la cabeza a le mirar, sino un principal suyo respondía a lo que el
capitán hablaba. En esto llegó el otro capitán adonde el primero
había dejado la gente y preguntóles por el capitán. Dijéronle que
hablaba con el cacique. Dejando allí la gente, pasó el río, y
llegando cerca de donde Atabaliba estaba, dijo el capitán que con él
estaba: Este es un hermano del Gobernador, háblale, que viene a
verte. Entonces alzó los ojos el cacique y dijo: Mayzabilica, un
capitán que tengo en el río de Turicara me envió a decir cómo
tratábades mala los caciques, y los echábades en cadenas; y me envió
una collera de hierro, y dice que él mató tres christianos y un
caballo. Pero yo huelgo de ir mañana a ver al Gobernador y ser amigo
de los christianos, porque son buenos.Hernando Pizarro respondió:
Mayzabilica es un bellaco, y a él y a todos los indios de aquel río
matara un solo christiano; ¿cómo podía él matar christianos ni
caballo, siendo todos ellos unos gallinas? El Gobernador ni los
christianos no tratan mal a los caciques si no quieren guerra con
él, porque a los buenos que quieren ser sus amigos los trata muy
bien, y a los que quieren guerra se la hace hasta destruirlos; y
cuando tú vieres lo que hacen los christianos ayudándote en la
guerra contra tus enemigos, conoscerás cómo Mazaybilicate mintió.
Atabaliba dijo: Un cacique no me ha querido obedecer; mi gente irá
con vosotros, y haréisle guerra. Hernando Pizarro respondió: Para
un cacique por mucha gente que tenga, no es menester que vayan tus
indios, sino diez christianos a caballo lo destruirán. Atabaliba se
rió y dijo que bebiesen; los capitanes dijeron que ayunaban, por
defenderse de beber su brebaje. Importunados por él, lo aceptaron.
Luego vinieron mujeres con vasos de oro, en que traían chicha de
maíz. Como Atabaliba las vido, alzó los ojosa ellas sin les decir
palabra, se fueron presto, y volvieron con otros vasos de oro
mayores, y con ellos les dieron a beber. Luego se despidieron,
quedando Atabaliba de ir a ver al Gobernador otro día por la mañana.
Su real estaba asentado en la falda de una serrezuela; y las
tiendas, que eran de algodón, tomaban una legua de largo; en medio
estaba la de Atabaliba. Toda la gente estaba fuera de sus tiendas en
pie, y las armas hincadas en el campo, que son unas lanzas largas
como picas. Parecióles que había en el real más de treinta mil
hombres. Cuando el Gobernador supo lo que había pasado mandó que
aquella noche hobiese buena guarda en el real, y mandó a su capitán
general que requiriese las guardas, y que las rondas anduviesen toda
la anoche alrededor del real; lo cual así se hizo. Venido el día
sábado, por la mañana llegó al Gobernador un mensajero de Atabaliba
y le dijo de su parte: Mi señor te envía a decir que quiere venir a
verte, y traer su gente armada, pues tú enviaste la tuya ayer
armada; y que le envíes un christiano con quien venga. El
Gobernador respondió: Di a tu señor que venga en hora buena como
quisiere; que de la manera que viniere lo recebiré como amigo y
hermano; y que no le envío christiano porque no se usa entre
nosotros enviar lo de un señor a otro. Con esta respuesta se partió
el mensajero; el cual en siendo llegado al real, las atalayas vieron
venir la gente. Dende a poco rato vino otro mensajero, y dijo al
Gobernador: Atabaliba te envía a decir que no querría traer su
gente armada; porque aunque viniesen con él, muchos vernían sin
armas, porque los quería traer consigo y aposentarlos en este
pueblo; y que le aderezasen un aposento de los desta plaza, donde él
pose, que sea una casa que se dice de la Sierpe, que tiene dentro
una sierpe de piedra. El Gobernador respondió que así se haría; que
viniese presto; que tenía deseo de verle. En poco rato vieron venir
el campo lleno de gente, reparándose a cada paso, esperando a la que
salía del real. Hasta la tarde duró el venir de la gente por el
camino; venían repartidos en escuadrones. Pasados todos los malos
pasos, asentaron en el campo cerca del real de los christianos, y
todavía salía gente del real de los indios. Luego el Gobernador
mandó secretamente a todos los españoles que se armasen en sus
posadas y tuviesen los caballos ensillados y enfrenados, repartidos
en tres capitanías sin que ninguno saliese de su posada a la plaza;
y mandó al capitán de la artillería que tuviese los tiros asentados
hacia el campo de los enemigos, y cuando fuese tiempo les pusiese
fuego. En las calles por do entran a la plaza puso gente en celada;
y tomó consigo veinte hombres de pie, y con ellos estuvo en su
aposento, porque con él tuviesen cargo de prender la persona de
Atabaliba si cautelosamente viniese, como parecía que venía, con
tanto número de gente como con él venía. Y mandó que fuese tomado a
vida; y a todos los demás mandó que ninguno saliese de su posada,
aunque viesen entrar a los contrarios en la plaza, hasta que oyesen
soltar el artillería. Y que él ternía atalayas, y viendo que venía
de ruin arte, avisaría cuando hobiesen de salir; y saldrían todos de
sus aposentos, y los de caballo en sus caballos, cuando oyesen
decir: Santiago.
Con este concierto y orden que se ha dicho estuvo el Gobernador
esperando que Atabaliba entrase, sin que en la plaza paresciese
algún christiano, excepto el atalaya quedaba aviso de lo que pasaba
en la hueste. El Gobernador y el Capitán General andaban requiriendo
los aposentos de los españoles, viendo cómo estaban apercebidos para
salir cuando fuesen menester, diciéndoles a todos que hiciesen de
sus corazones fortalezas, pues no tenían otras, ni otro socorro sino
el de Dios, que socorre en las mayores necesidades a quien anda en
su servicio. Y aunque para cada christiano había quinientos indios,
que tuviesen el esfuerzo que los buenos suelen tener en semejantes
tiempos, y que esperasen que Dios pelearía por ellos; y que al
tiempo del acometer fuesen con mucha furia y tiento, y rompiesen sin
que los de caballo se encontrasen unos con otros. Estas y semejantes
palabras decían el Gobernador y el Capitán Generala los christianos
para los animar: los cuales estaban con voluntad de salir al campo
más que de estar en sus posadas. En el ánimo de cada uno parecía que
haría por ciento; que muy poco temor les ponía ver tanta gente.
Viendo el Gobernador que el sol se iba a poner, y que Atabaliba
no levantaba de donde había reparado, y que todavía venía gente de
su real, envióle a decir con un español que entrase en la plaza y
viniese a verlo antes que fuese de noche. Como el mensajero fue ante
Atabaliba hízole acatamiento, y por señas le dijo que fuese donde el
Gobernador estaba. Luego él y su gente comenzaron a andar, y el
Español volvió delante, y dijo al Gobernador que ya venía, y que la
gente que traía en la delantera traían armas secretas debajo de las
camisetas, que eran jubones de algodón fuertes, y talegas de piedras
y hondas; y que le parecía que traían ruin intención. Luego la
delantera de la gente comenzó a entrar en la plaza; venía delante un
escuadrón de indios vestidos de una librea de colores a manera de
escaques; éstos venían quitando las pajas del suelo y barriendo el
camino. Tras éstos venían otras tres escuadras vestidos de otra
manera, todos cantando y bailando. Luego venía mucha gente con
armaduras, patenas y coronas de oro y plata. Entre éstos venía
Atabaliba en una litera aforrada de pluma de papagayos de muchas
colores, guarnecida de chapas de oro y plata.
Traíanle muchos indios sobre los hombros en alto, y tras desta
venían otras dos literas y dos hamacas, en que venía
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