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Х. Роберто Паэс. Испанские колониальные хронисты: часть вторая. J. Roberto Páez. Cronistas coloniales - Segunda parte


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Después desto, habiendo el Gobernador repartido toda el oro y plata que hubo en Caxamalea, porque supo que uno de los capitanes de Atabaliba, llamado Quizquiz, andaba con cierta gente alborotando la tierra, partió contra él, y no le osó aguardar en la provincia de Jauja; por lo cual envió delante al capitán Soto con cierta gente de caballo, yendo él en la retaguardia, y en la provincia de Viscacinga dieron de súbito tantos indios sobre el capitán Soto, que estuvo muy cerca de ser desbaratado, matándole cinco o seis españoles; y como vino la noche, los indios se retrajeron a la sierra, y el Gobernador envió a don Diego de Almagro con cierta gente de caballo al socorro, y cuando otro dio amanesció, que tornaron a pelear, los cristianos se fueron mañosamente retrayendo para sacar los indios al llano, por excusarse de las piedras que les tiraban desde lo alto de las cuestas. Y los indios, entendiendo el engaño, no salieron y pelearon allí, sin reconocer el socorro que había venido, porque con la mucha niebla que aquella mañana hizo no le pudieron ver; y así, pelearon aquel día tan animosamente los cristianos, que desbarataron los indios y mataron muchos dellos. Y de ahí a poco llegó el Gobernador con la retaguardia, y allí le salió de paz un hermano de Guascar -289- y de Atabaliba, que por su muerte habían hecho inga o rey de la tierra, y dándole la borla, que era la insignia o corona real, llamado Paulo inga; y éste le dijo cómo en el Cuzco le estaba aguardando mucha gente de guerra, y llegando por sus jornadas cerca de la ciudad, vieron salir della grandes humos; y creyendo el Gobernador que los indios la quemaban, envió ciertos capitanes a gran priesa a lo defender con alguna gente de caballo, y en llegando a la ciudad salió sobre ellos gran número de indios, y comenzaran a pelear con los cristianos, tirándoles tantas piedras y tiraderas y otras armas, que, no pudiéndolos sufrir los españoles, se retrajeron a toda furia más de una legua hasta un llano donde se juntaron con el Gobernador, y allí envió sus dos hermanos Juan Pizarro y Gonzalo Pizarro, con la más gente de caballo, y dieron en los indios por la parte de la sierra tan animosamente, que los hicieran huir, y ellos los siguieron, matando en el alcance muchos dellos. Y como la noche vino, el Gobernador hizo recoger todos los españoles y los tuvo en arma; y cuando otro dio pensaron que en la entrada de la ciudad tuvieran alguna resistencia, no hallaron hombre que la defendiese; y así, entraron pacíficamente, y de ahí a veinte días tuvieron nueva cómo Quiquiz andaba con mucha gente de guerra robando y destruyendo una provincia llamada Condesuyo, y envió a lo estorbar el Gobernador al capitán Soto con cincuenta de caballo, y Quizquiz no le aguardó, antes se fue la vía de Jauja a dar sobre algunos españoles que allí supo haber quedado guardando su fardaje y haciendas, y con la hacienda real, que tenía a cargo el tesorera Alonso de Requelme. Los cristianos, sabiéndolo, aunque eran pocos, se defendieron animosamente en un lugar fuerte que para ello escogieron. Y así, Quizquiz se pasó adelante la vio de Quito, y tras él envió el Gobernador otra vez al capitán Soto con cierta gente de caballo, y después envió en su socorro a sus hermanos, y todos siguieron a Quizquiz más de cien leguas; y no le pudiendo alcanzar, se volvieron al Cuzco, y allí hubieron tan gran presa como la de Caxamalca, de oro y de plata, la cual el Gobernador repartió entre la gente y pobló la -290- ciudad, que era la cabeza de la tierra entre los indios, y así lo fue mucho tiempo entre los cristianos; y repartió los indios entre los vecinos que allí quisieron quedar, porque a muchos no les pareció poblar en la tierra, sino venirse con lo que les había cabido en Caxamalca y Cuzco a gozarlo en España.

Capítulo IX
De cómo el capitán Benalcázar fue a la conquista de Quito.

Ya dijimos arriba cómo al tiempo que el Gobernador entró en el Perú pobló la ciudad de San Miguel, en la provincia de Tangarara junto al puerto de Túmbez, porque los que viniesen de España tuviesen el puerto seguro para desembarcar; y porque le paresció que habían quedado allí pocos caballos después de la prisión de Atabaliba, envió por su teniente desde Caxamalca a San Miguel al capitán Benalcázar con diez de caballo, al cual por este tiempo se le vinieron a quejar los indios cañares que Ruminagui y los otros indios de Quito les daban muy continua guerra; lo cual fue a coyuntura que de Panamá y de había venido mucha gente, y dellos tomó Benalcázar docientos hombres, los ochenta de caballo, y con ellos se fue la vía del Quito, así por defender a los cañares, que se le habían dado por amigos, porque tenía noticia que en Quito había gran cantidad de oro, que Atabaliba había dejado. Y cuando Ruminagui supo la venida de Benalcázar salió a defenderle la entrada, y peleó con él en muchos pasos peligrosos con más de doce mil indios; y tenía hechos sus fosados, lo cual todo -291- contraminaba Benalcázar con grande astucia y prudencia; porque quedándoles él haciendo cara, enviaba en las trasnochadas un capitán con cincuenta o sesenta de caballo, que por arriba o por abajo, de cada mal paso se lo tenía ganado cuando amanescía; y desta manera los hizo retraer hasta los llanos, donde no osaron esperar, por el mucho daño que les hacían los de caballo; y cuando aguardaban era porque tenían hechos hoyos anchos y hondos, sembrados dentro de palos y estacas agudas, y cubiertos con céspedes y yerba sobre muy delgadas cañas, casi de la forma que escribe César en el sétimo comentario que los de Alexia le pusieron para defensa de la ciudad, en otra cava secreta, que llaman Lirios. Pero con todo cuanto hicieron, nunca pudieron engañar a Benalcázar para que cayese ni rescibiese daño en alguna fiestas cavas, porque nunca los acometía por aquella parte donde los indios le hacían rostro; antes rodeaba una o dos leguas para darlos por las espaldas o por los lados, yendo siempre con gran aviso de no pasar sobre yerba ni tierra que no fuese natural y criada allí. Y demás desto, tuvieron otra astucia los indios, viendo que la pasada no les aprovechaba, que por todas las partes por donde se sospechaba que habían de pasar los caballos, hacían unos hoyos tan anchos como la mano de un caballo, muy espesos, sin que hubiese en medio casi ninguna distancia; pero con ninguno destos ardides pudieron engañar a Benalcázar, y les fue ganando toda la tierra hasta la principal ciudad de Quito, donde supo que un día dijo Ruminagui a todas sus mujeres (de que tenía en gran número): «Agora habréis placer, que vienen los cristianos, con quien os podréis holgar»; y ellas, pensando que se lo decía por donaire, se rieron; y costoles tan caro la risa, que a casi todas las hizo descabezar, y determinó de huir de la ciudad, poniendo primero fuego a una sala llena de muy rica ropa, que allí tenía desde el tiempo de Guaynacaba, y se huyó, aunque primero una noche dio sobre los españoles de sobresalto, sin hacer en ellos ningún daño; y así, Benalcázar se apoderó de la ciudad. Y en este tiempo envió el Gobernador a don Diego de Almagro con cierta gente hacia la costa -292- de la mar y a la ciudad de San Miguel, para informarse verdaderamente de una nueva que le había venido de cómo don Pedro de Albarado, gobernador de Guatemala, se había embarcado la vía del Perú con una gruesa armada y gran número de caballos y gente para descubrir el Perú, como se dirá en el capítulo siguiente. Y llegado don Diego a San Miguel sin hallar nueva cierta de lo que buscaba, sabido que Benalcázar estaba sobre Quito, y la resistencia que Ruminagui le hacía, determinó irle ayudar; y así, fue aquellas ciento y veinte leguas hasta Quito, donde, se juntó con Benalcázar y se apoderó de la gente, conquistando algunos pueblos y palenques que hasta entonces se habían defendido; y visto que en aquella tierra el oro ni riqueza de que habían tenido noticia, se volvió al Cuzco, dejando por gobernador de la provincia de Quito a Benalcázar, como antes lo era.

-[293]- -[294]-
Libro cuarto
Que trata del viaje que Gonzalo Pizarro hizo al descubrimiento de la provincia de la Canela, y de la muerte del Marqués

-[295]-
Capítulo I
De cómo Gonzalo Pizarro se aderezó para la jornada de la Canela.

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