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Х. Роберто Паэс. Испанские колониальные хронисты: часть вторая. J. Roberto Páez. Cronistas coloniales - Segunda parte


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Don Enrique de Vedia, en el prólogo que puso a la obra de Zárate, dice que don Antonio de Alcedo en su Biblioteca Americana, manuscrita, trata a Zárate de historiador de gran mérito pero de poca exactitud y agrega que esta crítica, no le parece justa: conócese, añade, que pertenecía al partido real, pero sin embargo, habla sin ira ni encono; refiere los acontecimientos con imparcialidad y lisura, y sazona la con profundas reflexiones y comentarios que muchas veces dan lugar a pasajes oscuros de aquel tiempo.
El que un publicista como Vedia haya creído del caso rectificar la opinión de Alcedo, demuestra la importancia que daba al parecer del autor de la Biblioteca, -272- Americana, esa obra que yace inédita en la Biblioteca Pública de Nueva York desde hace tantos años, sin que los ecuatorianos nos interesemos en darla a luz, pese a que el autor se halla ligado tan estrechamente a la ciudad de Quito.
En el tomo cuarto de la Biblioteca, de Autores Españoles, figura otro trabajo de Agustín de Zárate: la «Censura, de la obra de Varones Ilustres de Indias, de Juan de Castellanos». Anotemos también que el nombre de Zárate consta en el Catálogo de Autoridades del Idioma, publicado por la Real Academia Española.

-[273]-
del descubrimiento y conquista de la provincia del Perú y de las guerras y cosas señaladas en ella, acaecidas hasta el vencimiento de Gonzalo Pizarro y de sus secuaces, que en ella se rebelaron contra Su Majestad, por Agustín de Zárate
-[274]- -[275]-
Capítulo V
Cómo se dio la batalla contra Atabaliba, y cómo fue preso.

Luego, otro día de mañana, el Gobernador ordenó su gente partiendo los sesenta de a caballo que había en tres partes, para que estuviesen escondidos con los capitanes Soto y Benalcázar; y de todos dio cargo a Hernando Pizarro y a Juan Pizarro y Gonzalo Pizarro, y él se puso en otra parte con la infantería, prohibiendo que nadie se moviese sin su licencia o hasta que disparase la artillería. Atabaliba tardó gran parte del día en ordenar su gente, y señalando lugar por donde cada capitán había de entrar, y mandó que por cierta parte secreta, hacia la parte por donde habían entrado los cristianos, se pusiese un capitán suyo, llamado Ruminagui, con cinco mil indios, para que guardase las espaldas a los españoles y matase a todos los que volviesen huyendo. Y luego Atabaliba movió su campo tan despacio, que más de cuatro horas tardó en andar una pequeña legua. Él venía en una litera, sobre hombros de señores, y delante dél trecientos indios vestidos de una librea, quitando todas las piedras y embarazos del camino, hasta las pajas, y todos los otros caciques y señores venían tras él en andas y hamacas, teniendo en tan poco las cristianos, que los pensaban tomar a manos; porque un gobernador indio había enviado a decir a Atabaliba cómo eran los españoles muy pocos, y tan torpes y para poco, que no sabían andar a pie sin cansarse; y por eso andaban en unas ovejas grandes, que ellos llamaban caballos; y así, entró en un cercado que está delante del tambo de Caxamalca; y como vio tan pocos españoles, y esos a pie (porque los de a caballo estaban escondidos), pensó que no osarían parecer delante dél ni le esperarían; y levantándose sobre las andas, dijo a su gente: «Estos rendidos están»; y todos respondieron que sí. Y luego llegó el Obispo don fray -276- Vicente de Valverde con un Breviario en la mano, y le dijo cómo un Dios en Trinidad había criado el cielo y la tierra y todo cuanto había en ello, y hecho a Adán, que fue el primero hombre de la tierra, sacando a su mujer Eva de su costilla, de donde todos fuimos engendrados, y como por desobediencia destos nuestros primeros padres caímos todos en pecado, y no alcanzábamos gracia para ver a Dios ni ir al cielo, hasta que Cristo, nuestro redentor, vino a nascer de una virgen por salvamos, y para este efecto rescibió muerte, pasión; y después de muerto resuscitó glorificado, y estuvo en el mundo un poco de tiempo, hasta que se subió al cielo, dejando en el mundo en su lugar a San Pedro y a sus sucesores, que residían en Roma, a los cuales los cristianos llamaban papas y estos habían repartido las tierras de todo el mundo entre los príncipes y reyes cristianos, dando a cada uno cargo de la conquista, y que aquella provincia suya había repartido a Su Majestad del emperador y rey don Carlos, nuestro señor, y Su Majestad había enviado en su lugar al gobernador don Francisco Pizarro para que le hiciese saber de parte de Dios y suya todo aquello que le había dicho; que si él quería creerlo y rescebir agua de baptismo y obedecerle, como lo hacía la mayor parte de la cristiandad, él le defendería y ampararía, teniendo en paz y justicia la tierra, y guardándoles sus libertades, como lo solía hacer a otros reyes y señores que sin riesgo de guerra se le sujetaban; y que si lo contrario hacia, el Gobernador le daría cruda guerra a fuego y sangre, con la lanza en la mano; y que en lo que tocaba a la ley y creencia de Jesucristo y su ley evangélica, que si, después de bien informado della, él de su voluntad la quisiese creer, que hacía lo que convenía a la salvación de su ánima; donde no, que ellos no le harían fuerza sobre ello. Y después que Atabaliba todo esto entendió, dijo que aquellas tierras y todo lo que en ellas había las había ganado su padre y sus abuelos, los cuales las habían dejado a su hermano Guascar inga, y que por haberle vencido y tenerle preso a la sazón eran suyas y las poseía, y que no sabía él como san Pedro las podía dar a nadie; y que si las había dado, -277- que él no consentía en ello ni se le daba nada; y a lo que decía de Jesucristo, que había criado el cielo y los hombres y todo, que él no sabía nada de aquello ni que nadie criase nada sino el sol, a quien ellos tenían por dios, y a la tierra por madre, y a sus guacas; y que Pachacamá lo había criado todo lo que allí había, que de lo de Castilla él no sabía nada ni lo había visto; y preguntó al Obispo que cómo sabría él ser verdad todo lo que había dicho, o por dónde se lo daría a entender. El Obispo dijo que en aquel libro estaba escrito que era escriptura de Dios. Y Atabaliba le pidió el Breviario o Biblia que tenía en la mano; y como se lo dio lo abrió, volviendo las hojas a un cabo y a otro, y dijo que aquel libro no le decía a él nada ni le hablaba palabra, y le arrojó en el campo. Y el Obispo volvió a donde los españoles estaban, diciendo: «A ellos, a ellos»; y como el Gobernador entendió que si esperaba que los indios le acometiesen primero, los desbaratarían muy fácilmente, se adelantó, y envió a decir a Hernando Pizarro que hiciese lo que había de hacer. Y luego mandó disparar el artillería, y los de caballo acometieron por tres partes en los indios, y el Gobernador acometió con la infantería hacía la parte donde venía Atabaliba; y llegando a las andas, comenzaron a matar los que las llevaban, y apenas era muerto uno, cuando en lugar dél se ponían otros muchos a mucha porfía. Y viendo el Gobernador que si se dilataba mucho la defensa los desbaratarían, porque aunque ellos matasen muchos indios, importaba más un cristiano, arremetió con gran furia a la litera, y echando mano por los cabellos a Atabaliba (que los traía muy largos), tiró recio para sí y lo derribó, y en este tiempo los cristianos daban tantas cuchilladas en las andas, porque eran de oro, que hirieron en la mano al Gobernador; pero en fin el le echó en el suelo, y por muchos indios que cargaron, le prendió. Y como los indios vieron a su señor en tierra y preso, y ellos acometidos por tantas partes y con la furia de los caballos, que ellos tanto temían, volvieron las espaldas y comenzaron a huir a toda furia, sin aprovecharse de las armas, y era tanta la priesa, que con huir los unos derribaban los otros; y -278- tanta gente se arrimó hacia una esquina del cercado donde fue la batalla, que derribaron un pedazo de la pared, por donde pudieron salirse; y la gente de caballo continuo fue en el alcance hasta que la noche les hizo volver. Y como Ruminagui oyó el sonido de la artillería y vio que un cristiano despeñó de una atalaya abajo al indio que le había de hacer la seña para que acudiese, entendió que los españoles habían vencido, y se fue con toda su gente huyendo, y no paró hasta la provincia de Quito, que es más de docientas y cincuenta leguas de allí, como adelante se dirá.

Capítulo VI
De cómo Atabaliba mandó matar a Guascar, y cómo Hernando Pizarro fue descubriendo la tier

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