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El capitán Diego de Ordás tuvo la empresa del descubrimiento e población del famoso e grandísimo río del Marañón, e de su mal subceso se tractó en el libro XXIV destas historias. Más para que se entienda lo que después se ha sabido deste río e por qué vía, conviene y es de notar que después quel marqués don Francisco Pizarro e sus hermanos quedaron victoriosos de aquella batalla mal pensada e peor efetuada, en que fue vencido e maltractado don Diego de Almagro e los de su opinión, quedaron muy orgullosos los que se vieron señores del campo; pero oso afirmar, según lo quel tiempo después ha mostrado, que esa victoria fue tanto o más dañosa para los vencedores como para los vencidos, y en los unos y en los otros cuadran bien aquellas palabras que Francisco Petrarca finge que pasaron entre él e Sophonisba, cuando ella respondió: «Si África lloró, no se riyó: preguntadlo a vuestras historias».
Así que, si a Almagro injustamente e de hecho lo mataron los pizarros, en su muerte granjearon la perdición de los mesmos matadores; e antes que así fuese, yo se lo escribí al marqués con tiempo, cuando supe sus diferencias para que las dejase e se conformase con el adelantado e con la paz, porque me parecía que -246- los vía ir claramente a perderse. Pero si mis cartas rescibió, yo no fui respondido, y si no me creyó, de la ganancia que sacó verán si mal le consejaba. En fin, él estaba determinado de obedescer a su apetito, y a los tales incorregibles sus malos deseos les dan el pago a proporción de su seso, e con esos mesmos concuerda e ha lugar aquella sanctidad de la Sagrada Escriptura: «Quando el loco va por su vía, piensa que cada uno que ve, est loco como él». Yo no he lástima solamente destos dos compañeros don Francisco Pizarro e Diego de Almagro, que en un tiempo tracté e conoscí bien pobres e después los vi muy sublimados en títulos e señorío e grandísimas riquezas; pero téngola muy grande de los muchos pecadores cristianos que tras ellos e por ellos se han perdido.
Dejemos esto e tornemos a nuestro propósito de la gobernación de Quito, que fue el señorío quel gran rey Guaynacava dejó a su hijo Atabaliba. A la cual provincia envió por su capitán el marqués don Francisco Pizarro a Sebastián de Benalcázar, del cual en el libro XLV de la gobernación de Popayán se tracta. Y este fue en seguimiento de Orominavi, capitán de Atabaliba, que se fue con mucha parte del tesoro suyo, después que le vido preso; y en demanda dese oro fue Benalcázar, e hizo mucha guerra a los indios de Quito e sus comarcas. Y este fundó la cibdad de Sanct Francisco, ques el primer pueblo que hubo de cristianos y el principal, que al presente hay en la dicha provincia de Quito: e aqueste Benalcázar desde entonces tuvo noticia mucha de la canela, e aun según él me dijo en esta cibdad de Sancto Domingo, cuando tornaba de España proveído por gobernador de Popayán, su opinión era que hacía el río Marañón la había de hallar, e que aquella canela se había de llevar a Castilla e a Europa por el dicho río, porque según los indios le habían dado noticia del camino, pensaba él que no podía faltar, si su información no fuese falsa; la cual tenía por cierta e de muchos indios. Cuando fue de aquí este capitán, pensamiento llevaba de la ir a buscar; pero como ya Gonzalo Pizarro era ido mucho antes (o en tanto que Benalcázar por acá andaba -247- ) en la mesma demanda de la canela, siguiose de buscarla el descubrimiento della e del río Marañón por la parte interior de la tierra, e de sus nascimientos de aquel gran río, de la manera que se dirá en el siguiente capítulo.

Capítulo II
En continuación de lo ques dicho e apuntado en el título del capítulo precedente, e de la noticia que se tiene del rey Dorado, e como e por qué vía no pensada se descubrió el río Marañón por el capitán Francisco de Orellana, e con quinientos españoles le navegó hasta la Mar del Norte; e cómo el capitán Gonzalo Pizarro se tornó a Quito con mucha pérdida de la mayor parte de los cristianos que había llevado al descubrimiento de la Canela, e asimesmo se tocarán algunas cosas, demás de lo ques dicho, que son convinientes al discurso de la .

Estando el capitán Sebastián de Benalcázar en la provincia de Quito debajo de la militar obidiencia que debía tener al marqués don Francisco Pizarro, que allí le envió, porque no se perdiese e deteriorase la mala costumbre que otros capitanes han tenido en las Indias de faltar a quien los elige e pone en tales cargos, e seguir otras derrotas e camino por donde no se llamen segundos sino primeros, e procurar para sí los mesmos oficios en ofensa de sus superiores, y tener manera cómo se entiendan con el Rey e pierda las gracias quien los puso en tales capitanías; así esto, como se sentía hombre más hábil quel Marqués, o por otra causa cualquiera que sea, salió de la cibdad de Sanct Francisco con cierta gente de pie e de caballo, e discurriendo por -248- la tierra adentro, fue a parar a los Alcázares e Nueva Reino de Granada, donde ya otros españoles tenían descubiertas las minas de las esmeraldas. Así que, iba alzado de su capitán general. Y con la mesma intención, apartándose del suyo, el capitán Fedreman había dejado a su gobernador en la provincia de , llamado Jorge Espira; y cada uno de estos dos capitanes alterados se recogieron con la gente de Sancta María, que hallaron poblada en los Alcázares con el licenciado Gonzalo Ximénez (teniente del adelantado Pedro de Lugo), con el cual concertados todos tres se fueron a España cargados de nuevas trazas y deseos, e con el oro y esmeraldas que pudieron haber, como más largamente se dijo en el libro XXVI, capítulo XII, e dese viaje negoció cada uno en diferente manera, e Benálcazar volvió con la gobernación de Popayán. Pues cómo el marqués don Francisco Pizarro supo que Benálcazar se había partido de Quito sin su licencia, envió allá al capitán Gonzalo Pizarro, su hermano, y enseñoreose de aquella cibdad de Sanct Francisco e de parte de aquella provincia, e desde allí determinó de ir a buscar la Canela e a un gran príncipe que llaman el Dorado (de la riqueza del cual hay mucha fama en aquellas partes).
Preguntando yo por qué causa llaman aquel príncipe el cacique o rey Dorado, dicen los españoles, que en Quito han estado e aquí a Sancto Domingo han venido (e al presente hay en esta cibdad más de diez dellos), que la que desto se ha entendido de los indios es que aquel gran señor o príncipe continuamente anda cubierto de oro molido e tal menudo como sal molida; porque le paresce a él que traer otro cualquier atavío es menos hermoso, e que ponerse piezas o armas de oro labradas de martillo o estampadas o por otra manera, es grosería e cosa común, e que otros señores e príncipes ricos las traen, cuando quieren; pero que polvizarse con oro es cosa peregrina, inusitada e nueva e más costosa, pues que lo que se pone un día por la mañana se lo quita e lava en la noche e se echa o pierde por tierra; e esto hace todos los días del mundo. E es hábito que andando, como anda de tal forma vestido o cubierto, no -249- le da estorbo ni empacho ni se cubre ni ofende la linda proporción de su persona e dispusición natural, de quél mucho se prescia, sin se poner encima otro vestido ni ropa alguna. Yo querría más la escobilla de la cámara deste príncipe que no la de las fundiciones grandes que de oro ha habido en el Perú o que puede haber en ninguna parte del mundo. Así que, este cacique o rey dicen los indios ques muy riquísimo e gran señor, e con cierta goma o licor que huele muy bien se unta cada mañana, e sobre aquella unción asienta e se pega el oro molido o tan menudo como conviene para lo ques dicho, e queda toda su persona cubierta de oro desde la planta, del pie hasta la cabeza, e tan resplandeciente como suele quedar una de oro labrada de mano de un gran artífice. Y creo yo que sí ese cacique aqueso usa, que debe tener muy ricas minas de semejante calidad de oro, porque yo he visto harto en la Tierra Firme, que los españoles llamamos volador, y tan menudo que con facilidad se podría hacer lo ques dic

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