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. . 1534. Francisco de Xerez (Jerez). Verdadera relación de la conquista del Perú


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paz, que los recibiese conforme a los mandamientos de sus
majestades, y que con ellos los requiriese y llamase. Así se partió
este capitán con su gente, y después de haber pasado el río,
llevando sus guías anduvo toda la noche hacia donde la gente estaba,
y a la mañana dio sobre el real donde habían estado aposentados, y
siguió el alcance todo aquel día, hiriendo y matando en ellos; y
prendió a los que a vida se pudieron tomar; y cerca de la noche los
christianos se recogieron a un pueblo, y otro día por la mañana
salió gente por sus cuadrillas en busca de los enemigos, y así
fueron castigados; y visto por el capitán que bastaba el daño que se
les había hecho, envió mensajeros a llamar de paz al cacique, y el
cacique de aquella provincia, que ha por nombre Quilimasa, envió con
los mensajeros un principal suyo, y por él respondió que por el
mucho temor que tenía de los españoles no osaba venir; que si fuese
cierto que no le habían de matar, que vernía de paz. El capitán
respondió al mensajero que no recibiría mal ni daño, que viniese sin
temor, que el Gobernador lo recibiría de paz por vasallo de sus
majestades, y le perdonaría el delicto que había hecho. Con esta
seguridad (aunque con mucho temor) vino el cacique con algunos
principales. El capitán le recibió alegremente, diciendo que a los
que venían de paz no se les había de hacer daño, aunque se hubiesen
alzado; y que pues él era venido, que no se les haría más guerra de
la hecha; que hiciese venir su gente a los pueblos. Después que
mandó llevar de la otra parte del río el mantenimiento que se halló,
el capitán se fue con los españoles adonde había quedado el
Gobernador llevando consigo al cacique y a los principales indios; y
contó al Gobernador lo que había pasado; el cual dio gracias a
nuestro Señor por las mercedes que les hizo, dándoles victoria sin
ser herido algún christiano, y díjoles que se fuesen a reposar. El
Gobernador preguntó al cacique que por qué se había alzado y muerto
los christianos, habiendo sido tan bien tratado dél y habiéndole
restituido mucha parte de gente que el cacique de la isla le había
tomado; y habiéndole dado los capitanes que le habían quemado su
pueblo para que él hiciese justicia dellos, creyendo que fuera fiel
y agradesciera estos beneficios. El cacique respondió: Yo supe que
ciertos principales míos que en las balsas venían llevaron tres
christianos y los mataron, y yo no fui en ello; pero tuve temor que
me, echásedes a mí la culpa. El Gobernador le dijo: Esos
principales que eso hicieron me traed aquí, y venga la gente a sus
pueblos. El cacique envió a llamar su gente y a los principales, y
dijo que no se podían haberlos que mataron a los christianos, porque
se habían ausentado de su tierra. Después que el Gobernador hubo
estado allí algunos días, viendo que no podían ser habidos los
indios matadores, y que el pueblo de Túmbez estaba destruido, aunque
parecía ser gran cosa, por algunos edificios que tenía y dos casas,
cercada la una con dos cercas de tierra ciega, y sus patios y
aposentos y puertas con defensas, que para entre indios es buena
fortaleza. Dicen los naturales que a causa de una gran pestilencia
que en ellos dio, y de la guerra que han habido del cacique de la
isla, están asolados. Y por no haber en esta comarca más indios de
los que están subjectos a este cacique, determinó el Gobernador de
partir con alguna gen te de pie y de caballo en busca de otra
provincia más poblada de naturales para asentar en ella pueblo; y
así, se partió, dejando en ella su teniente con los christianos que
queda ron en guarda del fardaje, y el cacique quedó de paz,
recogiendo su gente a los pueblos. El primero día que el
Gobernador partió de Túmbez, que fue a diez y seis de mayo de mil y
quinientos y treinta y dos años, llegó a un pueblo pequeño; y en
tres días siguientes llegó a un pueblo que está entre unas sierras;
el cacique señor de aquel pueblo fue llamado Juan; allí reposó tres
días, y en otras tres jornadas llegó a la ribera de un río que
estaba bien poblada y bastecida de muchos mantenimientos de la
tierra y ganado de ovejas. El camino está todo hecho a mano, ancho y
bien labrado, y en algunos pasos malos hechas sus calzadas. Llegado
a este río, que se dice Turicarami, asentó su real en un pueblo
grande llama do Puechio. Y todos los más caciques que había el río
abajo vinieron de paz al Gobernador, y los deste pueblo le salieron
a recibir al camino. El Gobernador los recibió a todos con mucho
amor, y les notificó el requerimiento que sus majestades mandan para
atraellos en conoscimien to y obediencia de la Iglesia y de sus
majestades. Entendiéndolo ellos por sus lenguas, dijeron que querían
ser sus vasallos, y por tales los recibió el Gobernador con la
solemnidad que se requiere, y dieron servicio y mantenimientos.
Antes de llegar a este pueblo un tiro de ballesta, hay una gran
plaza con una fortaleza cercada, y dentro muchos aposentos, donde
los christianos se aposentaron porque los naturales no recibiesen
enojo. Así en éste como en todos los otros que venían de paz mandó
el Gobernador pregonar, so graves penas, que ningún daño les fuese
hecho en personas ni en bienes, ni les tomasen los mantenimientos
más de lo que ellos quisiesen dar para el sostenimiento de los
christianos, castigando y ejecutando las penas en los que lo
contrario hacían; porque los naturales traían cada día cuanto
mantenimiento era necesario y yerba para los caballos, y servían en
todo lo que les era mandado. Como el Gobernador viese la ribera de
aquel río ser abundosa y muy poblada, mandó que se viese la comarca
della, y si había puerto en buen paraje; y fue hallado muy buen
puerto a la costa de la mar cerca desta ribera, y caciques señores
de mucha gente en parte donde podían venir a servir a este río. El
Gobernador fue a visitar todos estos pueblos; y vistos, dijo que le
parescía ser buena esta comarca para ser poblada de españoles. Y
porque se cumpla lo que su majestad manda, y los naturales vengan a
la conversión y conoscimiento de nuestra santa fe cathólica, hizo
mensajero a los españoles que quedaron en Túmbez, que viniesen para
que, con acuerdo de las personas que su majestad mandase hiciese la
población en la parte más conveniente a su servicio y bien de los
naturales. Y después de enviado este mensajero, parecióle que habría
dilación en la venida, si no fuese persona a quien el cacique y
indios de Túmbez tuviesen temor, para que ayudasen a venir la gente.
Y envió a su hermano Hernando Pizarro, capitán general. Después supo
el Gobernador que ciertos caciques que viven en la sierra no querían
venir de paz, aunque eran requeridos por los mandamientos de su
majestad; y envió un capitán con veinte y cinco de caballo y gente
de pie para traellos al servicio de su majestad, hallándolos el
capitán ausentados de sus pueblos. Él les fue a requerir que
viniesen de paz, y ellos vinieron de guerra, y el capitán salió
contra ellos, y en breve tiempo, hiriendo y matando, fueron
desbaratados los indios. El capitán les tornó a requerir que
viniesen a él de paz; donde no, que les haría guerra hasta
destruirlos; y así, vinieron de paz, y el capitán los recibió; y
dejando toda aquella provincia pacífica, se volvió donde el
Gobernador estaba, y trujo los caciques; el Gobernador los recibió
con mucho amor y mandólos volver a sus pueblos y recoger su gente.
El capitán dijo que había hallado en los pueblos destos caciques de
la sierra minas de oro fino, y que los vecinos lo cogen, y tru

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