que el Señor tenia determinado sacar este testimo-
nio de la verdad de su Evangelio, para que cons-
tase que por los sagrados Apóstoles se habia pre-
dicado en todo el universo, cuya invención fue
esta, sacada de la historia del P. Fr. Alonso Ramos,
de la Orden de San Agustín.
Comían los indios de Carabuco todos juntos en
la plaza el dia célebre del Corpus, uso común por
aquellas partes de celebrar la» fiestas. Encendióse
al calor del vino una pesada pendencia entre dos
parcialidades que habitaban en aquel pueblo, y vi-
niendo á las manos, prorrumpieron también en vo-
ces, diciéndose alternativamente palabras injurio-
sas. Los anansayas, que eran advenedizos, dijeron á
los urinsayas, que eran naturales del pueblo: Vos-
113
otros sois mal inclinados y hechiceros, y vuestros ante-
pasados apedrearon á un santo que les predicaba la
fe y creencia de un solo Dios, y pretendieron quemar-
le una cruz que consigo traía, y esta la tenéis escondi-
da t y sabéis muy bien dónde estay no la queréis mani-
festar. Vino esto á noticia del cura llamado el
P. Sarmiento, y muy siervo de Dios, el cual ya con
halagos, ya con amenazas supo el lugar, de donde
habiendo cavado tres estados la sacó.
Hace nuestro Señor por esta cruz muchos mila-
gros, y principalmente contra los rayos y incen-
dios. Muchos se cuentan y muchos escribe el
P. Fr. Alonso Ramos, solo uno referiré. Tenia una
india un pedacito de esta cruz al pecho, trató un
deshonesto mozo de forzarla, avisóle ella de la re-
liquia que consigo traia para arredrarle de su in-
tento, prosiguió en quererla hacer fuerza, y siendo
claro el dia y muy sereno cayó un rayo y lo mató,
dejando libre y sin lesión la india.
Con esto he concluido con la cruz, rastros y se.
nales que hay en el Occidente del glorioso Após-
tol; ahora volveré á mis reducciones, deseoso de
que alguno tome este rasguño para tratar esta his-
toria con fundamento.
XXVII
Demostraciones que hizo el demonio por un indio
cristiano que dejaba de oir Misa las fiestas.
Ibánse adelantando mucho los nuevos cristia-
nos con la continua predicación del Evangelio, J
entablándose muy buenas costumbres. Una, y muy
DE LOS RELIGIOSOS DE LA C. DE JESÚS 113
loable fué, que biea de mañana oyesen todos Misa,
y luego acudiesen á sus labranzas, de cuyo santo
ejercicio han experimentado aumento de bienes,
no sólo espirituales sino también temporales, y los
que no han seguido este ejercicio han experimen-
tado pobreza y miseria, de que pudiera decir de
muchos que oyendo cada dia Misa, con mediana
labor abundaban en bienes, y de otros que deján-
dola de oir, y á veces alguna fiesta afanando y tra-
bajando continuamente, apenas se podian sustentar.
Un indio de cierto pueblo, ni dias de trabajo ni
de fiesta iba á Misa. Perseverando en esto un año
entero. Y como ya hemos visto en este discurso, les
ha el Señor enseñado con cosas exteriores y seña-
les, moviéndolos con esto á creer las cosas invisi-
bles y del alma; usó también de este modo para
industriar á este indio, é incitarle á que acudiese
al pueblo. Un domingo estando todos oyendo el
sermón y Misa, solo este indio se quedó en su
granja, en la cual empezaron los demonios á dar
balidos como de vaca, bramar como toros, mugir
como bueyes é imitar las cabras. Espantado el po-
bre indio se recogió á su choza sin atreverse á sa-
lir fuera molestado del miedo. Acudió la gente á la
tarde, dióles parte el indio de su aflicción, y an-
dando ellos por aquellos sembrados vieron varias
huellas de animales, y un pié de persona tan pe-
queño como de un recien nacido infante, y lo peor
fué que todo aquel sembrado lo dejó amarillo, y
como si con fuego lo hubiesen chamuscado. El do-
mingo siguiente sucedió lo mismo. Avisáronme de
esto, pero no de la falta que el indio hacia en no
oir Misa; aconséjeles que pusiesen cruces y asper-
ii4
jasen todo aquello con agua bendita. Hízose así,
pero al otro domingo sucedió el mismo ruido del
demonio. Avisáronme que no aprovechaban las
cruces, ni el agua bendita, confesáronse todos los
de aquel pago, dudando cada cual que por su cau-
sa les molestaban aquellos demonios. Solo aquel
mal habituado indio no trató de confesarse, y para
dar los demonios á entender que aquel indio era
la causa, iban los demonios de muy buen trecho
como corriendo (porque solo su ruido y voces se
oian) hacia la choza de aquel indio, el cual con el
nombre de Jesús se defendia Pidiéronme reme-
dio, y después de la Misa me fui á aquel puesto
que habia del pueblo media legua á donde ya ha-
bia concurrido todo el pueblo á oir al demonio;
llegué á un arroyon que se pasa en barcos, y vi que
gran tropel de gente se arrojaba al agua atravesan-
do con cuidado el rio, huyendo del demonio que
embestía con fuerza contra aquella casa. Pasamos
el rio, y habiendo visto las pisadas, y que de pro-
pósito con ellas habian tronchado y echado á per-
der todo lo sembrado, cuya amarillez daba gran-
des indicios de fuego, y el fruto que estaba en le-
che chamuscado y marchito, pregunté quién habi-
taba aquella choza, y entonces me refirieron su fal-
ta. Tomé sobrepelliz y agua bendita, y en nombre
de Jesucristo, y por los méritos de su siervo Igna-
cio le mandé que se fuese de aquellas partes, y que
en ningún pueblo hiciese daño. Puse en un vaso
cerrado un pedazo de la sotana de San Ignacio, y
nunca más volvió el demonio. Yo me llevé aquel
indio al pueblo, hizo una buena confesión, y en
adelante fué muy ejemplar cristiano.
DE LOS RELIGIOSOS DE LA C. DE JESÚS 115
XXVIII
De cuatro cuerpos muertos de indios que eran
reverenciados en sus iglesias.
En todas partes procura el demonio remedar el
culto divino con ficciones y embustes, y aunque la
nación guaraní ha sido limpia de ídolos y adora-
ciones, merced del cielo que libres de mentiras es-
tán dispuestas para recibir la verdad como la lar-
ga experiencia nos lo ha enseñado, con todo esto
halló el demonio embustes con qué entronizar á
sus ministros, los magos y hechiceros para que
sean peste y ruina de las almas. Padecíamos en
una reducción un gran trabajo, que estando toda la
semana hirviendo el pueblo de gente, solos los do-
mingos cuando á voz de muchas campanadas que-
ríamos juntar el pueblo al sermón y Misa, desapa-
recían todos. Buscamos con cuidado la causa, para
aplicarle el remedio, pero no fué posible descu-
brirla, hasta que un mozo descubrió á un Padre,
debajo de gran secreto, cómo en tres cerros habia
tres cuerpos de muertos, y que hablaban y habian
avisado á los indios que no oyesen la predicación
de los Padres. Afirmó este mozo haberlos oido ha-
blar, y de nosotros mal y de nuestra doctrina, acre-
ditando mucho á sus ministros con todo descrédi-
to nuestro. Habia voz común que habian ■ resucita-
do, y que vivian en carne al modo que vivian an-
tes que muriesen. Con estos enredos del demonio
no acudían á oir sermón, ni doctrina. Juntámonos
cinco sacerdotes á tratar del caso, resolvióse que
Il6 CONQUISTA ESPIRITUAL
á la una de la noche saliésemos cuatro con todo
silencio á buscar estos cuerpos, el P. Francisco
Diaz, y el P. José Domenech fueron á un cerro que
estaba pegado al pueblo donde estaba el uno y el
santo mártir P. Cristóbal de Mendoza y yo, fuése-
mos en busca de los otros. Quedó en nuestra casa
el P. José Cataldino para que entretuviese á los in-
dios y los deslumhrase. Y aunque salimos después
de media noche por los trascorrales, y sin ruido,
no pudo ser nuestra salida tan oculta que un por*.
tero indio que teníamos no nos sintiese, el cual al
punto dio parte á los del pueblo, que de aburridos
de ver que no acudían á la iglesia nos ausentá-
bamos.
Acudió la gente en tropel á nuestra casa, pre-
guntan al P. José por nosotros, sosególos el Padre.
El P. Francisco Diaz y su compañero diéronse bue-
na maña á caminar á oscuras por una muy agria
sierra y casi sin camino, y subiendo con harto tra-
bajo á la cumbre de aquel monte descubrieron un
templo adonde eran honrados aquellos secos hue-
sos. Vieron á la redonda muchas ermitas en que se
albergaban los que iban á aquella romería, como
en novenas, que todo lo quiere remedar el demo-
nio. Hallaron aquello sólo sin guarda alguna, cosa
que extrañó mucho la guía que los Padres lleva-
ban, porque afirmaba que de dia ni de noche de-
jaba de haber allí continua gente. Era el templo
bien capaz y bien aderezado, en él habia un ata-
jadizo lóbrego con dos puertas, en que estaba el
cuerpo colgado de dos palos en una red ó hamaca,
las cuerdas de ella estaban muy bien guarnecidas
de muy vistosa y variada plumería, cubrían la ha-
l) R 1,08 REM0I08OS DE LA C. VK JESÚS II7
maca unos preciosos panos de pintadas plumas
que su variedad se llevaba la vista. Habia algunos







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