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Х. Роберто Паэс. Испанские колониальные хронисты: часть вторая. J. Roberto Páez. Cronistas coloniales — Segunda parte


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Los españoles como se vieron en aquel río que ellos habían descubierto, que es muy grande e va a entrar en el Mar Dulce, parecíales que, pues ya de todo el servicio que habían sacado del Quito no les había quedado nenguno, ni en la tierra lo hallaban por ser tan mala, que será bueno hacer un barco para llevar por el río abajo el mantenimiento en él, e los caballos por tierra, deseando de dar en alguna buena tierra, y todos ellos lo suplicaban a Nuestro Señor. Luego hicieron el barco los oficiales que allí venían con los aparejos necesarios, e dieron largo de él a uno que se decía Juan Alcántara, e metieron dentro todo lo que en él cupo e podía llevar; e los españoles e caballos caminaron por aquel río abajo, e hallaron algunos pueblos pequeños, de los cuales se proveían de bastimentos de maíz e yuca, e hallaron cantidad e guabas, que no era poca ayuda para su necesidad. E andando caminando por aquel río abajo, quisieron alguna vez salir a una parte o a otra para ver lo que había, y eran tantas las ciénagas e atolladeros que no lo podían hacer, e por esto les era cosa forzada caminar por el mesmo río, aunque no sin mucha dificultad, porque de aquellas ciénagas se hacían los esteros tan hondos que era cosa forzosa pasallos a nado con los caballos; y se ahogaron algunos caballos y españoles. E para pasar por aquellos esteros las indias e indios de su servicio, e la más ropa que llevaban, no podían, e buscaban algunas canoas para ello de las que tenían los indios escondidas por allí, y donde eran angostos hacían -203- puentes de árboles y por ellos pasaban; y de esta manera anduvieron por el río abajo caminando cuarenta e tres jornadas, e no hobo día que no hallasen uno o dos de aquellos esteros, tan hondables que los ponían en el trabajo que decimos cada vez. E hallaban poca comida, e todo despoblado, e sentíase ya el trabajo que decimos cada vez. E hallaban poca comida, e todo despoblado, e sentíase ya el trabajo que decimos de la hambre, porque el ganado de puercos que sacaron de Quito, que fue de cinco mil puercos, ya lo habían comido todo. En este tiempo el cacique Delicola, que es el primero que les vino de paz, e los otros que venían presos, por miedo que no los matasen los españoles, les decían que adelante de allí hallarían tierra muy rica e poblada; e viendo un día que no había mucho cuidado en los mirar, se echaron con la cadena al río, e pasaron a la otra parte sin que los cristianos los pudiesen tomar, e como se viesen sin guías para pasar adelante, entraron en consulta para determinar lo que harían. E porque los indios habían dicho que quince jornadas de allí se allegaban a otro río muy grande e poderoso, e que por él abajo había grandes poblaciones e caciques muy ricos, e tanto bastimento que aunque fueran mil españoles hallaran para todos abasto; y por tener cierta noticia, Gonzalo Pizarro mandó al capitán general Francisco de Orellana, que con setenta hombres fuese a ver si era cierto aquello que los indios habían dicho, y que volviesen con el barco lleno de bastimentos, pues, veían en la gran necesidad que quedaban de comida, y que él con todo el campo se iría luego el río abajo para que presto se diese en lo poblado, y que mirase de la manera que lo dejaba a él e a todos los españoles, porque, a la verdad, grande era ya la necesidad que se pasaba, y viniese con toda la brevedad que pudiese a los remediar; e que no hiciese otra cosa, porque de sola su persona fiaba del barco y no de otra nenguna. Francisco de Orellana le respondió que él pondría toda la diligencia que se le mandaba, y se daría priesa en ir e volver con el bastimento que se pudiese haber, e que no tuviese duda de ello; y llevando en el barco algunas armas y ropa de Gonzalo Pizarro y -204- de otros que quisieron enviarla delante, se partió Orellana por el río abajo quedando Gonzalo Pizarro y los demás españoles con gran deseo de que su vuelta fuese con brevedad.

Capítulo XXI
De cómo Francisco de Orellana fue por el río abajo a dar al mar Océano y del grandísimo trabajo que pasó Gonzalo Pizarro de hambre.

Como Gonzalo Pizarro determinase, de enviar a Francisco de Orellana en el barco el río abajo; mandó que luego saliese con los que habían de ir con él, a los cuales encargó lo que a él había encargado, e, sin llevar bastimento casi nenguno, se partieron por el río abajo, e pasaron muy grandes trabajos, porque anduvieron algunos días navegando sin hallar poblado, al cabo de los cuales dieron donde lo había y trataron sobre dar la vuelta adonde habían venido, y parecioles cosa imposible por haber más de trescientas leguas; e diciendo algunas justificaciones Orellana prosiguió su camino, e descubrió por el grande e muy ancho río del Marañón o Mar Dulce, como algunos le nombran, grandes provincias e pueblos tan grandes que afirman que, en dos días, yendo caminando por el río abajo, no acababan de pasar lo poblado, e tuvieron algunas guerras con los indios e fueron heridos algunos españoles, e al padre fray Gaspar de Caravajal le quebraron un ojo. Nunca hallaron oro ni plata; de algunos indios que tomaban tuvieron noticia haberlo en gran cantidad la tierra adentro. E pasados otros trabajos mayores allegaron al mar Océano, desde -205- donde fue a España y Su Majestad le hizo merced de aquella provincia con título de Adelantado; e publicando mayores cosas de las que vio, allegó mucha gente, con la cual entró por la boca del gran río, y murió miserablemente y toda la gente se perdió.
Volvamos a Gonzalo Pizarro, que luego que hobo despachado a su teniente general, Francisco de Orellana, por el río abajo en el barco, como hemos contado, determinó de se partir de allí como mejor pudiese; y no tenía ningún bastimento, ni tenía parte cierta adonde pudiese ir, ni aún el camino para llevar no había nenguno. Los cielos derramaban tanta agua de sus nubes, que muchos días con sus noches se pasaban sin que dejase de llover, y de aquellos esteros que hemos contado, mientras más andaban más hallaban de ellos; e para poder caminar los españoles y llevar los caballos, iban delante los más sueltos mancebos abriendo el camino con hachas e machetes, y nunca dejaban de cortar de aquel tan espeso monte, e hender por él de tal manera que todo el Real lo mesmo pudiese hacer, e caminaban al nascimiento del sol. Y como hallasen tanta maleza e no nengun poblado, acordaron de aguardar a ver si respondía el capitán Francisco de Orellana, y por no perecer todos ellos de hambre, comían de los caballos que tenían y de los perros, sin que se perdiese parte nenguna de sus tripas, ni cueros, ni otra cosa, que todo por los españoles era comido. Habían hallado en este tiempo una isla que hacía el río, y en frente de ella, en la tierra firme, a la parte donde debían ir los españoles, hacíanse grandes ciénagas e atolladeros, que era imposible andar por ellos, y para dar en la buena tierra que descubrió Orellana, el río abajo hanse de hacer barcos e balsas muy grandes junto a esta isla, y han de ir bien proveídos de mantenimientos e meter los caballos en los barcos e toda lo demás, e irán por el río sin nengún peligro, e llegarán en breve tiempo adonde hallarán poblaciones tantas e tan grandes que es admiración decirlo ni afirmarlo, lo cual sabemos cierto que es verdad, y antes es más que menos.

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