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. . 1534. Francisco de Xerez (Jerez). Verdadera relación de la conquista del Perú


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muestra dello, y que las minas están veinte leguas deste pueblo.
El capitán que fue a Túmbez por la gente vino con ella desde en
treinta días; alguna della vino por mar con el fardaje en un navío y
en un barco y en balsas. Estos navíos eran venidos de Panamá con
mercadurías, y no trujeron gente, porque el capitán Diego de Almagro
quedaba haciendo una armada para venir a esta población, con
propósito de poblar por sí. Sabido por el Gobernador que estos
navíos eran llegados, porque con más brevedad se descargase el
fardaje y se subiese el río arriba, él se partió del pueblo de
Puechio por el río abajo, con alguna gente. Llegado donde está un
cacique llamado la Chira, halló ciertos christianos que habían
desembarcado, los cuales se quejaron al Gobernador que el cacique
les había hecho mal tratamiento, y la noche antes no habían dormido
de temor, porque vieron andar alterados a los indios y acabdillados.
El Gobernador hizo información de los indios naturales, y halló que
el cacique de la Chira con sus principales, y otro llamado Almotaje,
tenían concertado de matar a los christianos el día que llegó el
Gobernador. Vista la información, el Gobernador envió secretamente a
prender al cacique de Almotaje y los principales indios, y él
prendió al de la Chira y algunos de sus principales, los cuales
confesaron el delicto. Luego mandó hacer justicia, quemando al
cacique de Almotaje y a sus principales y a algunos indios y a todos
los principales de la Chira: deste cacique de la Chira no fizo
justicia, por que pareció no tener tanta culpa y ser apremiado de
sus principales; y porque estas dos poblaciones quedaban sin cabeza
y se perderían. Al cual apercibió que de allí adelante fuese bueno,
que a la primera ruindad no le perdonaría, y que recogiese toda su
gente y la de Almotaje, y la gobernase y rigiese hasta que un
mochacho, heredero en el señorío de Almotaje, fuese de edad para
gobernar. Este castigo puso mucho temor en toda la comarca. De
manera que cierta junta que se dijo que tenían urdida todos los
comarcanos para venir a dar sobre el Gobernador y españoles se
deshizo; y de allí adelante todos sirvieron mejor, con más temor que
antes. Hecha esta justicia, y recogida toda la gente y fardaje que
vino de Túmbez, vista aquella comarca y ribera por el reverendo
padre fray Vicente de Valverde, religioso de la orden de señor Santo
Domingo, y por los oficiales de sus majestades, el Gobernador con
acuerdo destas personas, como sus majestades mandan (porque en esta
comarca y ribera concurren las causas y cualidades que debe haber en
tierra que ha de ser poblada de Españoles, y los naturales della
podrán servir sin padescer fatiga demasiada, teniendo principalmente
respecto a su conservación como es la voluntad de sus majestades que
se tenga), asentó y fundó pueblo en nombre de sus majestades. Junto
a la ribera deste río, seis leguas del puerto de mar, hay un cacique
señor de una ciudad que se llamaba Tangarara, a la cual se puso por
nombre Sant Miguel. Y porque los navíos que habían venido de Panamá
no recibiesen detrimento, dilatándose su tornada, el Gobernador, con
acuerdo de los oficiales de sus majestades, mandó fundir cierto oro
que estos caciques, y el de Túmbez habían dado de presente; y sacado
el quinto perteneciente a sus majestades, la resta perteneciente a
la compañía el Gobernador la tomó prestada de los compañeros para
pagarla del primer oro que se hubiese; y con este oro despachó los
navíos, pagados sus fletes; y los mercaderes despacharon sus
mercadurías, y se partieron. El Gobernador envió a avisar al capitán
Almagro su compañero, cuánto sería deservido Dios y sus majestades
de intentar su nueva población para estorbarle su propósito.
Habiendo proveído el Gobernador el despacho destos navíos, repartió
entre las personas que se avecindaron en este pueblo las tierras y,
solares; porque los vecinos sin ayuda y servicio de los naturales no
se podían sostener ni poblarse el pueblo; y sirviendo sin estar
repartidos los caciques en personas que los administrasen, los
naturales recibirían mucho daño; por que como los españoles tengan
conoscidos a los indios que tienen en administración, son bien
tratados y conservados. A esta causa, con acuerdo del religioso y de
los oficiales, que les pareció convenir así al servicio de Dios y
bien de los naturales, el Gobernador depositó los caciques e indios
en los vecinos deste pueblo, porque los ayudasen a sostener, y los
christianos los doctrinasen en nuestra santa fe, conforme a los
mandamientos de sus majestades; entre tanto que provean lo que más
conviene al servicio de Dios y suyo y bien del pueblo y de los
naturales de la tierra, fueron elegidos alcaldes y regidores y otros
oficiales públicos, a los cuales fueron dadas ordenanzas por donde
se rigiesen.
Tuvo noticia el Gobernador que la vía de Chincha y del Cuzco
hay muchas y grandes poblaciones abundosas y ricas; y que doce o
quince jornadas deste pueblo está un valle poblado que se dice
Caxamalca, adonde reside Atabaliba, que es el mayor señor que al
presente hay entre los naturales; al cual todos obedecen; y que
lejos tierra de donde es natural, ha venido conquistando; y como
llegó a la provincia de Caxamalca (por ser tan rica y apacible),
asentó en ella, y de allí va conquistando más tierra. Y por ser este
señor tan temido, los comarcanos deste río no están tan domésticos
al servicio de su majestad como conviene, antes se favorecen con
este Atabaliba, y dicen que a él tienen por señor y no a otro; y que
pequeña parte de su hueste basta para matar a todos los christianos;
poniendo mucho temor con su acostumbrada crueldad. El Gobernador
acordó de partir en busca de Atabaliba por traerlo al servicio de su
majestad, y para pacificar las provincias comarcanas; porque, éste
conquistado, lo restante ligeramente sería pacificado.
Salió el Gobernador de la ciudad de Sant Miguel en de manda de
Atabaliba a veynte y cuatro días de Setiembre. Año de M. Q. y
treynta y dos. El primero día de su camino pasó la gente el río en
dos balsas, y los caballos nadando; aquella noche durmió en un
pueblo de la otra parte del río. En tres días siguientes llegó al
valle de Piura, a una fortaleza de un cacique, adonde halló un
capitán con ciertos españoles, al cual él había enviado para
pacificar aquel cacique; y porque no pusiesen en necesidad al
cacique de Sant Miguel. Allí estuvo el Gobernador diez días
reformándose de lo que era menester para su viaje; y contando los
christianos que llevaba, halló sesenta y siete de caballo y ciento
diez de pie, tres dellos escopeteros y algunos ballesteros. Y porque
el teniente de Sant Miguel le escribió que quedaban allá pocos
christianos, mandó pregonar el Gobernador que los que quisiesen
volver a avencindarse en el pueblo de Sant Miguel que asignarían
indios con que se sostuviesen, como a los otros vecinos que allá
quedaban. Y que él iría a conquistar con los que le quedasen, pocos
o muchos. De allí se volvieron cinco de caballo y cuatro de pie, por
manera que se cumplieron con éstos cincuenta y cinco vecinos, sin
otros diez o doce que quedaron sin vecindades por su voluntad. Al
Gobernador quedaron sesenta y dos de caballo y, ciento y dos de pie.
Allí mandó el Gobernador que hiciesen armas los que no las tenían,
para sus personas y para sus caballos; y reformó los ballesteros,
cumpliéndolos a veinte, y puso un capitán que tuviese cargo dellos.
Proveído que hubo en todo lo que convenía, se partió con la
gente; y habiendo caminado hasta mediodía, llegó a una plaza grande
cercada de tapias, de un cacique llamado Pabor; el Gobernador y, su

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