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Х. Роберто Паэс. Испанские колониальные хронисты: часть вторая. J. Roberto Páez. Cronistas coloniales - Segunda parte


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Volviendo pues al propósito, digo que (según yo tengo entendido de indios viejos, capitanes que fueron de Guaynacapa) en tiempo del gran Topainga Yupangue, su padre, vinieron ciertos capitanes suyos con alguna copia de gente, sacada de las guarniciones ordinarias que estaban en muchas provincias del reino, y con mañas y maneras que tuvieron los atrajeron a la amistad y servicio de Topainga Yupangue. Y muchos de los principales fueron con presentes a la provincia de los Paltas a le hacer reverencia; y él los recibió benignamente y con mucho amor, dando a algunos de los que le vinieron a ver piezas ricas de lana hechas en el Cuzco. Y como le conviniese volver a las provincias de arriba, adonde por su gran valor era tan estimado, que le llamaban padre y le honraban con nombres preeminentes, fue tanta su benevolencia y amor para con todos, que adquirió entre ellos fama perpetua. Y por dar asiento en cosas tocantes al buen gobierno del reino, partió sin poder por su persona visitar las provincias destos indios; en las cuales dejó algunos gobernadores y naturales del Cuzco, para que les hiciesen entender la manera con que habían de vivir para no ser tan rústicos y para otros efectos provechosos. Pero ellos; no solamente no quisieron admitir el buen deseo destos que por mandado de Topainga quedaron en estas provincias para que los encaminasen en buen uso de vivir y en la policía y costumbres suyas, y les hiciesen entender lo tocante a la agricultura, y les diesen manera de vivir con más acertada orden de la que ellos usaban; más antes, en pago del beneficio que recibieran si no fueran tan mal conocidos, los mataron todos, que no quedó ninguno en los términos desta comarca, sin que les hiciesen mal ni les fuesen tiranos para que lo mereciesen. Esta grande crueldad afirman que entendió Topainga, y por otras causas muy importantes la disimuló, no pudiendo entender en castigar a los que tan malamente habían muerto a estos sus capitanes y vasallos.

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Capítulo XLVIII
Cómo estos indios fueron conquistados por Guaynacapa, y de cómo hablaban con el demonio, y sacrificaban y enterraban con los señores mujeres vivas.

Pasado lo que tengo contado en esta provincia de Santiago, comarcana a la ciudad de Puerto Viejo, es público entre muchos de los naturales della que andando los tiempos, y reinando en el Cuzco aquel que tuvieron por grande y poderoso rey, llamado Guaynacapa, abajando por su propia persona a visitar las provincias de Quito, sojuzgó enteramente a su señorío a todos estos naturales desta provincia: aunque cuentan que primero le mataron mayor número de gente y capitanes que a su padre Topainga, y con mayor falsedad y engaño, como diré en el capítulo siguiente. Y hase de entender que todas estas materias que escribo en lo tocante a los sucesos y cosas de los indios, lo y trato por relación que de todo me dieron ellos mismos; los cuales, por no tener letras ni saberlas, y para que el tiempo no consumiese sus acaescimientos y hazañas, tenían una gentil y galana invención, como trataré en segunda parte desta crónica. Y aunque en estas comarcas se hicieron servicios a Guaynacapa, y presentes de esmeraldas ricas y de oro y de las cosas que ellos más tenían, no había aposentos ni depósitos, como habemos dicho que hay en las provincias pasadas. Y esto también lo causaba ser la tierra tan enferma y los pueblos tan pequeños; lo cual era causa que no quisiesen residir en ella los orejones, por tenerla por de poca estimación, pues en la que ellos moraban y poseían había bien donde se pudiesen extender. Eran los naturales destos pueblos que digo, en extremo agoreros y usaban de grandes religiones; tanto, que en la mayor parte del Perú no hubo otras gentes que tanto como estas sacrificasen, según es público y notorio. Sus sacerdotes tenían cuidado de los templos y del servicio de los simulacros o ídolos que representaban la figura de sus falsos dioses; delante -91- de los cuales, a sus tiempos y horas, decían algunos cantares y hacían las cerimonias que aprendieron de sus mayores, al uso y costumbre que sus antiguos tenían. Y el demonio con espantable figura se dejaba ver de los que estaban establecidos y señalados para aquel maldito oficio; los cuales eran muy reverenciados y temidos por todos los linajes y tierras desos indios. Entre ellos uno era el que daba las respuestas y les hacía entender todo lo que pasaba, y aún muchas veces, por no perder el crédito y reputación y carecer de su honor, hacía apariencias con grandes meneos, para que creyesen que el demonio le comunicaba las cosas arduas y de mucha calidad, y todo lo que había de suceder en lo futuro; en lo cual pocas veces acertaba, aunque hablase por boca del mismo diablo. Y ninguna batalla ni acaescimiento ha pasado entre nosotros mismos, en nuestras guerras locas y civiles, que los indios de todo este reino y provincia no lo hayan primero anunciado y dicho; más cómo y adónde se ha de dar, antes ni agora ni en ningún tiempo nunca de veras aciertan ni acertaban; pues está muy claro, y así se ha de creer, que sólo Dios sabe los acaescimientos por venir, y no otra criatura. Y si el demonio acierta en algo es acaso, y porque siempre responde equívocamente, que es decir, palabras que pueden tener muchos, entendimientos. Y por el don de su sutilidad y astucia, y por la mucha edad y experiencia que tiene en todas las cosas, habla con los simples que le oyen; y así, muchos de los gentiles conocieron el engaño destas respuestas. Muchos destos indios tienen por cierto el demonio ser falso y malo, y le obedescían más por temor que por amor, como trataré más largo en lo de adelante. De manera que estos indios, unas veces engañados por el demonio, y otras por el mismo sacerdote, fingiendo lo que no era, los traía sometidos en su servicio, todo por la permisión del poderoso Dios. En los templos o guacas, que es su adoratorio, les daban a los que tenían por dioses, presentes y servicios, y mataban animales para ofrecer por sacrificio la sangre dellos. Y porque les fuese más grato, sacrificaban otra cosa más noble, que era sangre de algunos -92- indios, a lo que muchos afirman. Y si habían preso a algunos de sus comarcanos, con quien tuviesen guerra o alguna enemistad, juntábanse (según también cuentan), y después de haberse embriagado con su vino y haber hecho lo mismo del preso, con sus navajas de pedernal o de cobre el sacerdote mayor dellos lo mataba, y cortándole la cabeza, la ofrecían con el cuerpo al maldito demonio, enemigo de la natura humana. Y cuando alguno dellos estaba enfermo, bañábase muchas veces, y hacía otras ofrendas y sacrificios, pidiendo la salud.
Los señores que morían eran muy llorados y metidos en las sepulturas, adonde también echaban con ellos algunas mujeres vivas y otras cosas de las más preciadas que ellos tenían. No ignoraban la inmortalidad del ánima; más tampoco podemos afirmar que lo sabían enteramente. Más es cierto que estos, y aun los más de gran parte destas Indias (según contaré adelante), que con las ilusiones del demonio, andando por las sementeras, se les aparece en figura de las personas que ya eran muertas, de los que habían sido sus conocidos, y por ventura padres o parientes; los cuales parecía que andaban con su servicio y aparato, como cuando estaban en el mundo. Con tales apariencias ciegos, los tristes seguían la voluntad del demonio; y así, metían en las sepulturas la compañía de vivos y otras cosas, para que llevase el muerto más honra; teniendo ellos que haciéndolo así guardaban sus religiones y cumplían el mandamiento de sus dioses, y iban a lugar deleitoso y muy alegre, adonde habían de andar envueltos en sus comidas y bebidas, como solían acá en el mundo al tiempo que fueron vivos.

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Capítulo XLIX
De cómo se daban poco estos indios de haber las mujeres vírgines, y de cómo usaban el nefando pecado de la sodomía.

En muchas destas partes los indios dellas adoraban al sol, aunque todavía tenían tino a creer que había un Hacedor, y que su asiento era en el cielo. El adorar al sol, o debieron de tomarlo de los ingas, o era por ellos hecho antiguamente en la provincia de los Guancavilcas, por sacrificio establecido por los mayores y usado de muchas tiempos dellos.

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