Х. Роберто Паэс. Испанские колониальные хронисты: часть вторая. J. Roberto Páez. Cronistas coloniales - Segunda parte
Uncategorized March 11th, 2006
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Reverendísimo e Ilustrísimo Señor: Paréceme que de una cosa tan nueva a los cristianos y tan grande y maravillosa como es la navegación del grandísimo río llamado el Marañón, que yo incurriera en mucho descuido y culpa, si no diera noticia de ella a Vuestra Señoría Reverendísima que como más doctísimo y experto en las cosas de historia, más se gozará que otro alguno de oír un caso que no es de menor admiración que el de la nave Victoria que voló y anduvo todo lo que la redondez del universo contiene por aquel paralelo y camino que ella lo anduvo, entrando por el estrecho de Magallanes hacía occidente y llegó a la especiería, y cargada allí de clavo y otras especias, volvió por el oriente al Cabo de Buena Esperanza y fue a Sevilla. De esto de aquella nave ya Vuestra Señoría Reverendísima está bien avisado, oiga ahora sumariamente esta otra navegación y después que la haya oído juzgue si es de más estimarse y espantar, puesto que yo no diré aquí muchas particularidades, porque no tengo tiempo al presente para explicar lo que en XXIIII hojas tengo escrito, en la continuación de la General historia de las Indias, pero en suma diré alguna parte de lo más sustancial de este descubrimiento.
El capitán Gonzalo Pizarro, hermano del marqués don Francisco Pizarro, gobernador del Perú, partió de la Provincia de Quito, con 230 españoles de a pie y de a caballo, en busca de la canela; la cual no es como la que se trae de la Isla de Bruney que es en los Maluocos, pero aunque en la forma es diferente, cuanto al sabor es tan buena o mejor queda primera que todos sabemos que usan en Europa y Vuestra Señoría Reverendísima puede ver, aquella es de forma de cañutos y esta otra es que hay unos árboles grandes y hermosos y la fruta de ellos es unas bellotas gruesas y mayores que las de los robles, y aquél vasillo en que está esa bellota es la canela y das hojas todas del árbol son muy buena canela, pero la bellota o fruto no es bueno; la corteza del árbol no es de tan perfecto sabor como aquella vasillo u hoja que he dicho, más no es del todo -234- mala, antes en algunas partes la estimarían esa corteza. Alguna canela de estos vasillos, de mano en mano de indios había alegado a Quito y a otras partes del otro polo donde los españoles andan y era muy deseada, y en busca de esta y de los secretos de la tierra, salió el capitán y españoles que he dicho, y bajando por un río supieron que la tierra adelante era falta de mantenimientos y en ciertas sierras y partes muy fragosas hallaron algunas árboles de esta canela, pocos y no cultivados, sino producidos de la natura y muy desviados uno de otro de tal manera que no respondía el efecto con el deseo de los conquistadores, porque aquella canela que vieron era muy poca y no para hacerse mucho caso de ella, y como la hambre que padecían los nuestros era muy grande, acordó este capitán de enviar al capitán Francisco de Orellana con cincuenta compañeros, a buscar de comer y para que viesen la disposición de la tierra y el Gonzalo Pizarro quedó con toda la otra gente de su ejército en cierta parte, hasta saber lo que el Francisco de Orellana hallaba. El cual con sus cincuenta compañeros, el segundo día de la natividad de Cristo Nuestro Redentor, del año de 1542, salieron del real del dicho Gonzalo Pizarro por un río abajo en un barco y ciertas canoas y llevaron algunas cargas de ropa y algunos enfermos y la munición de la pólvora y algunos arcabuceros y ballesteros del número de los cincuenta hombres que he dicho. Aquel río nace en una provincia que se llama Atubquijo, a treinta leguas de la mar Austral y en el otro polo Antártico, el cual río ya le habían pasado el dicho Gonzalo Pizarro y todos los de su ejército. Así que procediendo con la corriente del río este capitán Francisco de Orellana, siempre el río se hacía mayor y más veloz por causa de otros muchos ríos que en ambas costas se juntaban con el que es dicho, de manera que por su mucha corriente y con no poca fatiga de los que remaban cada día andaban veinticinco leguas o más y así caminaron tres días sin hallar poblado, ni qué comer; y como vieron que se habían alejado tanto del real y -235- que se les había acabado esa poca comida que llevaban, platicaron este capitán y sus compañeros en la dificultad de la vuelta a su campo y ejército, la cual en ninguna manera era posible hacer, más porque les pareció que ya no podría ser que no hallasen alguna población de indios para tomar de comer, prosiguieron otro y otro día y tampoco hallaron pueblo ni vestigio humano y conocieron su perdición, porque si volvían no tenían qué comer ni bastaban las fuerzas de todos para remar en un día tres leguas al contrario, por la mucha fuga del agua; por tierra menos era posible, por muy cerrada y espesa de arboledas y ciénegas y otros muchos inconvenientes; su hambre era ya excesiva y el peligro de la muerte palpable y no se podía excusar por otra vía sino por la que escogieron, que fue determinarse a más no poder de seguir el río abajo, en confianza de la misericordia de Dios hasta la mar de este otra polo nuestro Ártico donde aquellas aguas pensaban que iban a lanzarse, en lo cual no se engañaron y entre tanto que otra cosa no tenían, a falta de mantenimientos comían cueros de sillas y arciones y también algunos de venados de las petacas o cestas que forradas en ellos usan los soldados en aquella tierra austral, en que traen su ropa, y algunos cueros de dantas y, cuantos tuvieron, de sus zapatos y suelas y en algunas partes comieron muchas yerbas no conocidas, por sustentar su miserable vida. Decir a Vuestra Señoría otros trabajos que esta gente padeció sería largo, y dejarlo he, como he dicho, ahora, mas, por lo que está dicho se puede comprender que no podrían ser sino muy grandes, allende de los cuales, ya que toparon gentes muchas y de diversas generaciones y lenguas, les convino por fuerza de armas ganar la comida las más veces que la hallaron, y en esto hay mucho que decir y que loar esta nación española, y hubo trances muy notables, de los cuales se cree que fuera imposible salir ni escapar hombre alguno de todos estas nuestros españoles, si Dios de su poder absoluto no les ayudara y, con la ayuda divina, en cierta parte hicieron un buen bergantín, donde hallaron -236- indios pacíficos que les dieron de comer y sin tener clavos ni los otros aparejos que para ello eran necesarios, mediante Dios y la buena industria que estos españoles se dieron, acabaron su obra sin la cual ellos se acabaran muchos días antes de llegar hasta el agua salada. Los unos hacían carbón, sin ser carboneros, y otros cortaban la leña y otros la traían a cuestas; y del hierro que llevaban y de estriberas y otras cosas hicieron clavos y otros pez para brear y en fin acabaron su bergantín y prosiguieron con él, con el barco su viaje, encomendándose a Dios, el cual era su piloto porque otro no lo tenían, ni aguja, ni carta, ni noticia alguna del camino, ni sabían a dónde iban ni habían de parar. En algunos reencuentros y batallas, que tuvieron muchas, les mataron algunos españoles, y ellos a muchas más indios, porque los arcabuces y ballestas, tanto cuanto a los indios les eran menos conocidas tales armas, tanto más descuidados padecían por ellas una muerte; que algunos de ellos pensaban que aquellos tiros y estrépito y olor del arcabuz eran rayos del cielo, y como veían el daño, luego huían en muchas partes y en otras esperaban y se ponían con mucho denuedo a su defensa; y tierra hubo en donde los indios se presentaron a la batalla con muy buenas pavesinas y targones de cuero de manatí y tales que las ballestas no los pasaban.
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