Х. Роберто Паэс. Испанские колониальные хронисты: часть вторая. J. Roberto Páez. Cronistas coloniales - Segunda parte
Uncategorized March 11th, 2006
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Era tanta la fuerza, y constancia, que el día antes los indios habían mostrado, que Belalcázar conocía que convenía vencerlos, más con el arte, que con las armas; y aunque le ponía gran impedimento no saber bien la tierra, -334- determinó, de hacer el camino de Chimo, y de los Puruas; y saliendo de noche, caminando con gran trabajo por colinas, y con mayor cuidado, por no saber el camino, se ofreció un indio, que había estado en Caxamalca de guiar a los castellanos por camino seguro, sin topar con el ejército enemigo; cosa, que mucho contento dio a Belalcázar, y mucho le agradeció el indio lo hizo tan bien, que los llevó por buen camino, hasta un río, que aunque grande, como ya aquellos soldados estaban diestros en todo género de servicio militar, y de emprender con ánimo valeroso cualquier trabajo, presto se dieron maña en pasarse con balsas, que hicieron. Los indios, quedando muy sentidos de aquel suceso tan contrario de su esperanza, creían que los castellanos tenían el favor de alguna deidad, o que enteramente Dios peleaba con ellos; y hallándose en mucha angustia, determinaron de hacer en Riobamba el último esfuerzo, adonde asentaron su campo, y se fortificaron, y en particular con muchos hoyos, bien cubiertos de hierba, para que provocando a batalla, a los enemigos por aquella parte, cayesen los caballos. Sebastián de Belalcázar proseguía su camino, y siguiéndole otra multitud de indios, porque ya habían acudido infinitos de las comarcas, le ponían en confusión, mandó que quedasen treinta caballos de retaguarda, para entretenerlos, hasta que los de la vanguarda ganasen un collado, que le parecía buen sitio; la multitud, cargando sobre los treinta, enviaron a decir a Belalcázar, que los enviase más gente, respondió en voz alta, y con ánimo verdaderamente generoso; que si treinta caballos no bastaban, que se enterrasen vivos; y aunque los treinta peleaban con valor, Belalcázar, con cuidado proveía cuanto convenía para su salud, porque habiendo ganado el sitio de la loma, y juzgando, que convenía bajar a un llano, para tomar una laguna a un lado, los indios, habiendo llegado el ejército en diversas bandas, los iban rodeando; y con diligencia Yrruminavi, y Zopazopagua los ordenaban, y animaban, y echaban escuadras, que los provocasen a pelear por la parte a donde tenían hechos lo hoyos, con tan temerosa vocería, que ponía espanto a -335- los castellanos Visoños, que en las Indias llaman Chapetones, y a los platicos, vaquianos. Viéndose, pues, los castellanos en terrible aprieto, Dios Todopoderoso, y misericordioso, los envió un indio, que dijo, que se iba a ellos de su voluntad, el cual les descubrió todos los designios de los indios, y en particular el peligro de los hoyos cubiertos, en los cuales dijo, que estaban hincadas muchas estacas, y púas, con agudas puntas de durísima madera, a donde sin duda fuera imposible dejar de perecer; y esta obra tuvieron por cierto, que procedió por la intercesión de la Bienaventurada Virgen, Madre de Dios, a la cual continuamente invocaban para su ayuda; porque esta Madre de Misericordia, Reina del Cielo, es cierto, y así lo tienen castellanos, e indios por indubitado, que en semejantes conflictos apareció muchas veces su bendita Imagen, y que de ella han recibido incomparables beneficios; y si estas obras del cielo se hubiesen de referir por extenso, no bastara muy larga relación; pero esto poco se dice, para que se entienda, que tuvo Nuestro Señor cuidado de favorecer la fe, y la religión cristiana y católica, defendiendo a los que las tenían, aunque ellos, por ventura, no mereciesen por sus obras semejantes regalos, y favores del cielo.
Con el saludable aviso del indio, determinó Belalcázar de dejar el camino de Riobamba, con que excusaba el peligro, y caminar por las cumbres de unos collados, no fáciles; y cuando los indios lo echaron de ver, fue grande su grita, y lastimoso sentimiento, juzgando la gran ocasión que se les salía de las manos, para acabar a sus enemigos. Decían, quejándose de su fortuna: que de donde les había ido a los extranjeros aquel aviso, para salvarse, y que era imposible que no tuviesen alguna particular gracia de Dios, y proponían, que se les ofreciese Paz; pero los capitanes lo contradecían, persuadiendo la muerte, antes que verse en terrible sujeción con sus hijos, y mujeres; y caminando los castellanos, llegaron a los hermosos palacios, y aposentos de Riobamba, y alojada la gente, salió Belalcázar con treinta caballos a los indios; pero por el temor que habían cobrado, y por la -336- estimación en que ya tenían a sus enemigos, viéndolos salvar de peligros, que ellos tenían por imposibles, huyeron a los altos; y dejando Belalcázar a Vasco de Guevara, Ruy Díaz, Hernán Sánchez Morillo, Barela, y Domingo de la Presa, para que hiciesen la guarda, se volvió al cuartel con los demás. Los indios, temiendo que estos cinco solos quedasen en el campo, por gran afrenta; echaron algunos, que los llevaron adonde estaba su cuerpo de doce mil hombres, y picando en él con las lanzas, dejando algunos muertos, volvieron al cuartel; salió Belalcázar con todos los castellanos de a pie, y de a caballo; y habiendo peleado como media hora, los hizo volver las espaldas, y siguió hasta el río de Ambato, adonde acordaron de fortificarse, para volver a tentar la Fortuna. Los castellanos estuvieron doce días descansando en Riobamba, ayudados de los Cañaris, sus confederados, muy alegres, y contentos, por haber escapado de tantos peligros, y haber conseguido tales victorias; y habiendo rogado con la paz a los indios, pretendieron defenderles el paso del río, aunque pelearon como media hora, los castellanos le pasaron, y los enemigos se retiraron, siguiéndolos los castellanos, y haciendo gran matanza, hasta la Tacunga, a donde había grandes aposentos, y tenían hechos otros muchos hoyos con estacas, y púas agudas; pero la piadosa, y clementísima Virgen, que los libró de los otros, los defendió de estos, sin que ninguno peligrase.
FIN DEL LIBRO CUARTO
-[337]-
Libro Quinto
Capítulo I
Que Sebastián de Belalcázar procura pacificar los indios, y sus capitanes los persuaden que continúen la guerra.
En ciertos sacrificios había algunos días, que los indios consultaron un oráculo; y respondió, que cuando reventase un volcán, que estaba en la Tacunga, entraría en aquella tierra gente extrangera, de región muy apartada, que mediante la guerra, sojuzgaría aquellas provincias y aunque el demonio no puede saber lo por venir, porque a sola la sabiduría de Dios está reservado, como es tan sutil, por la distancia grande a donde acaecen algunas cosas, las refiere tan anticipadamente a los hombres, que las tienen por pronósticos, y otras, que son naturales, las especula, y considera con tanta atención, que los hombres piensan, que proceden de adivinación; y fue así, que conociendo, que naturalmente había de reventar este volcán, sabiendo, que los castellanos estaban en la tierra muchos meses antes que los indios, aprovechándose de su antigua sutileza, se lo vendió por profecía, y acordándose los indios de ella, como estando los castellanos en el Riobamba, reventó este Volcán, con grandísimo ruido, y muertes de muchas gentes, por -338- el mucho fuego, y piedras que echaba, con mucha espesura de humo, y de ceniza, que duró muchos días, determinaron de pedir la paz a Belalcazar, pero sus capitanes se lo estorbaron. Caminaba, pues, con sus castellanos, y también el ejército de los indios, haciendo los caballos gran estrago en ellos, y pesando mucho a Belalcázar del derramamiento de tanta sangre, y deseando que también le dejasen en paz, puso a un indio una cruz en la mano, y le envió, para que dijese a los indios, que pues deseaba de serles buen amigo, y compañero, hiciesen la paz, que les prometía de guardársela fielmente, como ellos hiciesen lo mismo, y decirles tales cosas, para el bien de sus almas, que Dios sería servido, y ellos contentos.
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