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Х. Роберто Паэс. Испанские колониальные хронисты: часть вторая. J. Roberto Páez. Cronistas coloniales - Segunda parte


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Pasado el río los españoles no les contentó la tierra que vieron porque era muy cerrada de montaña y muy lluviosa y los ríos llenos de caneies de indios que bastaban a matar los que quedasen. Esto fue causa que la costa amba anduvieron hasta llegar a Tempulla, que llamaron Santiago, donde estaba un río caudaloso. Estuvieron por allí ocho o diez días; tuvieron temor a los indios y salieron con priesa daquella tierra. Todos los más hablaban mal de Pizarro y Almagro; decían que los tenían cautivos sin los querer dar licencia para salir dentre aquellos manglares; quisieron irse todos. Los capitanes con buenas palabras los divertían (desvelaban en el original) de aquello esforzándose los (claro) de lo de adelante; mas tenían sus pláticas por pesadas que por alegres. Con estas cosas volvieron a la bahía de Sant Mateo, donde tornaron a tratar en qué lugar sería seguro quedar entretanto que Almagro fuese a Panamá, y viniese a los buscar. Después de muchas consideraciones se acordó quel capitán Pizarro quedase en la Isla del Gallo hasta que el socorro viniese. Los españoles tornaron los más dellos a intentar que sería bueno volverse todos y no morir miserablemente adonde aun no tenían lugar sagrado para tener sepultura; y no más fuera parte sus importunidades, porque Dios permitió que de aquella vez se descubriese la grandeza del Perú. Almagro se aparejó para se ir, llevando grande aviso de recoger las cosas (¿cartas?) que fuesen, porque sabían que iban llenos (sic) de quejas de su compañero y del, porque perseveraban en el descubrimiento, y se embarcó en él un navío y se partió; en el otro lleva ron la gente a la isla -175- del Gallo, donde se habían de quedar todos eran ochenta y tantos españoles, porque ya se habían muerto las demás. Y a cabo de un mes que había que estaban en la Isla del Gallo, el capitán Pizarro determinó el otro navío fuese a Panamá, yendo en él veedor Carvayuelo, para que se adobase y viniese con el que llevó Almagro. Y como los españoles anduviesen de tan mala gana, afirman quescribieron algunos dellos cartas al gobernador Pedro de los Ríos, suplicándole que les quisiese libertar de la cautividad en que andaban, no embargante que Francisco Pizarro procuraba que no fuesen las cartas fueron algunas; y dicen que habiendo doña Catalina de Sayavedra, mujer del gobernador, enviado a pedir algunos ovillos de algodón hilado, porque le informaron que había en aquellas tierras mucho, que un español envió dentro de un ovillo una copla que decía:

A Señor Gobernador miradlo bien por entero
allá va el recogedor y acá queda el carnicero.

Aunque bien cuentan algunos que esta copla fue en el navío donde iba Almagro, entre otras que fueron para el Gobernador. También fue en el navío de Almagro un español llamado Lobato enviado de la gente para que procurase como fuesen puestos en libertad para salir dentre aquellos manglares; y este pudo salir para (¿por?) ser amigo de Almagro, que de otra manera no fuera. Partidos los navíos, como se ha dicho, y quedando en la Isla del Gallo Francisco Pizarro con los españoles, los indios isleños no quisieron tales vecinos y tuvieron por mejor dejalles sus casas y tierra que no estar entrellos, y pasáronse a la tierra firme, querellándose de aquellos advenedizos; lo cual decía por los españoles. Bastimento no había mucho en la isla; agua había tanta délos cielos que ordinariamente llovía lo más del tiempo, con andar la espesura de los nublados entre las nubes y la región del aire, el sol daba poca claridad y no veían el cielo aquella serenidad con que los hombres se conortan (confortan) y alegran sino oscuridad y ruido de truenos -176- con gran resplandor de relámpagos. Los mosquitos creanse abundantemente con estas cosas (¿en esas costas?) y como los naturales faltasen, cargaban todos sobre los tristes hombres que solos en la isla habían quedado; y muchos andaban medio desnudos y sin tener con que se cobrir y como anduviesen mojados y por entre aquellas montañas y malos caminos, murieron parte dellos: porque sin todas estas penalidades morían ya de hambre y casi no hallaban que comer. Y con razón se dijo por algunos la muerte ser fin de los males; cierta en algunos tiempos he pasado yo tal vida en semejantes descubrimientos, que la he deseado; y lo (¿la?) que estos pasaban considerarla (han) los leyentes, aunque uno es sentir y otro es decir. Visto por Francisco Pizarro la necesidad que tenían de comida, platicó con sus compañeros sobre que sería acertado hacer un barco para pasar a buscar maíz a la tierra firme. Como a todos conviniese luego se puso por obra, y aunque se pasó trabajo grande en lo hacer, se acabó, y pasaron algunos españoles a la Tierra Firme y volvieron con el cargado de maíz con que todos se sostuvieron algunos días.

Capítulo XV
De cómo llegado Diego de Almagro a Panamá el gobernador Pedro de los Ríos, pesándole de la muerte de tanta gente no le consintió que sacase más, y como envió a Juan Tufín (sic por Tafur) y que (¿a?) que pusiese en libertad a los españoles y lo que hizo Pizarro con las (¿?) que sus compañeros le enviaron.

Diego de Almagro, como salió en el navío, como se ha dicho, prosiguió su viaje a Panamá, donde llegó brevemente -177- y entendido por el gobernador Pedro de los Ríos a lo que venía no le agradó antes mostró sentimiento porque se hobieron muerto tantos españoles en aquella tierra sin hacer fruto los trabajos que habían pasado y pasaban, y determinadamente dijo que había de buscar remedio para evitar quel daño no fuese adelante. Diego de Almagro le ponía por delante lo que habían gastado y lo que debían y como tenían gran noticia de lo de adelante. Réyese de su dicho él y todos diciendo que en la tierra de Peruquete, ¿qué podía haber sino buenos ríos y hartos manglares? El maestrescuela don Hernando de Luque, procuraba con todas sus fuerzas con Pedro de los Ríos para que no estorbase el descubrimiento que hacía Pizarro. No bastó él ni Almagro, porque Pedro de los Ríos quería enviar por los españoles, puesto que acabaron con él con gran dificultad que si veinte españoles de su voluntad de los que estaban en la conquista quisiesen seguir a Francisco Pizarro, que daba licencia que con un navío pudiesen describir por la misma costa lo de adelante, con tanto que dentro de seis meses estuviesen en Panamá, y si no llegasen a veinte y subiesen de diez, que daba la misma licencia. Y entendiese que hizo este Pedro de los Ríos por cumplir con Luque y con Almagro; porque fue público que habló con Juan Tafur, que fue el que llevó el mandamiento, para que procurase que no quedase cristiano ninguno en aquellas montañas. Como esto se proveyó, recibieron grande pena Almagro y el padre Luque, ponderando desde el principio el negocio, cuanto habían trabajado y gastado, lo mucho que debían y lo poco que tenían para lo pagar. Determinaron de escribir a Pizarro para que no volviere a Panamá aunque supiere morir, pues si no se descubría algo que fuese bueno, para siempre quedarían perdidos y afrentados. Juan Tafur con los navíos se partió y anduvo hasta que llegó a la Isla del Gallo, a tiempo que habían traído e n el barco una barca de maíz.

-[178]- -[179]-

Mercurio Peruano
Revista Mensual de Ciencias Sociales y Letras

Director: Víctor Andrés Belaunde

Año XXI, Volumen XXVII - Número 233

-[180]- -181-
Capítulo XVI
Cómo llegó Juan Tafur adonde estaban los cristianos, y cómo fueron puestos en libertad quiriendo todos si no fueron trece (E) volviéronse y estos y Pizarro se quedaron.

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