ecto Vedia:
Zárate pasó en una ocasión como comisionado de los oidores a hablar can Gonzalo Pizarro, que se acercó a Lima, y requerirle licenciase sus tropas y se retirase a sus haciendas. Ejecutó el historiador su comisión con poco gusto, según lo indica él mismo, pues, no dejaba de ofrecer bastante peligro, y cumplido este deber espinoso, parece que se pierde de vista y no suena en primer término; lo cual indica. que se redujo a desempeñar las funciones privativas de su empleo y a escribir su obra.
Nada tan oportuno como reproducir aquí el relato quede este importante suceso de su vida nos ha dejado el protagonista, Zárate, en el capítulo XIII del Libro Quinto de su Historia. — Dice así:
De cómo los oidores enviaron una embajada a Gonzalo Pizarro para que deshiciese su campo, y de lo que sobre esto acaeció
En haciendo a la vela el licenciado Álvarez, se entendió en los Reyes que iba de concierto con el Visorrey, así por algunas muestras que dello dio antes que se embarcase, como porque se fue sin esperar los despachos que los oidores habían de dar, que por no venir en ellos el licenciado Zárate se habían dilatado y se le hablan de enviar otro día. Lo cual los oidores sintieron mucho, sabiendo que Álvarez había sido inventor de la prisión del Visorrey y el que más lo trató y dio la ordenanza para ello, y entre tanto que esperaban a saber el verdadero suceso de aquel hecho, les -268- pareció enviar a Gonzalo Pizarro a le hacer saber lo pasado y a le requerir con la provisión real, para que, pues ellos estaban en nombre Su Majestad, para proveer lo que conviniese a la administración de la justicia y buena gobernación de la tierra, y habían suspendido la ejecución de las ordenanzas y otorgado la suplicación dellas, y enviado el Visorrey a España, que era mucho más de lo que ellos siempre dijeron que pretendían; para colorar la alteración de la tierra le mandaban que luego deshiciese el campo y gente de guerra, y si quería venir a aquella ciudad, viniese de paz y sin forma de ejército; y que si para la seguridad de su persona quisiese traer alguna gente, podía venir con hasta quince o veinte de caballo, para lo cual se le daba licencia. Despachada esta provisión, mandaron a algunos vecinos los oidores que la fuesen a notificar a Gonzalo Pizarro donde quiera que le topasen en el camino; y ninguno hubo que lo quisiese aceptar, así por el peligro que en ello había, como porque decían que Gonzalo Pizarro y sus capitanes les culparían, respondiéndoles que, viniendo ellos a defender las haciendas de todos, les eran contrarios. Y así, viendo esto los oidores, mandaron por un acuerdo a Agustín de Zárate, contador de cuentas de aquel reino, que juntamente con don Antonio de Ribera, vecino de aquella ciudad, fuesen a hacer esta notificación; y les dieron su carta de credencia, y con ella se partieron hasta llegar al valle de Jauja, donde a la sazón estaba alojado el campo de Gonzalo Pizarro, el cual ya hayla sido avisado del mensaje que se le enviaba; y temiendo que si se le llegaba a notificar se le amotinaría la gente, por el gran deseo que llevaban de llegar a Lima en forma de ejército, y aún para saquear la ciudad con cualquiera ocasión que hallase; y queriéndolo proveer, envió al camino por donde venían estos mensajeros a Hierónimo de Villegas, su capitán, con hasta treinta arcabuceros a caballo, el cual los topó, y a don Antonio de Ribera le dejó pasar al campo, y a Agustín de Zárate le prendió y tomó las provisiones que llevaba, y le volvió por el camino -269- que había venido, hasta llegar a la provincia de Pariacaca, donde le tuvo diez días preso, poniéndole su gente todos los temores que podían a efecto de que no dejase su embajada; y así, estuvo allí hasta que llegó Gonzalo Pizarro con su campo, y le mandó llamar para que dijese a lo que había venido. Y porque ya Zárate estaba avisado del riesgo que corría en su vida si trataba de notificar la provisión, después de hablado aparte a Gonzalo Pizarro, y dichole lo que se le había mandado, le metió en un toldo, donde estaban juntos todos sus capitanes, y le mandó que les dijese a ellos todos lo que a él le había dicho. Y Zárate, entendiendo su intención, les dijo de parte de los oidores otras algunas cosas tocantes al servicio de Su Majestad y al bien de la tierra, usando de la creencia que se le había tomado, especialmente que, pues el Visorrey era embarcado, y otorgada la suplicación de las ordenanzas, pagasen a Su Majestad lo que el visorrey Blasco Núñez Vela le había gastado, como se habían ofrecido por sus cartas de lo hacer, y que perdonasen los vecinos del Cuzco que se habían pasado desde su campo a servir al Visorrey, pues habían tenido tan justa causa para ello, y que enviasen mensajeros a Su Majestad para disculparse de todo lo acaecido, y otras cosas desta calidad, a las cuales todas ninguna otra respuesta se le dio sino que dijese a los oidores que convenía al bien de la tierra que hiciesen gobernador della a Gonzalo Pizarro, y que con hacerlo se proveería luego en todas las cosas que se les habían dicho de su parte; y que si no hacían, meterían a saco la ciudad. Y con esta respuesta volvió Zárate a los oidores, aunque algunas veces la rehusó llevar y a ellos les pesó mucho oír tan abiertamente el intento de Pizarro; porque hasta entonces no habían dicho que pretendían otra cosa sino la ida del Visorrey y la suspensión de las ordenanzas; y con todo esto, enviaron a decir a los capitanes que ellos hablan oído lo que pedían, pero que ellos por aquella vía no lo podían conceder ni aun tratar dello, si no parecía quien lo pidiese por escripto y en la forma ordinaria -270- que se suelen pedir otras cosas. Y sabiendo esto, se adelantaron del camino todos los procuradores de las ciudades que venían en el campo, y juntando consigo los de otras ciudades que estaban en los Reyes, dieron una petición en el audiencia, pidiendo lo que habían enviado a decir de palabra. Y los oidores, paresciéndoles que era cosa tan peligrosa, y para, que ellos no tenían comisión, ni tampoco libertad para dejarlo de hacer, porque ya en aquella sazón estaba Gonzalo Pizarro muy cerca de la ciudad, y les tenía tomados todos los pasos y caminos para que nadie pudiese salir della, determinaron dar parte del negocio a las personas de más autoridad que había en la ciudad y pedirles su parecer; y sobre ello hicieron un acuerdo, mandando que se notificase a don Hierónimo de Loaysa, arzobispo de los Reyes, y a don fray Juan Solano, arzobispo del Cuzco, y a don Garci Díaz, obispo del Quito, y a fray Tomás de San Martín, provincial de los dominicos, y a Agustín de Zárate y al tesorero, contador y veedor de Su Majestad, que viesen esto que los procuradores del reino pedían, y les dieron sobre ello su parecer, expresando muy a la larga las razones que a ello les movían; lo cual hacían, no para seguir ni dejar su parescer, porque bien entendían que en los unos ni en los otros no había libertad para dejar de hacer lo que Gonzalo Pizarro y sus capitanes querían; sino para tener testigos de la opresión en que todos estaban.
(Zárate: Historia del Perú. Edición de Vedia. Madrid 1853, páginas 520 y 521)
El modo tan tinoso con que Zárate ejecutó su comisión delicada y difícil, ha dado ocasión para que se dijera que su conducta, fue vacilante y equívoca y que no sabía por quién decidirse en definitiva, si por Pizarro o por el Rey, mas, parece que no pudo hacer otra cosa que lo que hizo sin peligro de su vida, que la iba a perder sin beneficio para nadie, por lo cual merece toda indulgencia. Su muerte nos habría privado de uno de los monumentos más notables de la Historia. Su actuación posterior a aquella comisión le valió el favor real, lo que demuestra que Zárate no -271- fue el cambiabanderas que se ha dicho, ni hombre de espíritu ambigua y desleal.
Zárate tuvo ocultos sus apuntes y papeles, hasta que en Flandes redactó su libro y lo presentó a Felipe Segundo, quien, dice el autor me hizo a mi tamaña merced y a él tan gran favor, de leerle en el viaje y navegación que prósperamente hizo de la Coruña a Inglaterra y recibirle por suyo y mandarme que lo publicase e hiciese imprimir. Así lo verificó el autor en Amberes, en los ratos desocupados de la labor de la moneda de Vuestra Majestad que es mi principal negocio.
Vio, pues, la luz el libro de Zárate en Amberes el año de 1555. La obra se compuso en siete libros, de los cuales el primero está dedicado a narrar las noticias que se tuvo del Perú y cómo se comenzó a descubrir y el séptimo a la pacificación del Perú por obra de la Gasca.
Se ha traducido a todas das lenguas cultas de Europa y se ha reimpreso innumerables ocasiones, lo que ha hecho que sea una de las grandes fuentes para el conocimiento del pasado. En los catálogos de libros de ocasión, se halla a menudo la edición francesa de este l








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