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Х. Роберто Паэс. Испанские колониальные хронисты: часть вторая. J. Roberto Páez. Cronistas coloniales - Segunda parte


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Llegado Sebastián de Belalcázar a la ciudad de San Miguel, adonde el adelantado don Francisco Pizarro le había enviado por gobernador con las nuevas de las riquezas del Perú, halló soldados, que habían llegado a Panamá; y como después llegaron otros, y se vio Belalcázar con buen número de gente, y era hombre belicoso, y de ánimo levantado, propuso de ir la vuelta del Quito, descubriendo, porque también quería gloria de haber conquistado nuevas tierras; y tuvo forma, como sin pedirlo, le requirió el regimiento, que hiciese aquella jornada, por la nueva que había, que en aquellas provincias se tomaban las armas contra los castellanos, y por las grandes riquezas, que en ellas había. Llegó en esto el capitán Gabriel de Roxas, y por la vieja amistad, y por aviso que llevaba, del movimiento del adelantado Pedro de Alvarado, le dio a Pedro Palomino, y a otros que le acompañasen, hasta donde estaba el Gobernador, al cual dio -330- cuenta de su jornada, y de los motivos que había tenido, y que tanto más se había conformado en hacerla sin su licencia, cuanto los que llegaban de y Guatemala afirmaban, que el adelantado don Pedro de Alvarado tenía fin de ir la vuelta del Quito, pareciendo que aquello no entraba en su gobernación, y que no convenía dejar de ocupar primero aquella tierra, para quitarle la ocasión de meterse en ella; cosa, que sería de grandísimo daño, para todos los que entonces se hallaban en el Perú, habiendo padecido los peligros, y trabajos, que se sabían. Y gastando del oro, y plata, que tenía, comenzó a ponerse en orden para la jornada, creyendo, que los tesoros de Caxamalca eran pocos, para los que habían de hallar en el Quito; y esta opinión fundaban en haber estado tanto tiempo en aquellas partes el inga Guaynacaba con su corte, y ejército, cuyos tesoros quedaron allí; y en la fama, que se había levantado, de que Atahualpa quería fundar allí otro imperio, como el del Cuzco; el cual, cuando salió a la guerra de su hermano, también dejó su recámara en el Quito. Habiendo, pues, apercibido ciento y cuarenta soldados de a pie, y de a caballo, bien armados, llevando alférez real a Miguel Muñoz, su pariente; por Maese de Campo, a Halcón de la Cerda; y capitanes, Francisco Pacheco, y Juan Gutiérrez, salió de San Miguel, y fue a Carrochabamba, provincia de la Sierra, adonde hallaron buen acogimiento; y siguiendo su camino, en los despoblados pasaron increíbles trabajos, de hambre, y frío, hasta llegar a Zoropalta.
Ya sabían en el Quito, que estos castellanos andaban cerca de aquellas provincias; y demás de la grande alteración, que recibieron por la muerte de Atahualpa, maravillándose, como tan poca gente hubiese vencido a tan poderoso príncipe, los aborrecían, porque tenían aviso, que eran muy codiciosos de oro, y que vivían con imperio, y demasiada licencia; y al opiniones, que los capitanes Yrruminavi, y Zopezopagua, y otros, y los sacerdotes, desaparecieron más de seiscientas cargas de oro, porque no cayese en poder de los castellanos, y mucho más los -331- Mitimaes; porque como ya no tenían Rey, y los castellanos que dominaban la tierra, no entendían sus Quipos, o cuentas, para pedirles razón de lo que tenían a cargo, usurpaban cuanto podían, el aborrecimiento que en estas provincias tenían ya a los castellanos, les movió a la defensa de sus tierras, por las cuales se fueron convocando, aderezando armas, y proveyendo lo demás, que para la guerra convenía; y nombraron por su capitán general a Yrruminavi, el cual los daba mucho ánimo, persuadiéndolos a la conservación de su propia quietud, representándoles los daños de la patria, de las mujeres, hijos, y haciendas, de todo lo cual decía, que eran los castellanos grandes disipadores; y sobre todo les encarecía la libertad. Llegado, pues, Belalcázar a Zoropalta, se tuvo aviso; que estaba cerca la provincia de los Cañaris, fresca, y abundante; y hallándose a cuatro leguas de Tomebamba, que es lo principal de aquella tierra, el capitán Belalcázar se adelantó con treinta caballos, dejando toda la gente a cargo del capitán Pacheco.
Yrruminavi, y Zopezopagua, que era el capitán, y gobernador del Quito, determinaron de enviar a Chiaquitinta, capitán estimado, y del linaje de los ingas, para que con buen número de indios se pusiese cerca de Zoropalta, para que defendiese a los castellanos la entrada en las provincias; y él había prometido de hacer maravillas; pero en descubriendo a Sebastián de Belalcázar, el capitán Chiaquitinta fue el primero, que espantado de los caballos, se puso en huida; los castellanos los siguieron, y prendieron algunos, y entre ellos una señora, que fue de las mujeres de Guaynacaba, detúvose este pequeño ejército, descansando ocho días en Tomebamba; y en este tiempo los Cañaris, renovando la antigua enemistad con los señores del Cuzco, y acordándose de la destruición nuevamente recibida de Atahualpa, y crueldad con ellos usada con tantas muertes, por haber acudido a Guascar, pareciéndoles, que se les representaba buena ocasión de venganza, enviaron mensajeros a los castellanos, ofreciendo su amistad; y habiendo sido recibidos humanamente, enviaron su embajadores, con trecientos -332- hombres armados, para que asentasen su liga, y confederación, la cual fielmente siempre guardaron, y Belalcázar les prometió su ayuda, y amistad, y de defenderlos de sus enemigos. Quedaron admirados los castellanos, de ver la grandeza, traza, y labor sutilísima, y polida de aquellos palacios de Tomebamba, hechos por los ingas, y conocieron bien los muchos tesoros, que hubo en ellos; luego, por las postas, se supo en el Quito el desbarate de su gente, y la Confederación de los castellanos con los Cañaris; y no se perdiendo de ánimo, después de haber con grandes sacrificios consultado a los oráculos, y pedido, que los librasen de la perpetua servidumbre, y destruición, que esperaban, habido su consejo entre los capitanes, y sacerdotes, acordaron de juntar ejército de cincuenta mil hombres, e ir a ponerse en cajas, sitio aparejado para su deseo, y enviaron sus espías a saber de los enemigos.
Sebastián de Belalcázar, hombre diestro, y cuidadoso, se fue a poner en los Tambos de Teocaxas, y también procuraba de entender el número de los enemigos, su orden, su asiento, y su intención, envió a Ruiz Díaz a reconocer con diez caballos; y sabiéndolo Yrruminavi, que tampoco estaba descuidado, puesto en orden el ejército, repartido en dos partes, se puso cubierto de las sierras, y bajando a lo llano los diez caballos, un indio, con un gran grito, dijo: Veislos aquí, ¿qué aguardáis? Comenzó luego la temerosa vocería de los indios, como de ordinario lo es, cuando pelean; y apretando animosamente, con los caballos atropellaban, y con las lanzas hacían gran derramamiento de sangre, estando por todas partes rodeados, se hallaban en gran aprieto, por lo cual, rompiendo un caballo por los indios, se abrió camino, para dar aviso de la necesidad en que los nueve quedaban. Fue bien necesaria la diligencia con que fueron los castellanos al socorro, dejando bastante guarda en el cuartel; y allí se vio terrible coraje, y rabia en los unos, y en los otros; los indios se animaban, diciendo, que aquel era el punto para mantener, o perder su libertad. Los castellanos decían, que no les iba menos de las vidas. La constancia de los indios era grandísima; -333- porque no obstante que veían el campo regado de sangre, y cubierto de cuerpos muertos, y heridos, y que conocían su perdición, porfiaban en pelear con maravilloso esfuerzo, no les faltando fuerzas, ni ánimo; pero llegada la noche, los unos, y los otros, cansados de pelear, se apartaron, sin quedar la victoria por ninguno. Los indios mataron un caballo de Girón, y otro de Albarrán, y quedaron algunos castellanos heridos, los indios murieron muchos, los cuales, habiendo cobrado mayor brío, decían a los castellanos: Que no pensasen que había de ser lo de Caxamalea, porque todos habían de morir a sus manos entendieron en curar los heridos, y hacer fuertes para la defensa; y como no se pudieron llevar los caballos, cortaron a uno los pies, manos, y cabeza, y lo enviaron a mostrar por toda la comarca, como por trofeo, animando la gente, para que acudiese en su ayuda. Belalcázar, que había honradamente en esta batalla, que se llamó de Teocaxas, hecho oficio de prudente capitán, y valiente soldado, también entendió en dar recado a los heridos, y en pensar, qué orden podría tener para divertir del camino, que los indios tenían tan fortificado, y atajado, y sobre todo dar ánimo a su gente, y conocer los ánimos de los que tenía por más flacos.

Capítulo XII
Que Sebastián de Belalcázar procuraba pasar adelante; y el impedimento, que los indios le ponían.

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