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Hallándose Gonzalo Pizarro en esta terrible congoja, determinó, que el capitán Gonzalo Díaz de Pineda volviese en las canoas, a reconocer si hallaba bastimento, y rastro de Orellana; y habiendo navegado algunos días, hallaron, que aquel río entraba en otro más poderoso; y vieron quebradas, y cortaduras de machetes, y espadas, y conocieron que había estado allí Orellana. Y como su deseo de hallar comida era grande, acordaron de subir aquel río arriba, y al cabo de diez leguas los deparó Dios muchas labranzas de yuca, y cargando con ellas las canoas, volvieron a los castellanos, que estaban tan des[c]aecidos, que no pensaban vivir, y viendo el socorro, dieron a Dios muchas gracias. Había veinte y siete días que allí estaba Gonzalo Pizarro con esta necesidad, comiendo hojas de árboles, hierbas, y las sillas de los caballos, y los arzones cocidos, y tostados, en la lumbre, y la yuca luego se repartió, y la comían sin lavarla, y limpiarla; y sabido que estaba cerca, juntaron las canoas, y atadas fuertemente unas con otras, pasaron el río con poco trabajo, porque iba manso. Y como la hambre era tanta, un castellano, llamado Villarejo, comió una raíz blanca, algo gruesa, y en gustándola, se volvió loco; llegados a donde estaba la yuca, hicieron alto, y aunque fue notable remedio, ya los castellanos iban con mucha angustia, dolientes, y descoloridos, que era cosa de gran compasión; y como les faltaba el servicio, rallaban la yuca con las púas de unos árboles, que las echaban espesas, e menudas, y hacían su pan más sabroso, que si fuera de Alcalá. Esta yuca procedió de que habiendo vivido los indios antiguamente en aquellas campañas, siendo su principal mantenimiento la yuca, tenían de ella tan grandes sementeras; y siéndoles necesario desamparar la tierra, por -386- la guerra que los hicieron sus enemigos, quedaron aquellos yucales desiertos.
Habiendo descansado ocho días en aquel lugar, y satisfecha la hambre, aunque de mucho comer de la yuca murieran algunos castellanos, y otros se hincharon de manera que no se podían tener en pie, Gonzalo Pizarro teniendo por muerto a Orellana, y a sus compañeros, quiso salir de allí, caminando el río arriba, para ver si Dios le deparaba alguna buena tierra, o camino para volver adonde había salido. Llevaba los enfermos en los caballos, aunque iban tan flacos, que no eran de provecho, agarroteados, porque no se podían tener; y los sanos iban adelante, cortando la maleza para abrir camino con los pies descalzos. Otros también sanos iban en la retaguarda, para que nadie se quedase, proveyendo Gonzalo Pizarro a todo, como capitán cuidadoso, y de gran ánimo, como lo mostró bien en esta jornada; porque cuando no fuera su diligencia y constancia, y el ejemplo que con su propia persona daba, con que se animaba la gente, muchos días antes hubieran todos perecido. Al cabo de cuarenta leguas que anduvieron por los yucales, llegaron a una pequeña población, sin intérprete, ni forma de entenderse con los moradores; los bárbaros, espantados de ver a los castellanos, desde unas canoas hablaban, y rescataban comida, echándola en tierra, por peines, cuchillos, y cascabeles, y otras cosas tales, que siempre llevaban los castellanos a los descubrimientos, otros ocho días anduvieron el río arriba por semejantes poblados, pero después no hallaron ni poblado, ni camino, para ninguna parte, y por señas se lo decían los indios, porque su contratación era por el río. Estaba Gonzalo Pizarro con mucha angustia, porque no sabía en qué tierra estaba, ni qué derrota podía tomar para salir al Perú, o otra parte, y platicando con don Antonio de Ribera, Sancho de Carvajal, Villegas, Funis, y Juan de Acosta, determinó de enviar a Gonzalo Díaz de Pineda a descubrir por el río arriba en dos canoas bien atadas. Partido Gonzalo Díaz con un arcabuz, y una ballesta, seguía Gonzalo Pizarro con gran trabajo, porque todos iban descalzos -387- de pie, y pierna, sino los que de las corazas de las sillas habían hecho abarcas, y demás de que por ser el camino de montaña, y lleno de troncones, y árboles espinosos, llevaban los pies con grietas, y las piernas heridas con las púas, iban la mayor parte enfermos, y con cámaras, por la mucha Yuca que habían comido, y con todo eso convenía abrir el camino con machetes, lloviendo tan de ordinario, que casi todos iban desnudos por caérseles los vestidos a pedazos de sus cuerpos; y de esta manera, unos llevando estos inmensos trabajos con gran paciencia, encomendándose a Dios; y otros con menos anduvieron cincuenta y seis leguas sin hallar poblado, ni cosa que comer sino la yuca que habían sacado, y frutas silvestres de mal gusto, y fue cosa digna de mucha admiración que estos soldados con la desesperación no diesen en algún motín, y por tanto fue más loable su constancia, fe, y sufrimiento. Y hallándose un día muy afligido Gonzalo Díaz, pareciéndole, que no hallando ningún remedio al cabo de tantas leguas, era cierto su acabamiento; y saliendo a tierra, considerando su miseria, y juzgando, que por la espesura grande, era imposible, que Gonzalo Pizarro pudiese llegar allí, a hora de vísperas vieron que bajaban por el río una canoa y tras ellas otras catorce, o quince, con ocho hombres en cada una, con sus armas, y paveses.
Con la vista de las canoas Gonzalo Díaz tomó el arcabuz, y Diego de Bustamante la ballesta, y emparejando los indios, que iban descuidados, con el arcabuz mataron a uno, y con la jara de la ballesta hirieron a otro en el brazo, que se la sacó, y arrojó al que se la tiró. Los indios con mucha grita arrojaron muchos dardos, y tiraderas, y volviendo a cargar los castellanos, mataron a otros dos indios, y tomando sus espadas, y rodelas, fueron a ellos; los indios, caminando el río abajo, se les iban, por lo cual volvieron a tomar el arcabuz, y la ballesta, y los seguían tirando. Los indios admirados de ver cómo los mataban, se echaron al agua y desampararon las canoas, y los castellanos hallaron comida en ellas, y dieron gracias a Dios, porque había días que se -388- sustentaban de hierbas, y raíces. Aquellos indios habían salido de un pueblo, que estaba apartado de la ribera, y un indio que pasaba, descubrió la canoa de Gonzalo Díaz, y fue a dar aviso, y salieron aquellas canoas a prenderla, y sucedió lo que se ha dicho. Gonzalo Díaz, y Bustamante, hicieron cruces en los árboles, para que llegando Gonzalo Pizarro, conociese que habían estado allí el día siguiente amaneció muy claro, y descubrieron grandes sierras, y dieron gracias a Dios, creyendo, que era la cordillera del Quito, o las que están junto a Popayán, o Cali, y hallaron piedras en un raudal del río, cosa que no habían visto en trescientas leguas. Volvieron el río abajo a buscar a Pizarro, que iba caminando con increíble angustia, y afán, porque de novecientos perros, ya no quedaban más de dos; uno de Gonzalo Pizarro, y otro de Antonio de Ribera, y cada día morían soldados. Y Gonzalo Díaz desde el río oyó el ruido que llevaban, talando y abriendo camino, y aguardó a Gonzalo Pizarro que iba en la retaguarda, ayudando a los más necesitados, para que nadie se quedase; y dándole cuenta de todo, lo oyó con gran alegría; y aquí se dejará esta jornada, pues no sucedió en ella otra cosa hasta el fin del año presente.

-389-
Libro noveno

Capítulo II
Del viaje que comenzó el capitán Orellana por el río, que llaman San Juan de las amazonas, hasta salir a la Mar del Norte.

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