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. . 1534. Francisco de Xerez (Jerez). Verdadera relación de la conquista del Perú


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cosas, dijo Atabaliba al Gobernador que diez jornadas de Caxamalca,
camino del Cuzco, está en un pueblo una mezquita que tienen todos
los moradores de aquella tierra por su templo general; en la cual
todos ofrecen oro y plata. Y su padre ta tuvo en mucha veneración, y
el asimesmo; la cual mezquita dijo Atabaliba que tenía mucha
riqueza; porque, aunque en cada pueblo hay mezquita donde tienen sus
ídolos particulares en que ellos adoran, en aquella mezquita estaba
el general ídolo de todos ellos; y que por guarda de aquella
mezquita estaba un gran sabio, el cual los indios creían que sabía
las cosas por venir, porque hablaba con aquel ídolo y se las decía.
Oídas estas palabras por el Gobernador (aunque antes tenía noticia
desta mezquita),dió a entender a Atabaliba cómo todos aquellos
ídolos son vanidad, y el que en ellos habla es el diablo, que los
engaña por los llevar a perdición, como ha llevado a todos los que
en tal creencia han vivido y fenescido; y diole a entender que Dios
es uno solo, criador del cielo y tierra y de todas las cosas
visibles e invisibles, en el cual los christianos creen, y a éste
solo debernos tener por Dios y hacer lo que manda, y recebir agua de
baptismo; y a los que así lo hicieron llevará a su reino, y los
otros irán a las penas infernales, donde para siempre están ardiendo
todos los que carecieron deste conoscimiento, que han servido al
diablo haciéndole sacrificios y ofrendas y mezquitas. Todo lo cual
de aquí adelante ha de cesar, porque a esto le envía el Emperador,
que es rey y señor de los christianos y de todos ellos, y por vivir
como han vivido, sin conoscer a Dios, permitió que con tan gran
poder de gente corno tenía, fuese desbaratado y preso de tan pocos
christianos. Que mirase cuán poca ayuda le había hecho su dios, por
donde conoscería que es el diablo que los engaña. Atabaliba dijo
que, como hasta entonces no habían visto christianos él ni sus
antepasados, no supieron esto; y que él había vivido como ellos; y
más dijo Atabaliba, que estaba espantado de lo que el Gobernador le
había dicho, que bien conocía que aquel que hablaba en su ídolo no
es dios verdadero, pues tan poco le ayudó.
Corno el Gobernador y los españoles hubieron descansado del
trabajo del camino y de la batalla, luego envió mensajeros al pueblo
de Sant Miguel, haciendo saber a los vecinos lo que le había
acaescido, y por saber dellos cómo les iba, y si habían venido
algunos navíos; de lo cual mandó que le avisasen. Y mandó hacer en
la plaza de Caxamalca una iglesia donde se celebrase el santísimo
sacramento de la misa, y mandó derribar la cerca de la plaza, porque
era baja y mandó hacer otra más alta. En cuatro días fue hecha de
tapias de altura de dos estados, de largura de quinientos y
cincuenta pasos. Otras cosas mandó hacer para guarda del real. Cada
día se informaba si se hacía algún ayuntamiento de gente, y de las
otras cosas que en la tierra pasaban.
Sabido por los caciques desta provincia la venida del
Gobernador y la prisión de Atabaliba, muchos dellos vinieron de paz
a ver al Gobernador. Algunos destos caciques eran señores de treinta
mil indios, todos subjectos a Atabaliba, y como ante él llegaban, le
hacían gran acatamiento besándole los pies y las manos. Él los
recebía sin mirallos. Cosa extraña es decir la gravedad de
Atabaliba, y la mucha obediencia que todos le tenían. Cada día le
traían muchos presentes de toda la tierra. Así preso como estaba,
tenía estado de señor y estaba muy alegre; verdad es que el
Gobernador le hacía muy buen tratamiento, aunque algunas veces le
dijo que algunos indios habían dicho a los españoles cómo hacía
ayuntar gente de guerra en Guamachuco yen otras partes. Atabaliba
respondía que en toda aquella tierra no había quien se moviese sin
su licencia; que tuviese por cierto que si gente de guerra viniese,
que él la mandaba venir, y que entonces hiciese dél lo que quisiese,
pues lo tenía en su prisión. Muchas cosas dijeron los indios que
fueron mentira, aunque los christianos tenían alteración. Entre
muchos mensajeros que venían a Atabaliba, le vino uno de los que
traían preso a su hermano, a decille que cuando sus capitanes
supieron su prisión habían ya muerto al Cuzco. Sabido esto por el
Gobernador, mostró que le pesaba mucho; y dijo que no le habían
muerto, que lo trujesen luego vivo, y si no, que él mandaría matar a
Atabaliba. Atabaliba afirmaba que sus capitanes lo habían muerto sin
saberlo él. El Gobernador se informó de los mensajeros, y supo que
lo habían muerto.
Pasadas estas cosas, desde algunos días vino gente de Atabaliba
y un hermano suyo que venía del Cuzco, y trújole unas hermanas y
mujeres de Atabaliba, y trujo muchas vasijas de oro, cántaros y
ollas y otras piezas, y mucha plata, y dijo que por el camino venía
más; que, como es tan larga la jornada, cansan los indios que lo
traen y no pueden llegar tan ahína; que cada día entrará más oro y
plata de lo que queda más atrás. Y así, entran algunos días veinte
mil, y otras veces treinta mil, y otras cincuenta, y otras sesenta
mil pesos de oro en cántaros y ollas grandes de tres arrobas y de a
dos, y cántaros y ollas grandes de plata, y otras muchas vasijas.
Todo lo manda poner el Gobernador en una casa donde Atabaliba tiene
sus guardas, hasta tanto que con ello y con lo que ha de venir
cumpla lo que ha prometido. Veinte días eran pasados de diciembre
del sobredicho año, cuando llegaron a este pueblo ciertos indios
mensajeros del pueblo de Sant Miguel con una carta en que hacían
saber al Gobernador cómo habían arribado a esta costa, a un puerto
que se dice Cancebi, junto con Quaque, seis navíos en que venían
ciento y cincuenta españoles y ochenta y cuatro caballos; los tres
navíos mayores venían de Panamá, en que venía el capitán Diego de
Almagro con ciento y veinte hombres, y las otras tres carabelas
venían de Nicoragua con treinta hombres, y que venían a esta
gobernación con voluntad de servir en ella; y que desde Cancebi,
como hobieron echado la gente y los caballos para venir por tierra,
se adelantó un navío a saber dónde estaba el Gobernador, y llegó
hasta Túmbez, y el cacique de aquella provincia no le quiso dar
razón dél ni mostralle la carta que el Gobernador le dejó para dar a
los navíos que por allí viniesen. Y este navío se volvió sin llevar
nueva del Gobernador, y otro que tras él había salido siguió la
costa adelante hasta que llegó al puerto de Sant Miguel donde
desembarcó el maestre y fue al pueblo, en el cual hubo mucha alegría
con la venida de aquella gente. Y luego se volvió el maestre con las
cartas que el Gobernador había enviado a los del pueblo, en que les
hacía saber la victoria que Dios había dado a él y a su gente, y la
mucha riqueza de la tierra. El Gobernador y todos los que con él
estaban hobieron mucho placer con la venida destos navíos. Luego
despachó el Gobernador sus mensajeros, escribiendo al capitán Diego
de Almagro y algunas personas de las que con él venían, haciéndoles
saber cuánto holgaba con su venida, y que, llegados al pueblo de
Sant Miguel (porque no le pusiesen en necesidad) se saliesen luego
dél, y se fuesen a los caciques comarcanos que están en el camino de
Caxamalca, porque tienen mucha abundancia de mantenimientos; y que
él proveería de hundir oro para pagar el flete de los navíos, porque
se volviesen luego.
Como de cada día venían caciques al Gobernador, vinieron entre
ellos dos caciques que se dicen de los ladrones, porque su gente
saltea a todos los que pasan por su tierra; éstos están camino del

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