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Orellana, como iba tanta gente adelante, pasó grande hambre en aquellas treinta leguas, y al fin se juntó con Gonzalo Pizarro, y le hizo su teniente general; y habiendo consultado sobre lo que se había de hacer, se acordó, que Gonzalo Pizarro fuese adelante con setenta infantes rodeleros, arcabuceros, y ballesteros, por ser tierra fragosa, y comenzó su camino al Oriente, llevando guías de la tierra; y habiendo caminado algunos días, llegó a topar con los árboles que llamaban canelos, que -381- son a manera de grandes olivos, y echan unos capullos grandes con su flor, que es la canela, cosa perfecta, y de mucha sustancia; y árboles tales no se habían visto en todas las Indias, y en todas aquellas provincias contrataban con aquella canela; la gente vivía en pequeñas y ruines casas, y apartadas, y era de poca razón, tenían muchas mujeres y Gonzalo Pizarro preguntó, si sabían, que en otra tierra ¿hubiese de aquellos árboles? Dijeron, que no; y que tampoco sabían de la tierra que había adelante, porque no conocían sino la que habitaban en aquellas espesuras, y que fuese adelante, que por ventura, habría quien le diese la razón que pedían; y enojado Gonzalo Pizarro de que no le respondían, como deseaba, los volvió a preguntar, y porque siempre estaban en el mismo propósito, los mandó atar, y que con fuego los atormentasen; y no solo mataron algunos de aquellos tristes con fuego, pero despedazados de los perros, quejándose dolorosamente que morían sin culpa, y que sus padres, ni ellos no habían ofendido en nada; y mohíno Gonzalo Pizarro de no hallar camino por donde pasar adelante, y que de los indios no pudiese tener luz, fue a dormir en una playa de un río, y fue tanta la lluvia, que creció el río de manera, que si las centinelas no avisaran, se ahogaran todos; retirados a unas barrancas, sin esperanza de hallar camino para ninguna parte, acordaron de volver atrás, para ver si hallarían el que deseaban.

Capítulo VII
Que Gonzalo Pizarro con grandes trabajos proseguía su descubrimiento, y que Francisco de Orellana se apartó de Gonzalo Pizarro y se fue río abajo.

Muy arrepentido iba Gonzalo Pizarro, de hacer emprendido descubrimiento tan a ciegas, pues desde el -382- Cuzco o desde más arriba pudiera descubrir con más luz que la que llevaba, y con todo eso, sin dar a entender su ánimo, le daba muy grande a la gente; y volviendo al pueblo de Zumaque, no quiso, que fuesen sino al pueblo de Ampua, cuatro leguas de él, y antes toparan con un río, que por su hondura no hubo remedio de vadearle, ni pasarle, y llamando a los indios, pasó en canoas el señor del lugar, al cual hizo Gonzalo Pizarro muy buen acogimiento, y le dio peines, tijeras, y otras cosillas, que los bárbaros mucho estiman: pidioles razón de los caminos, y poblaciones que adelante había, y arrepentido de haber ido allí, porque sabía el mal tratamiento hecho a los otros indios, porque no respondieron a su gusto; por no se ver en aquel peligro (aunque mintiendo) dijo, que adelante había grandes poblaciones, con muy ricos, y grandes señores. Alegres los castellanos con estas nuevas mandó Gonzalo Pizarro, que mirasen por aquel señor, que no se les fuese, y que lo hiciesen con disimulación, y aunque él lo echaba de ver, también disimulaba; y queriendo pasar el río por la parte más angosta, gran número de aquellos indios montañeses con sus armas se pusieron a defenderlo, pero haciéndoles tirar algunos arcabuzazos, viéndose morir de muertes tan súbitas, con grandísima grita desampararon la defensa. Llegaron los castellanos a unas grandes campañas raras, pero luego se veían los montes, y con pequeñas poblaciones, y poca comida. Ordenó Gonzalo Pizarro, que fuesen allí los que habían quedado en el otro pueblo; llegados, mandó a don Antonio de Ribera, que fuese a descubrir, y a veinte leguas después de haber pasado grandes montes, espesos, halló un pueblo, que se llamaba Varco, con alguna comida. En teniendo este aviso Gonzalo Pizarro, fue con todo el campo, y el cacique se turbó de ver a los castellanos, y a los caballos, y quiso huirse, echándose en el río; por lo cual le mandaron echar prisiones, y a otros dos que habían ido de paz, y que habían dado noticia de las grandes poblaciones, también llevaban consigo, aunque no iba preso.
Los indios, que vieron presas a sus caciques, con muchas canoas fueron armados a procurarles la libertad, -383- pero poco les aprovechó; y pareciendo, que aquel río, que se había descubierto, que era muy grande, y que iba a entrar en el que llamaban Mar Dulce, que salía a la Mar del Norte, y que faltaba el servicio, que habían sacado del Quito, que no le hallaban en la tierra, sería bien labrar una barca, para llevar el bastimento. Diose cargo de ella a Juan de Alcántara, y brevemente fue hecha; caminando el río abajo se topaban algunos pueblos, y cantidad de yuca, maíz, y guahabas, que no era poca ayuda; pero las muchas ciénagas que había, y atolladeros, les daban trabajo, y por esto les era forzoso caminar con trabajo por el mismo río, porque de aquellas ciénagas se hacían los esteros tan hondos que convenía pasarlos a nado con los caballos, y algunos se ahogaran con sus dueños. Los indios de servicio buscaban las canoas escondidas, y hacían puentes de árboles, y se valían lo mejor que podían, y de esta manera anduvieron por aquel río abajo cuarenta y tres jornadas, y cada día hallaban uno, o dos de aquellos esteros, y ya se comenzaba a sentir el trabajo de la hambre, porque cinco mil puercos que sacaron del Quito, ya eran acabados. Los caciques presos, por miedo de la muerte, decían que adelante habría tierra poblada, y un día que les pareció que había descuido, se echaron con la cadena en el río, y se pasaron de la otra parte, sin que los pudiesen tomar; y porque siempre afirmaban los indios, que a quince jornadas se hallaría un gran río, mayor que aquel, con grandes poblaciones, y mucho bastimento, mandó Gonzalo Pizarro a Francisco de Orellana, que fuese a reconocerlo con sesenta soldados, y que con brevedad volviese con la barca llena de bastimento, pues veía la gran falta en que se hallaban, y que él seguiría con el campo el río abajo, y que por la mucha necesidad en que quedaban, de él solo fiaba la barca.
Partió Francisco de Orellana con su barca, en la cual iba ropa de Gonzalo Pizarro, y de algunos, que la quisieron enviar adelante, fue algunos días navegando sin hallar poblado, y al cabo dieron adonde lo había, y quisieron volver adonde habían salido; pero parecíales cosa -384- imposible, por haber trescientas leguas; y justificando Orellana esto con algunas razones, se determinó de pasar adelante, y dio en aquel gran río del Marañón, o Mar Dulce, como algunos le nombran, y lo que en este viaje le sucedió, se dirá adelante.
Gonzalo Pizarro, ido su teniente, quedó en grande angustia, por la hambre, por las continuas lluvias, por los esteros, por las espesuras, y otras dificultades, sin saber adonde, ni por donde iban caminando al Oriente. Y como hallasen tanta maleza sin poblado, aguardaban la vuelta de Orellana, y por no perecer de hambre, comían los perros, y los caballos, sin que se perdiese gota de sangre. En este tiempo hallaron una isla, que hacía el río, y enfrente de ella en la Tierra Firme, a la parte a donde habían de ir los castellanos, había grandes ciénagas, y atolladeros, que era imposible andar por ellos. Y los que se precían de saber esto, afirman, que para dar en la buena tierra, que descubrió Orellana, se han de hacer barcos, y balsas muy grandes, para pasar los caballos, y que han de llevar mucho mantenimiento, y que irán por el río sin ningún peligro, y llegarán a grandísimas poblaciones. Y como Gonzalo Pizarro se vio en tanto trabajo, envió al capitán Mercadillo con algunas canoas, que llevaban a ver si hallaba rastro de Orellana, volvió al cabo de ocho días, sin ninguna luz de él; cosa que a todos dio mucha pena, teniéndose por perdidos, porque ya no comían sino hierbas; y frutas silvestres no conocidas, y los caballos y perros, con tanta regla, que antes les acrecentaba la hambre.

-385-
Capítulo VIII
Que prosigue la trabajosa jornada de Gonzalo Pizarro.

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