a bebida.
Hay otras muchas semillas y raíces para sustentarse; pero el provecho del trigo las hace olvidar y de la cebada; los naturales hacen brebajes como los flamencos la cerveza, salía el gran camino que se ha dicho de esta ciudad, al Cuzco y otro que salía del que llegaba a Chile que está como mil y docientas leguas del Quito; y en estos caminos había a tres y cuatro leguas hermosos palacios; fue el Quito por aquella parte, la primera población del Perú y es siempre muy estimada, fundola Sebastián de Belalcázar, y diola el nombre de San Francisco en memoria del adelantado don Francisco Pizarro, capitán general, y gobernador del Perú, y desde entonces, por la misericordia de Nuestro Señor, se comenzó a predicar el Santo Evangelio, y la conversión de los naturales que ha ido adelante con mucha felicidad. Yo aquí pongo otra vez en consideración, atenta la pasada narración, e inclinación, que estos naturales tenían a sus ritos, por tantos años de ellos recibidos y las costumbres que tenían y la resistencia que hicieron, si fuera imposible introducir la fe católica con sola la predicación de los religiosos, antes que la tierra se allanara, y los indios se domesticaran, con el mucho conocimiento, trato, y conversación de los castellanos, aunque los viejos eran de gran impedimento; y porque adelante se dará más cumplida noticia de todo, no se dice más en este lugar.
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Libro séptimo
Capítulo XIV
Que el capitán Sebastián de Belalcázar proseguía en los descubrimientos de las provincias equinociales.
Entretanto que lo referido pasaba en el Cuzco, y en la ciudad de Los Reyes, Sebastián de Belalcázar, considerando, que la ciudad de Riobamba tendría mejor asiento en el Quito, acordó de mudarla con el nombre de San Francisco, como se dijo, desde donde con la buena gente que tenía de los primeros castellanos, y de los de Guatemala que con él se quisieron quedar, salió algunas veces contra los indios que le hacían guerra, y los ganó muchos peñoles, y fuertes que habían hecho; y saliendo, acaso a correr Juan de Ampudia, natural de Xerez, y sabiendo adonde estaba Zopezopagua, con sus parientes le envió a rogar, que se acomodase al tiempo y fuese amigo de los castellanos, sin dar lugar a que se usase con él de rigor, respondió: Que lo deseaba; pero que temía su crueldad, y la poca palabra que mantenían. Respondió Ampudia: Que le prometía, que no seria así, sino que se le cumpliría lealmente lo que se le prometiese. Zopezopagua, por una parte temía, que le habían de apretar por el oro y plata escondido, pues los castellanos no buscaban otra cosa; y por otra no se hallaba seguro, porque ya los naturales no se guardaban ley, ni parentesco, no pretendiendo más de conservarse con los vencedores; y así estaba confuso, sin saber qué determinación había de tomar; pero sabiendo Ampudia adonde se hallaba, fue con seis caballos, y le hubo a las manos, aunque algunos dicen, que él se fue de su voluntad; y llevándole, -363- salieron al camino a obedecer, Quingalimba, y otros capitanes, llevando buenos presentes de ganados.
Yrruminavi, habiendo sido echado de muchos Peñoles, y otros lugares fuertes, procuraba juntar gente para continuar la guerra; pero todos se hallaron muy cansados, y querían vivir en sosiego; y al fin hubo quien dio aviso a Sebastián de Belalcázar, de donde se hallaba; envió a él algunos caballos, halláronle con poco más de treinta hombres y muchas mujeres con las cargas de su bagaje, dieron en ellos de repente, huyeron los que pudieron; Yrruminavi se escondió muy triste en una pequeña choza y la guía le conoció, y avisó a valle, que le prendió sin mostrar el indio punto de flaqueza con que se acabaron las guerras del Quito; y Belalcázar para saber del oro y plata que escondieron, los dio crueles tormentos; pero ellos se hubieron con tanta constancia, que le dejaron con su codicia; y él, inhumanamente, los hizo matar, porque no desistiese su ánimo de la primera impresión que había concebido.
Salió en este tiempo el capitán Tapia de la provincia de Chinto, por orden de Belalcázar, a descubrir la parte del norte con treinta caballos, y treinta Infantes; y pasando por diversos pueblos, llegó al río de Angasmayo y volvió con relación de lo que había hallado, diciendo que en Tucale hicieron alguna resistencia; en la Tacunga tomó Luis Daza un indio extranjero, que dijo ser de una gran provincia llamada Cundirumarca, sujeta a un poderoso señor que tuvo los años pasados una gran batalla, con ciertos vecinos suyos, muy valientes, llamados los Chicas, que por haberle puesto en mucho aprieto, había enviado a éste, y a los otros mensajeros a pedir ayuda a Atahualpa, a tiempo que andaba en la guerra con Guascar; y que había respondido que lo haría en desembarazándose de ella y que entretanto anduviesen con él y que de todos sus compañeros solo este escapó en Caxamalca, y se había ido al Quito con Yrruminavi; y preguntándole diversas cosas de su tierra, decía la mucha riqueza de oro que en ella había, y otras grandezas, que ha sido causa de haber muchos emprendido aquel descubrimiento del Dorado, que hasta ahora -364- parece encantamento. Sebastián de Belalcázar, oída la relación del indio, ordenó a Pedro de Añasco que con cuarenta caballos y otros tantos infantes fuesen con él a descubrir su tierra que afirmaba estar doce jornadas, y no más, y con gran deseo de aquella riqueza pasaron Guallabamba, y caminaron entre los pueblos de los Quillacingas, y atravesaron por ásperos caminos, y montes cerrados, y temerosos, y no hallaron nada de lo que buscaban. Salió, dende a pocos días, por orden del mismo Sebastián de Belalcázar, que no sabía reposar, el capitán Juan de Ampudia para ir con buena compañía de caballos en seguimiento de Pedro de Añasco, y le halló, y tomó toda la gente a su cargo, e intentó otros descubrimientos porque no parecía cosa conveniente que dejasen de reconocer toda la tierra de sus confines, y penetrarla, hasta topar con el fin de ella.
Capítulo XV
Que Sebastián de Belalcázar salió de Quito, hacia las provincias de la Mar del Sur, y fundó la ciudad de Santiago de Guayaquil; y trata de Túmbez, y la Puna.
Queriendo Sebastián de Belalcázar abrir camino del Quito a la costa de la Mar, y asegurarle para la contratación, salió él mismo; y aunque tuvo algunos reencuentros con los indios, excusando todo lo que pudo la guerra, como en ella era ya muy experimentado. Viendo los naturales que no ganaban nada, y que había castellanos en el Quito, en San Miguel, y Puerto Viejo, como Belalcázar procuraba de llevarlos a obediencia por buenos modos, se dejaron persuadir, y pacificar, y acordó de fundar un pueblo que llamó Santiago de Guayaquil, nombrando -365- alcaldes, regidores, y los demás oficiales que se requieren para que un consejo o república sea bien compuesta; y dejando por gobernador a uno de los alcaldes, que se llamaba Diego Daza, se volvió al Quito; los que quedaron en Santiago de Guayaquil se dieron tanta priesa a enriquecer que por ser muy molestos e importunos no los pudieron sufrir los indios; y estando divididos, acordaron en sus juntas que para ello tuvieron de matarlos; y tomando las armas, lo hicieron, sin que escapasen más de cuatro o cinco que con su caudillo Diego Daza llegaron al Quito, de donde volvió con el capitán Tapia que no los pudo sujetar hasta que con buen número de gente fue el capitán Zaera. Más adelante de Puerto Viejo, hacia el Poniente, se fundó esta ciudad de Guayaquil; y luego que se entra en sus términos están los indios Guancavilcas que se sacaban los dientes por sacrificio; y teniendo Topa Inga Yupangui todo el reino pacífico mandó a sus capitanes que fuesen corriendo de largo la costa, y procurasen de poner en su servicio a todos los pueblos a ella, pacífica, y amorosamente; y algunos pueblos que querían conservar su libertad los mataron; y por otras ocupaciones reservó el hacer resentimiento de ellos hasta mejor ocasión; y sucediendo por su muerte en el imperio su hijo Guaynacaba, en una jornada, que hizo por los Llanos, llegó a Túmbez, y mandó hacer en aquel puerto una fortaleza, so color de la enemistad de los Tumbecinos, con los de la Isla de la Puná; y acabada, junto a ella se puso el Templo del Sol, con sacerdotes, y vírgenes Mamaconas, y lo demás conveniente para el servicio de las cosas sagradas; y afirman que allí llevaron a Guaynacaba un león y un Tigre, y que mandó que se guardasen en aquella fortaleza que debieron de ser los que echaron al capitán Pedro de Candía, cuando don Francisco Pizarro, con sus trece compañeros, andaba por aquella costa. Proveyó el Inga a esta fortaleza de Gobernador, y guarnición, y hizo grandes depósitos, y magacenes y había en ella muchos plateros que labraban vasos grandes, y chicos, y joyas de oro y plata, para el servicio del templo, y del Inga; y las mujeres del templo hilaban, y tejían ropa finísima, como en todos los demás templos.
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