isto.
Luego tomó el Gobernador otro hijo del Cuzco viejo, llamado
Atabaliba, que mostraba tener amistad a los christianos; y lo puso
en el señorío en presencia de los caciques y señores comarcanos y de
otros muchos indios; y les mandó que lo tuviesen todos por señor, y
le obedeciesen como antes obedecían a Atabaliba, pues éste era señor
natural por ser hijo legítimo del Cuzco viejo. Y todos dijeron que
lo ternían por tal señor, y le obedecerían como el Gobernador les
mandaba.
Agora quiero decir una cosa admirable, y es, que veinte días
antes que esto acaesciese, ni se supiese de la hueste que Atabaliba
había hecho juntar, estando Atabaliba una noche muy alegre con
algunos españoles, hablando con ellos, pareció a deshora una señal
en el ciclo, a la parte del Cuzco, como cometa de fuego, que duró
mucha parte de la noche; y vista esta señal por Atabaliba, dijo que
muy presto había de morir en aquella tierra un gran señor.
Cuando el Gobernador hubo puesto en el estado y señorío desta
tierra a Atabaliba el menor (como ya está dicho), díjole el
Gobernador que le quería notificar lo que su majestad manda, y lo
que ha de hacer y cumplir para ser su vasallo. Atabaliba respondió
que había de estar retraído cuatro días sin hablar a ninguno; porque
así se usa entre ellos cuando un señor muere; para que el sucesor
sea temido y obedescido; y luego le dan todos la obediencia . Así,
estuvo los cuatro días retraído, y después asentó con él las paces
el Gobernador con solemnidad de trompetas; y le entregó la bandera
real, y él la recibió y alzó con sus manos por el Emperador nuestro
señor, dándose por su vasallo. Luego todos los señores principales y
caciques que presentes se hallaron, con mucho acatamiento lo
recibieron por señor y le besaron la mano y en el carrillo. Y
volviendo las caras al sol, le dieron gracias, las manos juntas,
diciendo que les había dado señor natural. Así fue recebido este
señor al estado de Atabaliba, y luego le pusieron una borla muy rica
atada por la cabeza que desciende desde la frente, que cuasi te tapa
los ojos; que entre ellos es corona, que trae el que es señor en el
señorío del Cuzco; y así la traía Atabaliba.
Y después de todo esto, algunos de los españoles que habían
conquistado la tierra, mayormente los que había mucho tiempo que
estaban allá, y otros que fatigados de enfermedades y heridas, no
podían servir ni estar allá, demanda ron licencia al Gobernador,
suplicándole que los dejase venir a sus tierras con el oro y plata y
piedras y joyas que les habían cabido de su parte. La cual licencia
les fue concedida, y algunos dellos vinieron con Hernando Pizarro
herma no del Gobernador, y a otros se les dio después licencia,
visto que cada día les venía gente de nuevo, que concurría a la fama
de la riqueza que habían habido . Y el Gobernador dio algunas ovejas
y carneros y indios a los españoles a quien había dado licencia,
para que trujesen su oro y plata y ropa; hasta el pueblo de Sant
Miguel, y en el camino perdieron algunos particulares oro y plata en
cuantidad de más de veinte y cinco mil castellanos, porque los carne
ros y ovejas se les huían con el oro y plata; y también huían
algunos indios. Y en este camino padescieron, desde la ciudad del
Cuzco hasta el puerto, que son cuasi doscientas leguas, mucha hambre
y sed y trabajo, y falta de quien les trujese su hacienda; y así,
embarcándose, vinieron a Panamá, y desde allí al Nombre de Dios,
adonde se embarca ron, y nuestro Señor los trujo hasta Sevilla,
adonde hasta agora son venidas cuatro naos, las cuales trujeron la
siguiente cuantidad de oro y plata.
Año de mil quinientos y treinta y tres a cinco días de
diciembre, llegó a esta ciudad de Sevilla la primera destas cuatro
naos, en la cual vino el capitán Cristóbal de Mena, el cual trujo
suyos ocho mil pesos de oro y novecientos y cincuenta marcos de
plata. Ítem vino un reverendo clérigo, natural de Sevilla, llamado
Juan de Sosa, que trujo seis mil pesos de oro y ochenta marcos dé
plata. Ítem vinieron en esta nao, allende de lo sobredicho, treinta
y ocho mil nove cientos y cuarenta y seis pesos.
Año de mil y quinientos y treinta y cuatro a nueve de enero,
llegó al río de Sevilla la segunda nao, nombrada Santa María del
Campo, en la cual vino el capitán Hernando Pizarro, hermano de
Francisco Pizarro, gobernador y capitán general de la
Nueva-Castilla. En esta nao vinieron para su majestad ciento y
cincuenta y tres mil pesos de oro y cinco mil y cuarenta y ocho
marcos de plata. Más trujo para pasajeros y personas particulares
trescientos y diez mil pesos de oro y trece mil quinientos marcos de
plata, sin los de su majestad. Lo sobredicho vino en barras y
planchas y pedazos de oro y plata, cerrado en cajas grandes.
Allende de la sobredicha cuantidad, trujo esta nao para su
majestad treinta y ocho vasijas de oro y cuarenta y ocho de plata,
entre las cuales había una águila de plata que cabrán en su cuerpo
dos cántaros de agua, y dos ollas grandes, una de oro y otra de
plata, que en cada una cabrá una vaca despedazada. Y dos costales de
oro, que cabrá cada uno dos hanegas de trigo, y un ídolo de oro del
tamaño de un niño de cuatro años, y dos atambores pequeños. Las
otras vasijas eran cántaros de oro y plata, que en cada uno cabrán
dos arrobas y más. Ítem en esta nao trujeron, de pasajeros, veinte y
cuatro cántaros de plata y cuatro de oro.
Este tesoro fue descargado en el muelle y llevado a la casa de
la contratación, las vasijas a cargas, y lo restante en veinte y
siete cajas, que un par de bueyes llevaban dos cajas en una carreta.
En el sobredicho año, el tercero día del mes de junio, llegaron
otras dos naos; en la una venía por maestre Francisco Rodríguez, y
en la otra Francisco Pabón; en las cuales trujeron para pasajeros y
personas particulares ciento y cuarenta y seis mil quinientos y diez
y ochos pesos de oro y treinta mil y quinientos y once marcos de
plata.
Allende de las vasijas y piezas de oro y plata sobredichas,
suma el oro destas cuatro naos setecientos y ocho mil y quinientos y
ochenta pesos. Es tanto un peso de oro como un castellano. Véndese
comúnmente cada peso por cuatro cientos y cincuenta maravedís. Y
contando todo el oro que se registró de todas cuatro naos, sin poner
en cuenta las vasijas y otras piezas, suma lo restante trescientos y
diez y ocho cuentos y ochocientos y sesenta y un mil maravedís.
Y la plata es cuarenta y nueve mil y ocho marcos. Es cada marco
ocho onzas, que, contándolo a dos mil y dos ciento y diez maravedís,
suma toda la plata ciento y ocho cuentos y trescientos y siete mil
seisciento y ochenta maravedís.
La una de las dos naos postreras que llegaron (en la cual vino
por maestre Francisco Rodríguez) es de Francisco de Jerez, natural
desta ciudad de Sevilla; el cual escribió esta relación por mandado
del gobernador Francisco Pizarro, es tando en la provincia de la
Nueva-Castilla, en la ciudad de Caxamalca, por secretario del señor
Gobernador.
Y porque en esta ciudad de Sevilla algunos con embidia o
malicia y otros con ignorancia de la verdad, en su absencia han
maltratado su honra un hidalgo, doliéndose de afrenta tan falsa
contra hombre que tan honradamente y tan lejos de su natural ha
bivido, hizo en su defensa los siguiente metros:
Dirige el autor sus metros al Emperador que es el Rey Nuestro Señor
O cesárea majestad
Emperador, Rey de España
y de la gran tierra estraña
nueva, y de más quantidad
que el gran Océano vaña.
Invicto, semper Augusto
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