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Gonzalo Pizarro cuando tuvo hecho el bergantín pensó que todo su trabajo era acabado, y que con él descubriría toda la tierra; y así, continuó su camino, llevando el ejército por tierra, por las grandes ciénagas y atolladares que había por la orilla del río y espesura de montes y cañaverales, haciendo el camino a fuerza de brazos con espadas y machetes y hachas, y cuando no podían caminar por la una parte del río se pasaban a la otra en el bergantín; y siempre caminaban con tal orden, que los de tierra y los del río todos dormían juntos. Y cuando Gonzalo Pizarro vio que más de docientas leguas habían caminado el río abajo, y que no hallaban que comer sino frutas silvestres y algunas raíces, mandó a un capitán suyo, llamado Francisco de Orellana, que con cincuenta hombres se adelantase por el río a buscar comida, con orden que si la hallaba cargase della el bergantín, dejando la ropa que llevaba a las juntas de dos -300- grandes ríos que tenía noticia que estaban ochenta leguas de allí, y que le dejase dos canoas en unos ríos que atravesaban, para que en ellas pasase la gente. Pues partido Orellana, era tan grande la corriente, que en breve tiempo llegó a las juntas de los ríos, sin hallar ningún mantenimiento; y considerando que lo que en tres días había andado no lo podía subir en un año, según la furia del agua, acordó de se dejar ir el río abajo, donde la ventura le guiase, aunque se tuviera por medio más conveniente esperar allí. Y así, se fue sin dejar las dos canoas, casi amotinado y alzado; porque muchos de los que con él iban le requirieron que no excediese de la orden de su general, especialmente fray Gaspar de Carvajal, de la Orden de los predicadores, que porque insistía más que los otros en ello, le trató muy mal de obra y palabra. Y así siguió su camino, haciendo algunas entradas en la tierra, y peleando con los indios que se le defendían, porque salían a él muchas veces en el río gran número de canoas, y por ir tan apretados en el bergantín no podían pelear con ellos como convenía. Y en cierta tierra donde halló aparejo se detuvo, haciendo otro bergantín, porque los indios le salieron de paz y le proveyeron de comida y de todo lo más necesario. Y en una provincia más adelante peleó con los indios y los venció; y allí tuvo dellos noticia que algunas jornadas la tierra adentro había una tierra en que no vivían sino mujeres, y ellas se defendían de los comarcanos y peleaban; y con esta noticia, sin hallar en toda la tierra oro ni plata, ni rastro della, caminó por la corriente del río hasta salir por él a la Mar del Norte, trecientas y veinte y cinco leguas de la isla de Cubagua; y este río se llama el Marañón, porque el primero que descubrió la navegación dél fue un capitán llamado Marañón. Nasce en el Perú, en las faltas de las montañas de Quito; corre por camino derecho (contándole por la altura del sol) setecientas leguas, y con las vueltas y rodeos que el río hace, yéndolas siguiendo, hay dende su nascimiento hasta que entra en la mar más de mil ochocientas leguas, y en la entrada tiene de ancho quince leguas, y por todo el camino a veces se ensancha tres y cuatro leguas. Y -301- así llegó Orellana a Castilla; donde dio noticia a Su Majestad deste descubrimiento, echando fama que se había hecho a su costa e industria, y que había en él una tierra muy rica donde vivían aquellas mujeres, que comúnmente llamaron en todos estos reinos la conquista de las Amazonas; y pidió a Su Majestad la conquista y gobernación della, la cual le fue dada; y habiendo hecho más de quinientos hombres de caballeros y gente muy principal y lucida, se embarcó con ellos en Sevilla; y habiendo malas navegaciones y faltas de comidas, desde las canarias se le comenzó a desbaratar la gente, y poca adelante se deshizo de todo punto, y él murió en el camino; y así, se derramó la gente por las islas, yéndose a diversas partes, sin que llegasen al río, de lo cual le quedó gran queja a Gonzalo Pizarro, así porque con irse le puso en tan gran aprieto, por falta de comida y por no tener en qué pasar los ríos, como porque llevó en el bergantín mucho oro y plata y esmeraldas, con lo cual tuvo que gastar todo el tiempo que anduvo demandando, y aparejando esta conquista.

Capítulo V
De cómo Gonzalo Pizarro volvió a Quito, y de los trabajos que pasó a la vuelta.

Llegando Gonzalo Pizarro con su gente adonde había mandado a Orellana que le dejase las canoas para pasar ciertos ríos que entraban en aquel río grande, y no las hallando, tuvo gran trabajo en pasar la gente de la otra parte; y le fue forzado hacer nuevas balsas y canoas para ello, en que pasó muy gran trabajo. Y después, llegando -302- a la junta de los dos ríos, donde Orellana le había de esperar, y no le hallando, tuvo nueva de un español (que Orellana había echado en tierra porque le contradecía el viaje) de todo lo que pasaba, y cómo Orellana, teniendo intención de hacer el descubrimiento en su propio nombre, y no como teniente de Gonzalo Pizarro, se desistió del cargo que llevaba; y hizo que de nuevo la gente lo hiciese capitán. Y viéndose Gonzalo Pizarro desamparado de toda forma de navegación, que era la vía por donde se proveían de mantenimientos, y no hallando sino muy poco por rescate de cascabeles y espejos, fue tanta la desconfianza en que cayeron, que determinaron volverse a Quito, de donde estaban alejados más de cuatrocientas leguas de tan mal camino y montañas y despoblados, que no pensaban llegar allá, sino morir de hambre en aquellos montes; donde perecieron más de cuarenta dellos, sin que hubiese forma de ser socorridos, sino que, pidiendo de comer, se arrimaban a los árboles, y se caían muertos de la mucha flaqueza y desmayo que la hambre les causaba; y así, encomendándose a Dios, se volvieron, dejando el camino por donde habían venido, porque en aquel había a la continua muy malos pasos y falta de comida; y así, a la ventura buscaron otro que no estaba mejor proveído que el de la venida, y se pudieron sustentar con matar y comer los caballos que les quedaban, y algunos lebreles, y otros géneros de perros que llevaban; y también se ayudaron de unos bejucos, que son como sarmientos de parra, y tienen sabor de ajos. Y llegó a valer un gato salvaje o una gallina cincuenta pesos, y un alcatraz de aquellas gallinazas de la mar que arriba hemos contado, diez pesos . Así continuó Gonzalo Pizarro su camino la vía de Quito, donde mucho tiempo antes avisó de su tornada, y los vecinos de Quito habían proveído de mucha copia de puercos y ovejas, con que salieron al camino, y algunos pocos caballos y ropas para Gonzalo Pizarro y sus capitanes, el cual socorro los alcanzó más de cincuenta leguas de Quito, y fue recebido dellos con gran alegría, especialmente la comida. Gonzalo Pizarro y todos los de su compañía venían desnudos en cueros, por que mucho -303- tiempo había que, con las continuas aguas, se les habían podrido todas las ropas; solamente traían dos pellejos de venados, uno delante y otro atrás, y algunos muslos viejos, y calzados unas antiparas del mismo venado y unos capeletes de lo mismo; y las espadas venían todas sin vainas y tomadas de orín; y todos a pie, llenos los brazos y piernas de los rasguños de las zarzas y arboledas; y tan desemejados y sin color, que apenas se conocían. Y según ellos mesmos dijeron, uno de los mantenimientos cuya falta más tuvieron fue la sal, que en más de docientas leguas no hallaron rastro della; y así, rescibieron el socorro y comida en la tierra de Quito, besaron la tierra, dando gracias a Dios, que los había escapado de tan grandes peligros y trabajos; y entraban con tanto deseo en los mantenimientos, que fue necesario ponerles tasa, hasta que poco a poco fuesen habituando los estómagos a tener qué digerir. Y Gonzalo Pizarro y sus capitanes, viendo que en los caballos y ropas que les habían traído no había más de para los capitanes, no quisieron mudar traje ni subir a caballo, por guardar en todo igualdad, como buenos soldados; y en la forma que hemos dicho entraron en la ciudad de Quito una mañana, yendo derechos a la iglesia a oír misa y dar gracias a Dios, que de tantos males les había escapado; y después cada uno se aderezó según su posibilidad. Esta tierra donde nasce la canela está debajo de la línea equinocial, en el mismo paraje donde están las islas de Maluco, que crían la canela que comúnmente se come en España y en las otras partes orientales.
Antonio de Herrera y Tordesillas
Cronista Mayor de Indias

-[306]- -[307]-
Biografía de Antonio Herrera y Tordesillas, Cronista Mayor de Indias

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