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Oviedo ha conocido personalmente a muchos actores principales del descubrimiento y de la conquista y a su experiencia de América une vasto contacto con el mundo intelectual de su época, por ello al escribir su historia, tiene plena, conciencia de que cumple un deber ante la humanidad. Escribe, ante todo, por vocación definida de escritor, no por conseguir fama o dinero. La posición de Oviedo frente a la naturaleza americana fue de admiración por esta, y cuando la comparó con la del Viejo Mundo no pudo menos de hallar que la primera superaba a la segunda en variedad y riqueza de especies. Frente al habitante primitivo de América, expresó su desencanto: le halló lleno de defectos y juzgó que con dificultad llegaría a asimilar la civilización cristiana. Su polémica con -229- Las Casas se origina precisamente de la diversa manera como cada uno de ellos considera al indio. No sería justo decir que Oviedo hubiera visto con satisfacción el inhumano trato dado a los aborígenes americanos y que no lo hubiera denunciado llegado el caso, por ello hay que confesar que Las Casas le incluyó sin razones válidas entre los verdugos y opresores de la raza indígena.
Fue Oviedo cronista oficial, más no Cronista Mayor de Indias, como supusieron muchos. El cargo lo sirvió con profundo sentido de responsabilidad y acopió datos, documentos y relaciones de todo orden, para darnos una obra sin prejuicios, a diferencia de otros que escribieron para defender ideas, principios e intereses particulares. Concluye su valioso estudio sobre Oviedo Chinchilla Aguilar, del Colegio de México, y dice:
Fue uno de los grandes prosistas españoles del siglo XVI, y, ante todo, el primer descubridor del tema de la naturaleza de América, ya que llamó la atención sobre ella sistemáticamente. A su obra hemos de acudir perpetuamente no sólo en busca del dato curioso y de la información copiosa, lo hemos de considerar también como historiógrafo severo y original, hombre representativo del Renacimiento español y moderno, porque rompe con muchas tradiciones del pensamiento clásico. Como Plinio había dedicado su obra a Vespasiano, Oviedo la dedica al emperador Carlos Quinto. Sería un error querer circunscribir a sólo Plinio las influencias que Oviedo recibiera: otras fuentes puras del Renacimiento sirvieron también para que él bebiera en ellas y además de esto, el entusiasmo que le produjo la empresa del descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo le lleva a hablar de ella en forma muchas veces elocuente.
En sus numerosos viajes a diversas partes del Nuevo Mundo, Oviedo recogió datos de primera mano, así sobre sus habitantes como sobre la fauna y la flora y los fenómenos naturales. De su libro se desprende -230- que poseía amplios conocimientos de astronomía, cosmografía, geología, física, botánica, zoología. Sus noticias son de primera mano y adquiridas por él. Se indigna con los que escriben sobre América relaciones fantásticas, sin haberla visitado jamás. No escribo, dice él, de autoridad de algún historiador o poeta, sino como testigo de vista en la mayor parte de cuanto aquí trataré, y agrega que lo que no hubiere visto, lo dirá por relación de personas fidedignas, no dando crédito a un solo testigo, sino a muchos en aquellas cosas que por sí mismo no hubiere experimentado.
Oviedo tuvo marcada influencia sobre los designios de la Corona española, así como sobre las ideas de sus contemporáneos. La historiografía de las Indias siguió muchas brechas abiertas por él.
No sería aceptable esta modesta noticia sobre Oviedo, ese que Julio Cejador llamó «el Plinio americano» y al que calificó como «el más transparente historiador de la época más importante de la vida de la nación española, que supo detenerse en pormenores que otros menospreciaran», si dejáramos de hablar, así sea brevemente, de lo que constituye una de las muestras mejores de su afán por las cosas del Nuevo Mundo: la Carta al cardenal Bembo sobre la Navegación del Amazonas, documento importante y particularmente precioso para nosotros los ecuatorianos, en cuanto en él, con fecha tan remota como la del 20 de enero de 1543, es decir hace más de cuatro centurias, ya se deja constancia expresa y clara de cómo desde la provincia de Quito, partió la expedición que había de descubrir el río-mar, el más grande de todo el universo.
De la carta de Oviedo se tenía ciertamente noticia. La mencionó el erudito chileno don José Toribio Medina, en ese libro fundamental para la historia de América: el Descubrimiento del río de las Amazonas, del que se ha hecho una versión al inglés, publicada en Nueva York en 1934.
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Dijo Medina: El cronista de Indias tomó, pues, la pluma, y en una larga carta, lo anunció a Italia al Cardenal Bembo, que entonces gozaba de los favores de la célebre Lucrecia Borgia, carta que el compilador Bautista Ramusio insertó en un corto extracto en tomo III de su colección Delle navigationi e viaggi, publicado en 1555: extracto que Don Gabriel Cárdenas Cano vertió a su vez al castellano, y cuyo manuscrito se conservaba en la librería de Barcia, según el autor de la Biblioteca oriental y occidental(Obra citada, página XXXVIII).
El original de la carta de Oviedo, se creía definitivamente perdido, por suerte un investigador español benemérito, don Eugenio Asensio, tuvo la fortuna de encontrarlo en la Biblioteca Vaticana, en la Miscelánea Barbeniniana Latina, Número 3619, dentro de esa sección nobilísima de la gran Biblioteca, adquirida por León XIII para la Vaticana, que como veremos oportunamente guardaba también inédito otro tesoro incomparable: la obra completa manuscrita de fray Antonio Vázquez de Espinosa, el Compendio y descripción de las Indias occidentales.
Don Eugenio Asensio ha reproducido la carta de Oviedo en copia fotográfica, en cinco páginas y nos ha dado también de ella la respectiva versión en español antiguo, con la puntuación y abreviaturas del autor. Todo ello consta en el tomo primero de la Miscelánea Americanista, editada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid, el año de 1951, como «Homenaje» digno de don Antonio Ballesteros Beretta, con motivo de su fallecimiento ocurrido en el año de 1949. Asensio ha escrito en esa miscelánea la monografía titulada: La carta de Oviedo al cardenal Bembo sobre la navegación del Amazonas. El autor cita la opinión de un especialista en estudios amazónicos, don Emiliano Jos, sobre la importancia de este documento. Dice Jos:
Ofrece esta carta algo que no vemos registrado ni en la Historia general de las Indias, ni por los -232- demás tratadistas, como lo de serle imposible a los nautas tornar a Gonzalo Pizarro, porque no era hacedero ganar ni tres leguas al día en contra de la corriente; y que el móvil de esta entrada no fue tanto la canela cuanto encontrar al príncipe dorado.
Por su parte, don Eugenia Asensio dice:
A mi entender el rasgo más curioso de la carta, es la firme creencia de Oviedo en que Orellana, lejos de traicionar a Gonzalo Pizarro, se había alejado de él forzado por la dura necesidad. Esta convicción, nacida del diario contacto con los supervivientes del Amazonas, se había apagado -ignoramos por qué- cuando en su grande obra, reseñando la misma expedición, escribía: «Otros dicen que pudiera tornar, si quisiera, adonde Gonzalo Pizarro quedaba, y esto creo yo.»
He juzgado oportuno insertar toda la carta de Oviedo, poniéndola en español de nuestros días, porque si como dice don Ciriaco Pérez Bustamante, «en Historia no hay ningún dato, ninguna noticia, ninguna referencia que deba despreciarse», tratándose del descubrimiento del Amazonas, la gran empresa de Quito, que para ella dio no sólo los doscientos treinta vecinos de que habla Oviedo, si no cuatro mil indígenas y todos los víveres y vituallas que fueron necesarios, no podemos dejar de difundir y hacer conocer, por godos los medios a nuestro alcance, los documentos que se relacionan con la misma. Lo contrario equivaldría a despreciar el esfuerzo y afanes de los que nos precedieron en la vida; sería olvidar lo que a ellos les debemos y hacer poco caso de los títulos que, fundados en la historia, más auténtica y más pura y libre de pasiones, nos asignan derechos indiscutibles en el «Río de San Francisco de Quito». El descubrimiento y la navegación del Amazonas son esfuerzos de la gente de Quito, y de ello debemos vanagloriarnos siempre.
La carta de Oviedo al cardenal Pedro Bembo, es del tenor siguiente:



















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