respuesta a su señor. El Gobernador le dijo: Dirásle de mi parte lo
que te he dicho, que no pararé en algún pueblo del camino por llegar
presto a verme con él. Y diole una camisa, y otras cosas de
Castilla para que le llevase. Partido este mensajero, el Gobernador
se detuvo allí dos días, porque la gente que había venido de Caxas
venía fatigada del camino. Y entre tanto escribió a los vecinos del
pueblo de Sant Miguel la relación que de la tierra se tenía y las
nuevas de Atabaliba, y les envió las dos fortalezas y ropas de lana
de la tierra que de Caxas trujeron (que es cosa de ver en España la
obra y primeza della, que más se juzgara ser seda que de lana, con
muchas labores y figuras de oro de martillo, muy bien asentado en la
ropa). Como el Gobernador hubo despachado estos mensajeros para el
pueblo de Sant Miguel, él se partió, y anduvo tres días sin hallar
pueblo ni agua, más de una fuente pequeña, de donde con trabajo se
proveyó, Al cabo de tres días llegó a una gran plaza cercada, en la
cual no halló gente. Súpose que es de un cacique señor de un pueblo
que se dice Copiz, que está cerca de allí en un valle, y que aquella
fortaleza está despoblada porque no tenía agua. Otro día madrugó el
Gobernador con la luna, porque había gran jornada hasta llegar a
poblado; a mediodía llegó a una casa cercada con muy buenos
aposentos, de donde le salieron a recebir algunos indios; y porque
allí no había agua ni mantenimientos, se fue dos leguas de allí al
pueblo del cacique; llegando allá, mandó que la gente se aposentase
junta en cierta parte dél. Allí supo el Gobernador de los
principales indios de aquel pueblo, que se llama Motux, que el
cacique dél estaba en Caxamalca y que había llevado trescientos
hombres de guerra; hallóse allí un capitán puesto por Atabaliba.
Allí reposó el Gobernador cuatro días, y en ellos vio alguna parte
de la población deste cacique, que pareció tener mucha en un valle
abundoso. Todos los pueblos que hay de allí hasta el pueblo de Sant
Miguel están en valles, y asimesmo todos aquellos de que se tiene
noticia que hay hasta el pie de la sierra que está cerca de
Caxamalca. Por este camino toda la gente tiene una mesma manera de
vivir. Las mujeres visten una ropa larga que arrastra por el suelo,
como hábito de mujeres de Castilla. Los hombres traen unas camisas
cortas; es gente sucia, comen carne y pescado todo crudo; el maíz
comen cocido y tostado. Tienen otras suciedades de sacrificios y
mezquitas, a las cuales tienen en veneración. Todo lo mejor de sus
haciendas ofrescen en ellas. Sacrifican cada mes a sus propios
naturales y hijos, y con la sangre dellos, untan las caras a los
ídolos y las puertas a las mezquitas, y echan della encima de las
sepolturas de los muertos. Y los mesmos de quien hacen sacrificio se
dan de voluntad a la muerte, riendo y bailando y cantando; y ellos
la piden después que están hartos de beber, antes que les corten las
cabezas, también sacrifican ovejas. Las mezquitas son diferenciadas
de las otras casas, cercadas de piedra y de tapia muy bien labradas,
asentadas en lo más alto de los pueblos. En Túmbez y en estas
poblaciones usan un traje y tienen los mesmos sacrificios. Siembran
de regadío en las vegas de los ríos, repartiendo las aguas en
acequias; cogen mucho maíz y otras semillas y raíces que comen; en
esta tierra llueve poco.
El Gobernador caminó dos días por unos valles muy poblados,
durmiendo a cada jornada en casas fuertes cercadas de tapias; los
señores destos pueblos dicen que el Cuzco viejo posaba en estas
casas cuando iba camino. La gente desta tierra salía de paz. Otro
día caminó por una tierra arenosa y seca, hasta que llegó a otro
valle bien poblado por el cual pasa un río furioso grande; y porque
iba crecido: el Gobernador durmió de aquella parte, y mandó a un
capitán que lo pasase a nado con algunos que sabían nadar; y que
fuese a los pueblos de la otra parte, porque no viniese gente a
estorbar el paso. El capitán Hernando Pizarro pasó, y los indios de
un pueblo que está a la otra parte vinieron a él de paz, y
aposentóse en una fortaleza cercada, y como viese que estaban
alzados los indios de los pueblos, que aunque algunos indios
salieron a él de paz, todos los pueblos estaban yermos y la tropa
alzada. Él les preguntó por Atabaliba, si sabían que esperaba de paz
o de guerra a los christianos; y ninguno le quiso decir verdad, por
temor que tenían de Atabaliba, hasta que tomado aparte un principal,
y atormentado, dijo que Ataliba esperaba de guerra con su gente en
tres partes, la una al pie de la sierra y otra en lo alto, y otra en
Caxamalca, con mucha soberbia, diciendo que ha de matar a los
christianos; lo cual dijo este principal que él lo había oído. Otro
día por la mañana lo hizo saber el capitán al Gobernador. Luego
mandó el Gobernador cortar árboles de la una parte y de la otra del
río, con que la gente y fardaje pasase; y fueron hechos tres
pontones, por donde en todo aquel día pasó la hueste y los caballos
a nado. En todo esto trabajó el Gobernador mucho hasta ser pasada la
gente; y como hubo pasado, se fue a aposentar a la fortaleza donde
el capitán estaba; y mandó llamar a un cacique, del cual supo que
Atabaliba estaba delante de Caxamalca en Guamachuco, con mucha gente
de guerra, que serían cincuenta mil hombres. Como el Gobernador oyó
tanto número de gente, creyendo que erraba el cacique en la cuenta,
informóse de su manera de contar, y supo que cuentan de uno hasta
diez, y de diez hasta ciento, y de diez cientos hacen mil, y cinco
dieces de millares era la gente que Atabaliba tenía. Este cacique de
quien el Gobernador se informó es el principal de los de aquel río;
el cual dijo que al tiempo que vino Atabaliba por aquella tierra, él
se había escondido por temor. Y corno no lo halló en sus pueblos, de
cinco mil indios que tenía, le mató los cuatro mil, y le tomó
seiscientas mujeres y seiscientos mochachos para repartir entre su
gente de guerra. Y dijo que el cacique señor de aquel pueblo y
fortaleza donde estaba se llama Cinto, y que estaba con Atabaliba.
Aquí reposó el Gobernador y su gente cuatro días; y un día
antes que hubiese de partir habló con un indio principal de la
provincia de Sant Miguel, y le dijo si se atrevía a ir a Caxamalca
por espía y traer aviso de lo que hobiese en la tierra. El indio
respondió: No osaré ir por espía; mas iré por tu mensajero a hablar
con Atabaliba, y sabré si hay gente de guerra en la sierra, y el
propósito que tiene Atabaliba. El Gobernador le dijo que fuese como
quisiese; y que si en la sierra hobiese gente (como allí habían
sabido) que le enviase aviso con un indio de los que consigo
llevaba. Y que hablase con Atabaliba y su gente, y les dijese el
buen trata miento que él y los christianos hacen a los caciques de
paz, y que no hacen guerra sino a los que se ponen en ella. Y que de
todo les dijese verdad, según lo que había visto. Y que si Atabaliba
quisiese ser bueno, que él sería su amigo y hermano y le favorecería
y ayudaría en su guerra. Con esta embajada se partió aquel indio, y
el Gobernador prosiguió su viaje por aquellos valles, hallando cada
día pueblo con su casa cercada como fortaleza, y en tres jornadas
llego a un pueblo que está al pie de la sierra, dejando a la mano
derecha el camino que había traído, porque aquel va siguiendo por
aquellos valles la vía de a Chincha, y este otro va a Caxamalca
derecho; el cual camino se supo que iba hasta Chincha poblado de
buenos pueblos, y viene desde el río de Sant Miguel, hecho de
calzada, cercado de ambas partes de tapia, que dos carretas pueden
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