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Gonzalo Pizarro venía caminando con su gente, e padeciendo grandísima necesidad de comida, porque ya se había comidos los perros, que eran más de novecientos, e dos tan solamente habían quedado vivos, uno de Gonzalo Pizarro e otro de don Antonio de Rivera; caballos también habían comido muchos de los que habían traído, e los españoles venían tan cansados e fatigados del camino, que no se podían tener, e algunos se quedaban por aquellos montes muertos. E, yendo por el río abajo, Gonzalo Díaz entendió el ruido que traían cortando lo árboles con las espadas, e muy alegres salieron en tierra fueron onde estaban los cristianos, e holgáronse unos con otros. Gonzalo Pizarro venía con la retaguardia, con temor que algunos españoles no se quedasen muertos, e como los oyó Gonzalo Díaz, se volvió a meter en la canoa hasta que encontró con él, e como lo vido, no podemos contar el gran placer que recibió de verle, porque ya lo tenían por muerto; e dieron a Gonzalo Pizarro cuenta como por el río abajo habían vuelto por saber de él, porque yendo caminando por él arriba habían salido unas canoas con unos indios con armas, y Dios los libró de sus manos y dio tal esfuerzo, que, después que hobieron muerto cuatro de ellos, los compelieron, con los tiros que les tiraban con el arcabuz e ballesta, a huir de ellos y dejarles las canoas en las cuales hallaron alguna comida y que habían visto a la parte de mediodía unas muy altas sierras, y que creían que en ellas hallarían poblado o camino para salir a tierra de cristianos. También le dijeron como habían hallado una gran playa en el río llena de piedras. Y con saber estas cosas Gonzalo Pizarro mucho se holgó; y dejaremos de hablar agora de él por decir otras cosas mayores que sucedieron en el reino.

-[214]- -[215]-
Guerras civiles del Perú
por Pedro Cieza de León

Tomo II, Guerra de Chupas

-[216]- -217-
Capítulo LXXI
De las cosas sucedidas a Gonzalo Pizarro hasta que salió de la entrada de la Canela y allegó a la ciudad de Quito.

Ya se acordará el lector cómo en los libros de atrás hicimos mención del gran trabajo y necesidad que pasaba Gonzalo Pizarro y los que habían quedado vivos en el valle de la Canela, y del gran deseo que tenían que Dios, nuestro señor, les deparase algún camino para poder por él salir a tierra de cristianos. Y tomando relación de los dos cristianos que habían ido en la canoa por el río arriba, y de cómo habían visto aquella gran sierra o cordillera, para salir a ella con más brevedad, determinó Gonzalo Pizarro de caminar con el real el río arriba, todo lo más que él pudiese; y así, toda la gente se aparejó, yendo delante españoles abriendo el camino con machetes y hachas. Pasando no pocos esteros, llegaron, en fin de diez jornadas a donde habían dejado las señal los que por el río anduvieron; desde donde mandó Gonzalo Pizarro a Juan de Acosta que, con algunos españoles, fuese con la mayor brevedad que pudiese a donde los indios decían que estaba el pueblo. Juan de Acosta, con hasta diez y ocho españoles, se partió luego, llevando sus espadas y rodelas; y después de haber andado un buen rato, hallaron en un cerro alto el pueblo que buscaban, muy fuerte, y a los indios con voluntad de no los acoger en él si no fuese por más no poder; y así, con su alarido acostumbrado, salían con sus armas para ellos. Juan de Acosta y los que con él iban, aunque estuviesen del hambre muy descaecidos, todavía se mostraban ser españoles, y tuvieron un reencuentro con los indios, adonde después de haber herido a Juan de Acosta con otros dos españoles, hicieron lo que siempre que es huir; y subidos los españoles en lo superior del cerro entraron en el pueblo, donde hallaron mucho bastimento, y no poca alegría y placer fue para los tristes hambrientos, -218- y conocieron la tierra donde estaban ser un gran despoblado que había para llegar al Quito. Gonzalo Pizarro vino en seguimiento de Juan de Acosta, y pasando aquellos esteros se le murieron ocho españoles, y como conociesen en la parte donde estaban y como había tan gran despoblado, mucho se afligían los fatigados hombres pues tantos trabajos y necesidades por ellas habían pasado y maldecían su ventura pues tan siniestra les había sido; y, al fin, conformándose con su calamidad, se apercibieron los que quedaron vivos para pasar aquel trago infernal, llevando como mejor podían algunos españoles que había enfermos en los caballos que les habían quedado.
Y así iban por aquellos despoblados comiéndolos, sin dejar ninguno, ni perro, ni cuero de silla, ni otra cosa que con sus dientes ellos pudieran despedazar; y después de haber pasado infinitas fatigas y trabajos, que mayores que ellos que en pocos o ningún descubrimiento han pasado, allegaron al pueblo de la Coca, por donde primero había entrado, a pie, descalzos y transfigurados, que casi no podían unos a otros conocerse. Los bárbaros les salieron de paz proveyéndoles del bastimento que tenían, y, para reformarse algún tanto, acordaron de estar allí diez días. Tomando lengua de los indios, supieron que por otro camino y no el que habían entrado podrían con más brevedad salir al Quito, y así lo determinaron de hacer; y en el camino hallaban grandes ríos, y muy hondos, y en algunos les fue forzado hacer puentes y por encima de ellos pasaron. Y andando de esta manera allegaron a un río que iba tan furioso que estuvieron cuatro días en hacer allí la puente, y estando velando, porque los indios no viniesen y los tomasen descuidados, y les hiciesen algún daño, vieron un gran cometa atravesar por el cielo; Gonzalo Pizarro por la mañana dijo que le pareció entre sueños que un dragón le sacaba el corazón, y entre sus crueles dientes le despedazaba, y mandando llamar a un Jerónimo de Villegas, a quien tenían por medio astrólogo, para que dijese lo que sentía de aquello, dicen. que respondió que Gonzalo Pizarro hallaría muerta la cosa del mundo que -219- él más quisiese. Pasadas otras cosas, que más se pueden contar por chufetas que no por , Gonzalo Pizarro y su gente salieron a los términos de Quito. Dicen los que salieron de aquella jornada, que entraron para la descubrir docientos y cuarenta españoles, y que todos los más murieron de hambre, con sacar del Quito seis mil puercos, y trecientos caballos y acémilas, y novecientos perros, y muchos carneros y ovejas, que todo se comió y perdió.
Sabida por Gonzalo Pizarro la muerte tan desastrada del Marqués, no así ligeramente podemos afirmar el sentimiento notable que hizo, y aunque de la ciudad del Quito el teniente Sarmiento le envió, para él y para algunos de sus compañeros caballos, no los quiso, antes él y todos entraron en el Quito a pie, de tal manera que gran lástima era de los ver; y como Gonzalo Pizarro supiese que Vaca de Castro estaba recibido en todo el reino por gobernador pesole grandemente, imputando a los del Quito de incipientes, y decía que había de gobernar, y que el rey nuestro señor, había sido muy ingrato en no mandar que por muerte del Marqués la gobernación hubiera él. Y se comenzó de aparejar para ir en busca de Vaca de Castro a donde estuviese, porque entonces, no se sabía el fin de la guerra ni que él hubiese vencido la batalla.
Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez
-[222]- -[223]-
Biografía de Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez
Es sin disputa el más antiguo y respetable de los cronistas de Indias y el que más importantes datos nos ha dado sobre las tierras recientemente descubiertas y sobre los acontecimientos ocurridos en ellas. Baste recordar que le debemos la del descubrimiento del Amazonas escrita por fray Gaspar de Carvajal, de la Orden de predicadores, e incorporada por Oviedo en su obra histórica. Hasta que en el año de 1894 don Toribio Medina publicó el Descubrimiento del Río de las Amazonas, según la relación de fray Gaspar de Carvajal, edición que la hizo en Sevilla a expensas del señor Duque de T’ Serclaes de Tilly, no teníamos del magno acontecimiento otro que el que podíamos leer en la natural y general de las Indias del gran Oviedo. Dijo a este propósito don Toribio Medina en la página XIII de su magno libro:
Fernández de Oviedo, que mejor que nadie estaba en situación de apreciar lo que aseveraba el padre -224- Carvajal, se hace solidario de su , expresando, no sin asomos de burla de críticos descontentadizos: «E digo que holgara de verle e de conocerle mucho, porque me parece que este tal es digno de escribir cosas de Indias, e que debe ser creído en virtud de aquellos dos flechazos, de los cuales el uno le quitó o quebró el ojo: e con aquel solo, demás de lo que su auctoridad e persona meresce, que es mucho según afirman los que le han tractado, creería yo más que a los que con dos ojos, e sin entenderse ni entender qué cosa sea Indias, ni haber venido a ellas, desde Europa hablan e han escrito muchas novelas».

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