego unos fuelles de borceguíes, y todo lo demás, unos acarreando, otros cortando, y otros haciendo diversas cosas, en que el capitán era el primero a poner las manos. Labrados más de dos mil clavos en veinte días, detención que les fue dañosa, porque se comieron la vitualla, que adelante les aprovechara; y andadas hasta allí doscientas leguas, en nueve días, y sin siete compañeros, que de la hambre pasada murieron, determinaron (por no cansar más a los indios) de partirse día de Nuestra Señora de la Candelaria, y a veinte leguas se juntó con aquel río otro menor, por la mano derecha, el cual venía tan crecido que en el juntarse con el río mayor, peleaban con tanta fuerza las unas aguas con las otras, que pensaron perderse. Salidos de este peligro, en otras doscientas leguas, que caminaron, no hallaron ningún lugar, y pasaron grandes trabajos, y peligros, hasta llegar a unas poblaciones, adonde los indios estaban muy descuidados, y por no alborotar, mandó el capitán, que saliesen veinte soldados que los rogasen por comida, de la cual llevaban gran necesidad. Los indios holgaron de ver a los castellanos, y los dieron mucha comida de tortugas, y papagayos, y el capitán se fue a otro pueblo de la otra parte del río, adonde no se le hizo resistencia; antes le dieron bien de comer; y caminando a vista de buenos pueblos, otro día se llegaron al barco cuatro canoas; y ofrecieron al capitán tortugas, y buenas perdices, y mucho pescado, el cual los dio de lo que tenía; y con esta, y con ver que los entendía, quedaron tan contentos, que convidaron al capitán a ver a su señor, que se llamaba Aparia, el cual ya venía en algunas canoas; salieron los indios a tierra, y los Cristianos, -392- y llegado el señor Aparia, el capitán Orellana le hizo buen acogimiento, y un razonamiento, tocante a la Ley de Dios, y a la grandeza de los Reyes de Castilla, i todo lo oyeron los indios con mucha atención. Preguntó Aparia, que si iban a ver las amazonas, que en su lengua dicen coniapuyara, que es lo mismo que grandes señores, mirasen que eran pocos, y ellas muchas; y continuando sus pláticas, el capitán pidió, que llamasen a todos los señores de la comarca; y habiendo venido veinte, volvió a lo mismo, y acabó diciendo, que todos eran hijos del Sol, y que como tales los habían de tener por amigos, con que ellos se holgaron, y proveyeron muy bien de vitualla; y mucho más se holgaban de hablar con el capitán; el cual, tomada posesión de la tierra, puso una cruz en un lugar alto, de que los indios mostraban admiración, y contento.
Capítulo III
De lo que iba sucediendo al capitán Orellana en el viaje, y descubrimiento de este río de las amazonas.
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