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Х. Роберто Паэс. Испанские колониальные хронисты: часть вторая. J. Roberto Páez. Cronistas coloniales - Segunda parte


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Habiendo don Pedro de Alvarado llegado al río Dable, y no hallando gente, envió cuadrillas a descubrir caminos, y salió también el capitán don Juan Enríquez; y a diez leguas topó con un lugar grande, con abundancia de bastimentos de maíz, raíces, y pescado, que -349- fue alegre nueva para Alvarado, porque la gente padecía mucha hambre, y había enfermos; y por compasión, el mismo adelantado se apeó de su caballo, y puso en él a un doliente, con cuyo ejemplo muchos hicieron lo mismo; porque da gran contento el hacer bien, y el ejemplo de superior es la verdadera ley. Llegados al lugar, que estaba rodeado de tantas ciénagas, que a ser invierno no pudieran entrar en él, se refrescaron, y aliviaron del trabajo del camino, y de la hambre algunos días; y porque no había camino cierto para el Quito, salieron escuadras a descubrir, y volvieron, diciendo que por todas partes no hallaban sino ríos, y ciénagas; lo cual, y ver mucha gente enferma de modorra, que sacaba a los hombres de juicio, angustiaba al adelantado; porque tal doliente hubo, que con su espada salió haciendo desatinos, y mató un caballo, en tiempo que en el Perú valían a tres, y a cuatro mil pesos. Salió de nuevo don Juan Enríquez, y después de haber pasado muchos ríos, ciénagas, y gran espesura de monte, halló un lugar, adonde por haberse puesto en resistencia, mataron algunos indios; y los otros, atónitos de los caballos, huyeron. Dieron aviso al adelantado, que llegó con el campo, y con la comida que hubo, se esforzaron algo, aunque murieron, en los días que allí estuvieron, algunos enfermos, y entre ellos este capitán don Juan Enríquez de Guzmán. Estando todos muy confusos, porque los indios no daban luz del camino del Quito, y porque Francisco García de Tovar era hombre diligente, salió con cuarenta caballos; y llevando un reloj, para no perderse en la montaña, se metió por aquellas grandes espesuras, cortando arboledas, y abriendo camino, llamándose dichoso, al que cabía lugar enjuto, para dormir las noches en algunas ramas. Y saliendo de las espesuras, hallaron un río, que pasaron, porque había muchos céspedes enredados en el agua; y poco después hallaron un lugar de veinte casas, con vitualla, y noticia de que adelante había más poblaciones. Y no dando crédito a los indios, siguieron su camino al Norte; descubrieron, al cabo de dos días, una gran población, con muchos sembrados, de que enviaron aviso al adelantado, con alguna carne de venado, -350- porque ya no comían ninguna, y siempre morían, y adolecían algunos castellanos. Salió el ejército del lugar, y en estos días, que iba caminando a juntarse con Tovar, había esparcido el aire tanta ceniza, o tierra del volcán, que reventó cerca del Quito, que parecía que lo echaban las nubes, creyendo algunos, que debía de ser algún gran misterio, por divina voluntad, la dificultad de los caminos cansaba los caballos, y afligía a los indios de Guatemala, de manera, que se iban muriendo. Llegados al río, aunque la gente de a pie pudo pasar, por estar todo ocupado de aquella yerba, no podían pasar los caballos, que no fue menor angustia que la pasada; pero la necesidad, que ha sido mayor maestra en las partes de las Indias, que en otras, los abrió los ojos, para que cortando mucha rama, atada con bejucos, y después a los céspedes, aunque no era trabajo para gente tan afligida. Al fin, hicieron puente de más de trecientos pasos de largo, y veinte de ancho; y estando en duda, si sería segura para los caballos, se soltó uno, y lo pasó corriendo, y volvió adonde había salido, con que quedaron fuera de la sospecha, y duda en que se hallaban. Llegado el adelantado al lugar de Francisco García de Tovar, que así le decían, por haberle él descubierto, en tanta necesidad, don Pedro de Alvarado envió a descubrir, y dieron en, un pueblo, llamado Chongo, y de los naturales entendieron, que a cuatro jornadas estaba un gran pueblo, que se decía Noa. Salió el adelantado con la mayor parte de los caballos, y ordenó al licenciado Caldera, que con el ejército le siguiese, encomendandole mucho los enfermos, porque en curar de ellos mostró siempre este capitán particular caridad. Llegó, pues, el adelantado, al río Chongo, grande, y poderoso, y halló, que los naturales estaban de la otra parte armados, para defender el paso, y con gran vocería tiraban con hondas, y hacían terribles demonstraciones de resistir valerosamente. El alférez real, Francisco Calderón, determinadamente se arrojó al agua con su caballo, enderezándose a los indios, siguiéronle otros caballeros, con la misma determinación, y con gran dificultad, y peligro pasaron el río. Los indios tiraban sus piedras, y dardos, y hirieron a Juan de Rada, y a su -351- caballo, y muy cuitados, y tristes, porque ni la dificultad del río, ni su resistencia hubiese podido impedir aquel paso, en que tenían puesta su esperanza, se pusieron en huida. Llegado al pueblo el adelantado, aguardó al licendiado Caldera, y luego salió Diego de Alvarado con algunos infantes, y caballos, a descubrir al Norte, por unas sierras; seguíale el adelantado con otra Tropa, y con el demás resto del campo iba caminando el licenciado Caldera, marchaba Diego de Alvarado por espesuras tan sombrías, y espantosas, que era cosa temerosa, y anduvieron todo un día sin ver campaña, y allí pasaron la noche; y aunque padecían gran sed, y descubrían a los lados quebradas, por donde iban, arroyos de agua, no podían salir, ni los caballos, que iban cansados, dejaran de perecer, por las malezas y bajadas, caminaron el día siguiente con la misma angustia, y trabajo, hasta que toparon con un cañaveral de cañas, más gruesas que el muslo de un hombre, y allí se les dobló su fatiga, y aflicción, viendo que se acrecentaba la sed, y faltaba el agua, adonde naturalmente se juzgaba, que la debía de haber; con todo eso, por ser ya tarde, convenía quedar allí la noche; pero Dios, que por su misericordia, en las mayores necesidades socorrió siempre a los castellanos, que anduvieron en estos trabajosos descubrimientos, quiso, que cortando un negro de aquellas cañas, para hacer un rancho, halló, que un cañuto tenía más de media arroba de agua, muy clara, y sabrosa, porque cuando llueve, entra por las aberturas de los nudos de las cañas, y cortando más, tuvieron bastante recado para la gente, y para los caballos.
El siguiente día siguieron su camino al Norte, y a puesta del Sol dieron, con mucha alegría, en una gran campaña, y acrecentó el contento ver manadas de ovejas, y un lugar, adonde se hacía mucha sal, para contratación. Los indios, que sabían la ida de los castellanos, teniendo por locos a hombres, que a tales trabajos se ponían, no los osaron aguardar. Descansaron los castellanos, y Diego García de Alvarado, envió Melchor Valdés, a dar aviso al adelantado, de lo que había descubierto, -352- con veinte y cinco ovejas, y alguna sal. El adelantado, y el licenciado Caldera iban caminando con tan extrema hambre, que tenían por buena comida los caballos que se morían, ni dejaban culebra, ni lagarto, y otras bascosidades, y con grandísimo dolor de los amigos, cada día morían castellanos, indios, y negros; y a tanto extremo llegó esta desventura, que el alférez Francisco Calderon determinó de matar una galga; que tenía muy estimada, para regalar a sus amigos, en tan urgente necesidad, y con un riñón de ella se purgó el capitán Luis de Moscoso, que iba enfermo, teniendo por más sabroso regalo, que una gallina. En fin, se topó Valdés con el adelantado, y fue grande el consuelo de los enfermos, con la carne de las ovejas, mucha parte de la cual se envió a los que llevaba el licenciado Caldera, y fue grandísimo el entender, que Diego de Alvarado había aportado a tierra rasa, y llana, con que tomaron esfuerzo, para llegar cuanto antes.

Capítulo III
Que el gobernador don Francisco de Pizarro, en el valle de Xaquixaguana hizo quemar a Chialiquichiama, capitán general de Atahualpa, y entra en el Cuzco, con notable sentimiento de los indios.

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