Х. Роберто Паэс. Испанские колониальные хронисты: часть вторая. J. Roberto Páez. Cronistas coloniales - Segunda parte
Uncategorized March 11th, 2006
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erra.
Habiendo llegado el capitán Sebastián de Belalcázar a Panzaleo, le dijo un indio, «que había tanto oro, y plata en el Quito, que todos sus caballos no se podrían llevar la veintena parte», con que se alegraron tanto los soldados, que ya les parecía, que habían de ser más ricos, que los de Caxamalca; y los indios, aunque Belalcázar los había desbaratado, siempre iban haciendo rostro; y en una quebrada, algo áspera, cerca del Quito, se hicieron fuertes, con buenas trincheas, desde donde tiraban piedras, y dardos, que hicieron reparar a los castellanos; pero acometiendo la trinchea ordenadamente, la ganaron, y los indios se retiraron al Quito, dando grandes voces a los del pueblo, que le desamparasen, y se fuesen, a la sierra; llegado Yrruminavi, habló a las vírgenes de los templos, y a muchas señoras de las mujeres de Guaynacaba, Atahualpa, y otros señores, que allí habían quedado, y las dijo: «Que ya venían los enemigos, vencedores, iban para entrar en el pueblo, que por tanto mirasen por sí, porque si allí se detenían, no podían esperar, sino toda deshonra, y muerte, de tan perversos enemigos», muchas se salieron luego del pueblo; otras, que serían como trecientas, con las mujeres de servicio, dijeron, «que en aquel lugar querían aguardar la fortuna buena, o mala, que los dioses las quisiesen dar». Airado Yrruminavi de tal respuesta, injuriándolas con afrentosas palabras, bárbaramente las mandó matar a todas, -358- y se salieron los indios del lugar, llevándose cuanto pudieron, y dejando encendido el fuego, para que se quemasen los reales palacios; entró Belalcázar en el Quito, sin dificultad, adonde se le fueron a juntar muchos Yanaconas, para servirle, y asimismo gran número de mujeres, entendiose luego en buscar con diligencia el tesoro, y ninguno se halló, fue grande la tristeza, y melancolía de los soldados, por hallar vana su esperanza, después de tantos y tan grandes trabajos preguntaba Belalcázar a los indios, y con cuidado inquiría «¿adónde estaba aquel gran tesoro, de que tantas nuevas habían dado?» y maravillados respondían: «Que no sabían, y que Yrruminavi lo debió de esconder». Túvose luego aviso, que a tres leguas del Quito, el capitán Yrruminavi se había hecho fuerte; y porque Sebastián de Belalcázar era hombre de ingenio, que en habiendo ocasión de trabajar no sabía tener quietud, ordenó al capitán Pacheco que con cuarenta infantes de espada, y rodela, fuese de noche a echar de allí aquellos indios, porque juzgaba sería poca reputación suya, que ni aún a muchas leguas hubiese nadie, que le osase hacer rostro; y como Yrruminavi tenía multitud de espías, dejó el puesto que tenía, y con diligencia se pasó a un pueblo, dicho Yurbo. Sabida esta mudanza, mandó Belalcázar al capitán Rui Díaz, que fuese contra él con sesenta castellanos, de lo cual también fue avisado Yrruminavi, porque había muchos Yanaconas en el Quito, que de todo le daban aviso.
Yrruminavi, que por vía de Yanaconas supo la salida de los referidos capitanes, con relación de que los que quedaban en el Quito eran los peores, y casi todos enfermos, teniendo esta por alegre nueva, y dando luego cuenta de ello al señor de la Tacunga, que se decía Tucomango, y a Quimbalembo, señor de Chilló, se juntaron con él con más de quince mil hombres; y caminando con diligencia de Quito, llegaron a lada guarda de la noche, adonde por aviso de los Cañaris, confederados de los castellanos, ya se sabía esta movimiento; y porque se habían puesto centinelas fuera de un foso, que había en el Quito, que para su seguridad habían hecho los -359- ingas, sintiéndose el ruido, mandó Sebastián de Belalcázar, que los caballos saliesen a la plaza, y puso la infantería en lugar conveniente, sin tocar cajas, ni trompetas; y con todo esto, conociendo los indios, que habían sido sentidos, daban grandes voces, con amenazas, conforme a su costumbre; y los Cañaris, sus enemigos, salieron a ellos, y peleaban, viéndose unos a otros, por el fuego de algunas casas de la campaña, adonde lo habían puesto; llegado el día, se retiraron, y dando en ellos los caballos hicieron gran matanza, siguiéndolos hasta meterlos en la montaña de Yumbo, de donde se huyó Yrruminavi, quedando todo cuanto tenía de vasos de oro, y plata joyas, ropa, y otras preseas, en poder de los castellanos, con muchas mujeres hermosas; y como los indios, que estaban en el Quito eran muy solicitados, para que descubriesen los tesoros, dijeron, que debía de estar parte de ello enterrado en Caxambe, salió Belalcázar con la gente, por darles satisfacción, y porque entendiesen que no era menor su sentimiento de haberse hallado frustrados de la esperanza de los tesoros del Quito; llegando a un lugar llamado Quioché, junto a Puritaco, no hallando en él hombre ninguno, sino mujeres, y niños, porque los hombres andaban en el ejército enemigo, los mandó matar a todos, con motivo de que sería escarmiento, para que los otros se volviesen a sus casas; flaca color para satisfacer a crueldad, indigna de hombre castellano; halláronse diez cántaros de fina plata, dos de oro, de subida ley, cinco de barro esmaltados, y entremetido en ellos algún metal, con gran perfección; y estas victorias todas fueron conseguidas por la extrema diligencia, y valor de Belalcázar, prompto, y resoluto en todo, y que con mucha industria advertía, y tenía a los soldados en fe, y constancia, y obediencia.
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Capítulo VI
De lo que se ofrece que decir de la provincia de San Francisco del Quito.
La ciudad de San Francisco del Quito está a la parte del Norte, en la provincia inferior de los reinos del Perú, tiene casi setenta leguas de longitud, y veinte y cinco, o treinta de latitud; está en unos aposentos reales de los ingas, que fueron ennoblecidos por Guaynacaba, y de aquí tomó el nombre la ciudad, es sitio sano, más frío que caliente, tiene su asiento en un hoyo que hacen unas sierras adonde está arrimada, entre Norte y Poniente, tiene por comarcanas a las ciudades de Puerto Viejo y Guayaquil, que están de ella a la parte de Poniente; de sesenta hasta ochenta leguas, y al Sur tiene las ciudades de Loja, y San Miguel, la una ciento y treinta; y la otra ochenta, a su Levante tiene las montañas y nacimiento del río, que en el Océano llaman Mar Dulce, que es el más cercano al Marañón, y la Villa de Pasto, y a la parte del Norte, la gobernación de Popayán, está la ciudad metida debajo de la línea equinocial, tanto que pasa a siete leguas, críanse en su tierra todo género de ganados y de bastimentos de Castilla, como pan, frutas, y aves; y la disposición de la tierra es muy alegre, y parece a la de Castilla en la yerba, y en el tiempo porque entra el verano por abril y marzo y dura hasta noviembre y se agosta la tierra como en Castilla; los naturales de la comarca son más domésticos, bien inclinados, y sin vicios, que otros de la mayor parte del Perú; son medianos de cuerpo, grandes labradores; vivían con los mismos ritos que los ingas, aunque no con tanta policía; hay muchos árboles calientes adonde se crían muchas frutas de la tierra y de Castilla y viñas y todo es mucho y muy bueno; hay cierta manera de especia que llaman canela que llevan de las montañas que están a la parte de Levante que es una fruta a manera de flor que nace en grandes árboles, -361- y es como aquel capullo de las bellotas salvo que es leonado y tira al negro y es tan sabroso como la canela; pero no se come sino en polvo porque en guisados pierde la fuerza, y es cálido y cordial y aprovecha para dolor de ijada, tripas, y estómago; hay mucha cantidad de algodón de que se visten, había muchas de las ovejas de la tierra, carneros, venados, conejos, perdices, tórtolas, palomas, y otras cazas; hay papas que es mantenimiento como criadillas de tierra y es pan con sabor de castaña, produce una yerba como amapola; hay otro bastimento que llaman Quimba que tiene la hoja como bledo morisco y echa una semilla menuda blanca y también colorada que se come guisada, como arroz y hacen de ell
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