Х. Роберто Паэс. Испанские колониальные хронисты: часть вторая. J. Roberto Páez. Cronistas coloniales - Segunda parte
Uncategorized March 11th, 2006
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Estando el gobernador don Francisco Pizarro en la provincia de Poechos, antes que llegase a Caxamalca (como está dicho), rescibió una carta sin firma, que después se supo haberla escrito un secretario de don Diego de Almagro desde Panamá, dándole aviso como don Diego había hecho un gran navío para con él y con otros embarcarse con la más gente que pudiese, y irle a tomar la delantera, y a posesionarse en la mejor parte de la tierra, que era pasados los límites de la gobernación de don Francisco la cual, conforme a las provisiones que había llevada de Su Majestad, duraba desde la línea equinocial docientas y cincuenta leguas adelante norte sur; de la cual carta el Gobernador a nadie dio parte; y así, se dijo y creyó que don Diego se había embarcado en Panamá con ciertos navíos y gente, y hecho a la vela para el Perú, con este intento, aunque tocando en la tierra de Puerto Viejo. Y sabido el buen suceso del Gobernador, y cómo tenía tanta cantidad de oro y plata, de lo cual le pertenescia la mitad, mudó el propósito (si es verdad que le traía). Y porque tuvo noticia del aviso que se había dado al Gobernador, ahorcó su secretario, y con toda aquella gente se fue a juntar con el Gobernador a Caxamalca, donde halló ya junta gran parte del rescate de Atabaliba, con grande admiración de los unos y de los otros, porque no se creía haber visto en el mundo tanto oro y plata como allí había; y así, el día que se hizo el ensaye y fundición del oro y plata que llamaban de la compañía, se halló montarse en el oro más de seiscientos cuentos de maravedís; y esto con haberse ensayado el oro muy de priesa, y con solamente las puntas, porque no había agua fuerte para afinar el ensayo; de cuya causa siempre se ensayaba el oro dos o tres quilates -285- menos de la ley que después paresció tener por el verdadero ensaye, en que se acrecentó la hacienda más de cien cuentos de maravedis. Y cuanto a la plata, hubo mucha cantidad; tanto, que a Su Majestad le perteneció de su real quinto treinta mil marcos de plata, blanca, tan fina y cendrada, que mucha parte della se halló después ser oro de tres o cuatro quilates; y del oro cupo a Su Majestad de quinto ciento y veinte cuentos de maravedis; de manera que a cada hombre de a caballo le cupieron más de doce mil pesos en oro, sin la plata, porque estos llevaban una cuarta parte más que los peones, y aún con toda esta suma no se había concluido la centésima parte de lo que Atabaliba había prometido dar por su rescate. Y porque a la gente que vino con don Diego de Almagro, que era mucha y muy principal, no le pertenencía cosa ninguna de aquella hacienda, pues se daba por el rescate de Atabaliba, en cuya prisión ellos no se habían hallado, el Gobernador les mandó dar todavía a mil pesos para ayuda de la costa, y acordose de enviar a Hernando Pizarro a dar noticia a Su Majestad del próspero suceso que en su buena ventura había habido. Y porque entonces no se había hecho la fundición y ensaye, ni se sabía cierto lo que podría pertenescer a Su Majestad de todo el montón, trajo cien mil pesos de oro y veinte mil marcos de plata; para los cuales escogió las piezas más abultadas y vistosas, para que fuesen tenidas en más en España; y así, trajo muchas tinajas y braseros y atambores, y carneros y figuras de hombres y mujeres, con que se hinchió el peso y valor arriba dicho, y con ello se fue a embarcar, con gran pesar y sentimiento de Atabaliba, que le era muy aficionado y comunicaba con él todas sus cosas; y así, despidiéndose dél le dijo: «Vaste, capitán, pésame dello; porque en yéndote tú, sé que me han de matar este gordo y este tuerto»; lo cual le decía por don Diego de Almagro, que, como hemos dicho arriba, no tenía más de un ojo, y por Alonso de Requelme, tesorero de Su Majestad, a los cuales había visto murmurar contra él por la razón que adelante se dirá. Y así fue, que, partido Hernando Pizarro, luego se trató la muerte de Atabaliba por medio de un indio que -286- era intérprete entre ellos, llamado Filipillo, que había venido con el Gobernador a Castilla; el cual dijo que Atabaliba quería matar a todos los españoles secretamente, y para ello tenía apercibida gran cantidad de gente en lugares secretos; y como las averiguaciones que sobre esto se hicieron era por lengua del mesmo Filipillo, interpretaba lo que quería, conforme a su intención. La causa que le movió nunca se pudo bien averiguar, mas de que fue una de dos: o que este indio tenía amores con una de las mujeres de Atabaliba, y quiso con su muerte gozar della seguramente, lo cual había ya venido a noticia de Atabaliba; y él se quejó dello al Gobernador, diciendo que sentía más aquel desacato que su prisión ni cuantos desastres le habían venido, aunque se le siguiese la muerte con ellos; y que un indio tan bajo le tuviese en tan poco y le hiciese tan gran afrenta, sabiendo él la ley que en aquella tierra había en semejante delito; porque el que se hallaba culpado en él, y aun el que solamente lo intentaba, le quemaban vivo con la mesura mujer, si tenía culpa, y mataban a sus padres e hijos y hermanos y a todos los otros parientes cercanos, y aun hasta las ovejas del tal adúltero; y demás desto, despoblaban la tierra donde él era natural, sembrándola de sal y cortando los árboles, y derribando las casas de toda la población, y haciendo otros muy grandes castigos en memoria del delito. Otros dicen que la principal causa de la muerte de Atabaliba fue la gran diligencia y maña que tuvieron para encaminarla esta gente que fue con don Diego de Almagro por su interés particular; porque les decían los que habían hecho la conquista que, no solamente no tenían ellos parte en todo el oro y plata que hasta entonces estaba dado, pero ni en todo lo que de allí adelante se diese, hasta que fuese cumplida toda la suma de rescate de Atabaliba, que parecía no poderse hinchir aunque se juntase para ello todo cuanto oro había en el mundo, pues resultaba todo ello del rescate de aquel príncipe, cuya prisión se había hecho con su industria y trabajo, sin que los de don Diego interviniesen en ello; y así, les paresció a los de don Diego que les convenía encaminar la muerte de Atabaliba, porque mientras -287- él fuese vivo, todo cuanto oro ellos allegasen dirían que era rescate, y que no habían de participar los otros en ello; y como quiere que fuese, le condenaron a muerte, de lo cual él se admiraba mucho, diciendo que él nunca tal cosa había pensado como se le levantaba, y que le doblasen las prisiones y guardas o le metiesen en uno de sus navíos en la mar. Y dijo al Gobernador y a los principales señores: «No sé por qué me tenéis por hombre de tan poco juicio, que penséis que os quiero hacer traición; pues si creéis que esta gente que decir que está junta viene por mi mandado y permisión, no hay razón para ello, pues estoy en vuestro poder atado con cadenas de hierro, y en asomando la tal gente, o sabiendo que viene, me podéis cortar la cabeza. Y si penséis que viene contra mi voluntad, no estáis bien informado del poder que yo tengo en esta tierra, y con la obediencia con que soy temido de mis vasallos; pues si yo no quiero ni las aves volarán, ni las hojas de los árboles se menearán en mi tierra». Todo esto no le aprovechó, ni ofrescer a dar muy grandes rehenes por el primero español que muriese en la tierra. Porque, demás desta sospecha, se le acumuló la muerte de Guascar, su hermano; y así, le sentenciaron a muerte y ejecutaron la sentencia, yendo él siempre llamando a Hernando Pizarro, y diciendo que si él allí estuviera no le mataran. Y al tiempo de la muerte se baptizó, por persuasión del Gobernador y Obispo.
Capítulo VIII
De cómo Ruminagui, capitán de Atabaliba, se alzó en la tierra de Quito, y como el Gobernador se fue al Cuzco.
Aquel capitán de Atabaliba llamado Ruminagui, que arriba dijimos que huyó de Caxamalca con cinco mil -288- indios, en llegando a la provincia de Quito tomó en su poder los hijos de Atabaliba, y se apoderó en la tierra, haciéndose obedescer por señor della; y después Atabaliba, poco antes que muriese, envió a su hermano Illéscas a la provincia de Quito para traer sus hijos, y el Ruminagui lo mató y no se los quiso dar; y después desto algunos capitanes de Atabaliba, conforme a lo que él dejó mandado, llevaron su cuerpo a la provincia de Quito a enterrar con su padre Guaynacaba, los cuales Ruminagui rescibió muy honrada y amorosamente, e hizo enterrar el cuerpo con gran solemnidad, según la costumbre de la tierra, y después mandó hacer una borrachera; en la cual, estando borrachos los capitanes que habían traído el cuerpo, los mató a todos, y entre ellos aquel Illéscas hermano de Atabaliba, al cual hizo desollar vivo, y del cuero hizo un atambor, quedando la cabeza colgada en el mismo atamb
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