Х. Роберто Паэс. Испанские колониальные хронисты: часть вторая. J. Roberto Páez. Cronistas coloniales - Segunda parte
Uncategorized March 11th, 2006
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En algunas provincias los naturales eran flecheros y en otras peleaban con lanzas y con varas cerrojadizas, y en parte con hondas. En fin en todo el mundo se usa la guerra, y entre los indios pocas veces la paz; viéronse muy grandes poblaciones y muchas y grandes islas y muy pobladas; provincias con innumerables gentes y tuvieron noticia, por lengua de indios, que cierto número de cristianos estaban poblados en una provincia, los cuales se perdieron días ha, de la armada de un capitán llamado Diego de Ordás, con los cuales estos no pudieron haber habla, porque más aína se puede decir que estos venían huyendo de la muerte, que a buscar como se redimiesen -237- los otros, ni eran tantos que a ello pudiesen bastar hasta que el tiempo y el aparejo venga de la mano de Dios, y en cierta parte tuvieron una batalla muy reñida y los capitanes eran mujeres flecheras que estaban allí por gobernadores, a las cuales nuestros españoles llamaron amazonas, sin saber porqué. Como Vuestra Señoría Reverendísima mejor sabe, este nombre, según quiere Justino, se les da por falta de la teta que se quemaban aquellas que se dijeran amazonas; en lo demás no les es poco anexo el estilo de su vida, pues, estas viven sin hombres y señorean muchas provincias y gentes, y en cierto tiempo del año llevan hombres a sus tierras, con quienes han sus ayuntamientos y después que están preñadas los echan de la tierra, y si paren hijo o le matan o le envían a su padre, y si es hija la crían para aumento de su república; y en esto hay mucho que decir y todas esas mujeres obedecen y tienen una reina muy rica y ella y sus principales señoras se sirven en vajillas de oro, según por oídas y relaciones de indios se sabe. Así que, por abreviar, estos españoles con el capitán Francisco de Orellana que en estas naos va a dar relación particular de lo que vio a la Cesárea Majestad, dicen que desde aquella boca del río Marañón, por donde salieron a esta mar, hasta Cubagua, la cual isla la llamamos de las perlas, en la costa de la Tierra Firme, hay cuatrocientas leguas, y en el agua dulce, antes de topar la salada, navegaron mil setecientas y más, y no obstante este río tiene muchas bocas, todas se incluyen en más de cuarenta leguas de agua dulce y otras tantas y más en la mar; se coge agua dulce, y cincuenta leguas el río va sobre la marea, y de la dicha boca crece en alto más de cinco brazas, pero todavía dulce. Y cuando llegaron estos españoles a la mar fue a los veintiséis días de agosto; así estuvieron en su navegación de agua dulce ocho meses. Y salidos a la costa fueron a Cubagua y desde allí vino el capitán Francisco de Orellana y con él hasta trece o catorce de su compañía de esta nuestra ciudad de Santo Domingo de la isla española, con el cual y con los otros yo he tenido larga comunicación, informándome de lo dicho y de -238- lo que por su prolijidad y falta de tiempo no digo aquí; y porque, como digo, en esta historia lo verá Vuestra Señoría Reverendísima, más enteramente, la cual parece que mis pecados dilatan de salir a luz, porque a causa de esta guerra de Francia yo no puedo al presente dejar esta fortaleza, por servir al Emperador mi señor, que yo tenía gracia para ir a España y por este impedimento cesa mi partida hasta que Dios mejore la paz y los tiempos, mediante la Santidad del Papa Nuestro Señor, en quien yo tengo mucha esperanza; que Dios dará la quietud que es razón que haya entre los cristianos, según su santo celo y obras de verdadero Vicario de Cristo. Lo dicho en suma es cuanto al capitán Francisco de Orellana y sus consortes, de que se colige que por el dicho río que es dicho que nace en el polo Antártico, con tan grande discurso como está dicho, vinieron a buscar y hallar este otro Ártico, atravesando la equinoccial; y ha de saber Vuestra Señoría Reverendísima otra cosa, que después que está aquí en nuestra ciudad de Santo Domingo, han venido letras de la provincia de la Nueva Castilla, alias Perú, en que dicen que después que el capitán Gonzalo Pizarro vio gire este otro capitán Orellana no volvía, ni le enviaba de comer, se tornó de hambre constreñido a Quito, y con tanta necesidad que él y su gente se comieron más de cien caballos y mucho perros que tenían consigo, y de doscientos treinta hombres que sacó, no volvieron ciento y muy maltratados y enfermos. Así que estos y los que escaparon con Francisco de Orellana, se pueden contar por vivos, y los demás por muertos, y fueron treinta y siete. Y de esta manera acaece por estas partes, a los que con mucho afán buscan este oro, porque a la verdad, por la mayor parte se ha tornado en lloro a muchos, y esta demanda de la canela no era ella sola la que movió a Gonzalo Pizarro a buscarla, cuanto por topar junto con esa especia o canela, un gran príncipe que llaman El Dorado, del cual hay mucha noticia en aquellas partes. El cual dicen que continuamente anda cubierto de oro molido, o tan menudo como sal muy molida, porque le parece a él que ningún otro vestido -239- ni atavío es como éste, y que oro en piezas labradas es cosa grosera y común y que otros señores se pueden vestir y visten de ellas, cuando les place. Pero polvorizarse de oro es cosa muy extremada y más costosa, porque cada día nuevamente se cubre de aquel oro y en la noche se lava y lo deja perder, y porque tal hábito no le da empacho ni le ofende, ni encubre su linda disposición, ni parte alguna de ella; y con cierta goma o licor oloroso se unta por la mañana y sobre aquella unción se echa aquel polvo molido y queda toda la persona cubierto de oro desde la planta del pie hasta la cabeza, tan resplandeciente como una pieza de oro labrada de mano de un muy buen platero o artífice, de manera que se colige de esto y de la fama, que hay una tierra que es de riquísimas minas de oro. Así que Reverendísimo Señor mío, este Rey Dorado es lo que iban a buscar y su camino y diseños sucedieron como he dicho.
Dejo por falta de tiempo de decir otras muchas cosas que no se pueden oír sin dar gracias a Dios con mucho deleite, pues, que en nuestros tiempos tan grandes cosas se descubren en la buena ventura de César, para quien Dios tenía guardados tantos y tan grandes tesoros, pues, por su mano tan bien se desprende y los emplea en la defensa de la república cristiana, la cual sin él estaría a mal partido, según Mahoma y sus secuaces han aumentado, por culpa de la poca conformidad del pueblo cristiano.
A Vuestra Señoría Reverendísima beso millares de veces las manos, por las mercedes que me ha hecho y siempre me hace a cerca de las indulgencias de mi capilla, y de otras maneras. Plega a Nuestro Señor que yo pueda servir y merecerle alguna parte de lo que debo a su servicio. El cual ese mismo Señor y Dios Nuestro prospere y guarde su Reverendísima, y muy ilustre persona y estado, largos tiempos a su santo servicio.
De esta casa real fortaleza de la ciudad y puerto -240- de Santo Domingo de la Isla Española, a 20 de enero de 1543 años.
Reverendísimo y muy Ilustre Señor.
Las manos de Vuestra Señoría Reverendísima besa,
Gonzalo Fernández de Oviedo.
Oviedo debió haber conocida y tratado en Italia, en la que residió por algún tiempo, al gran humanista cardenal Pedro Bembo (1470-1547), cronista oficial de la República de Venecia y uno de los letrados y poetas más célebres del siglo décimo sexto en la Península. El que Oviedo hubiera mantenido correspondencia con tan conspicuo personaje es demostración de la valía de nuestro historiador. El cardenal Bembo es una de las figuras históricas y literarias sobre la que no ha caído el manto del olvido y que aún atrae la atención de los escritores de nuestros días.
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Historia general y natural de las Indias islas y Tierra Firme del mar Océano por el capitán Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez
Tercera parte de la general y natural historia de las Indias islas y Tierra Firme del mar Océano. Libro XLIX
-[242]- -[243]- -[244]- -[245]-
Capítulo I
En que se trata como e por quien fue fundada la cibdad de Sanct Francisco en la provincia e gobernación de Quito: e como el capitán Sebastián de Benalcázar, que allí estaba por mandado del Marqués don Francisco Pizarro, se fue sin licencia de la tierra a España, donde fue proveído por gobernador de Popayán; e como el Marqués envió a Gonzalo Pizarro, su hermano a Quito, e cómo fue en demanda de la Canela e del rey o cacique que llaman el Dorado. E como fue acaso descubriendo e navegando por la parte interior del río Marañón, desde sus nascimientos hasta la Mar del Norte, por el capitán Francisco de Orellana con ciertos compañeros, cuyos nombres se dirán, e otras cosas que convienen a la historia.
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