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Habiendo los indios determinado de revolver sobre el capitán y los otros cristianos que con él quedaron, lo pusieron por obra y con grande estruendo y alaridos llegaron al lugar donde los cristianos estaban muy descuidados de pensar que los indios habían de venir a dar en ellos, mas, viendo los tiros de dardo y flechas que les tiraban con sus rodelas y espadas salieron para ellos yendo su capitán delante animándolos y poniéndoles esfuerzo para que tuviesen en poco a los muchos enemigos que sobrellos tenían; y encomendándose a Dios, Nuestro Señor y llamando en su ayuda al apóstol Santiago, resistieron a los indios con gran esfuerzo. Y el capitán estaba muy temeroso no hobieron los indios muerto a los cristianos que habían ido a entrar; los cuales, como los indios los dejaron, como mejor pudieron dieron la vuelta al real para se juntar con los demás compañeros. Los indios ahincábanse mucho por salir con su propósito matando a los cristianos; viendo lo que en ello les iba, peleaban valientemente y de los muchos golpes que recibieron de los indios fueron muertos dos españoles y heridos veinte, algunos mal. Fue Dios servido que los españoles que habían ido con Montenegro allegasen, que a tardarse algo más sin duda los unos y los otros corrieran riesgo; mas como se juntaron cobraron ánimo y defenderse (sic) de los indios. El capitán fuerte ánimo tuvo y con espada y rodela peleó siempre con esfuerzo, y este día lo tuvo harto conocían los indios que quien más mal les hacía era él, y deseando de le matar, cargaron muchos de tropel sobre él y diéronle algunas heridas, y tanto le fatigaron, que aunque tuvo siempre en la pelea una constancia, le hicieron ir rodando una ladera ayuso y abajaron algunos dellos muy alegres pensando que le habían -156- muerto, para le despojar y quitar las armas; más él llevó tan buen tino y tal aviso, que llegando a lo que era más llano, se puso en pie con su espada alta con determinación de vengar él mismo su muerte antes que los indios se la diesen; y a los primeros que llegaron hirió matando a uno o dos dellos. En esto los españoles habían visto lo que había sucedido a su capitán, y muy enojados de los indios les dieron tal mano, que les hicieron volver las espaldas dando aullidos y gemidos, espantados de ver como los españoles tenían virtud tan grande en pelear con silencio y juzgarán que en ellos había alguna deidad. Fueron algunos españoles a socorrer a Francisco Pizarro, al cual hallaron en el aprieto ques dicho, herido de algunas heridas y lo subieron arriba (a curar) dél y de los demás que estaban heridos, para los cuales había el refrigerio que el lector puede sentir, y aun para, curallos se hobo algún aceite para quemarles las heridas sería gran cosa. Visto por el capitán lo que les había sucedido y como no habían podido enviar el navío a Panamá por socorro y a lo aderezar porque estaba desbaratado y hacía por muchas lugares agua, tomando parecer con sus compañeros, se determinó por todos salir de aquel lugar, pues estaban en peligro, porque había muchos indios y los más dellos estaban heridos y todos muy flacos y que la tierra era mala y llena de trabajo y acordaron de embarcarse todos en la nao y arribar a Chicama, de donde enviarían a Panamá el navío; y como mejor pudieron se embarcaron y volvieron a Chicama. Y en el camino erraron a Diego de Almagro que habían salido de Panamá con socorro, como luego diré. Deste lugar se determinó por Francisco Pizarro y sus compañeros que volviese el navío a Panamá a lo que se ha dicho y que fuese en él Nicolás de Ribera tesorero con el oro que habían habido a dar cuenta al Gobernador como (tenían) tan buena noticia de adelante; y fue hecho así, que cuando todo el bastimento que había en la nao para que comiesen y pasaban de los trabajos dichos por ser tierra enferma y llena de montaña tan continua en llover y tronar como se ha dicho frío no hace ninguno, más la tierra es de grande humedad. Ribera -157- con los que había en la nave navegaron hasta que llegaron a las islas de las Perlas, donde supieron como Almagro había ido en busca dellos en una nao; y porque los cristianos que quedaron en Chicama se alegrasen con saber tal nueva despacharon una canoa con el aviso al capitán. Llegado a Panamá el navío, Nicolás de Ribera y los que iban con él dieron cuenta a Pedrarias de lo que hasta allí les había sucedido, desde que entraron en la tierra del cacique Pariquete (sic). En Panamá estaban con deseo de saber como les había ido en el descubrimiento a Pizarro y a sus compañeros, y espantáronse cuando oían de lo que habían pasado en los manglares donde andaban. Pedrarias mostró pesarle de que tantos españoles se hobiesen muerto; culpaba a Pizarro porque perseveraba en el descubrimiento, y por inducimiento de algunos malévolos que siempre se huelgan de tratar mal de los que bien lo hacen, publicó Pedrarias que le quería enviar un acompañado para que teniendo otro igual a él, se hiciese el descubrimiento sin tantas muertes; por esto y por otras causas dicen que Pedrarias quería enviar a Francisco Pizarro acompañado. Más viniendo a noticia del maestrescuela don Hernando de Luque su compañero, habló con Pedrarias diciéndole que no era cosa honesta lo que pensaba en aquello, y que le pagaba mal a Francisco Pizarro lo mucho que había trabajado y gastado en su servicio del rey y en otras cosas muchas le amonestó suplicándole no proveyere novedad ninguna hasta ver el fin de la jornada. Y tiniendo por justas las causas que le antepuso para que no lo hiciese el maestrescuela, no proveyó nada, y entendiose en adobar el navío. Así como lo he escrito me lo afirmó este Nicolás de Ribera que hoy es vivo y está en esta tierra y tiene indios en la ciudad de Los Reyes, donde es vecino. Y creed los que esto leyéredes, que en lo que escribo, antes me dejo mucho de lo que sé que más para, que no añadir tan solo una palabra de lo que no fue; y esto los varones buenos y honrados sin lo saber lo alcanzaran y contaron en ver la humildad y llaneza de mi estilo, sin buscar escrituras ni vocablos peregrinos ni otras retóricas que contar la verdad con sinceridad; porque para mí tengo, que el -158- buen escribir ha de ser como el razonar uno con otro y como se habla y no más. Y perdonadme si en esto me he alargado porque para lo de adelante servirá ser más (¿?) reiterar cosas destas. Y con tanto volveré al propósito.

Capítulo VIII
De cómo Diego de Almagro salió de Panamá en busca de su compañero con gente y socorro, y de cómo le quebraron un ojo y cómo se junto con él.

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