que la causa de su entrada en la iglesia habia sido
que él yendo por el monte habia hallado una cuña
(son las hachas de hierro de que usan) y que habia
buscado su dueño, y por no haberle hallado se ha-
bia servido de ella; pero que oyendo el cuidado
que el demonio tenia con los que tenían cosas aje-
nas, la habia querido restituir, y ocupado de la ver-
güenza no se habia atrevido á llevármela, y así ha-
bia aguardado él el silencio de la noche para lie-
varia al Santísimo Sacramento y entregársela en su
altan dejóme bien edificado con esta acción, tajó-
me la cuña en su esportilla, y yo se la volví para
que usase de ella mientras no sabia su dueño, por-
que la falta que tienen de herramientas es notable.
V si la vida ajustada que comunmente tienen les
es de emulación para hacer ganancias en la virtud;
la muerte de aquel cacique Miguel vde quien ya
dije habia querido matar los Padres) les fué de
áncora para la perseverancia. Tenia aquellos pue-
blos bien escandalizados, porque aunque los de-
más habian dado de mano al vicio, y abrazádose
con la virtud, él solo perseveraba en su mal estado
con su manceba antigua; y si bien la tenia bien
oculta, nunca este vicio reprime su olor por más
que haga, que no se dé á conocer y se difunda.
Trataron de curar aquesta peste, quitáronle la
manceba, y desterráronla á un pueblo de españo-
les para que la larga distancia le pusiese olvido. Hu-
biera sido milagro si tan envejecida culpa hubiera
admitido dolor y enmienda, pero arrebatado de su
torpe afición no dudó posponer su honra, que sien-
do gobernador de un muy lucido pueblo que tenia,
se despojó de sus bienes, olvidóse de sus amigos,
y sin tener cuenta con su verdadera mujer que de-
jaba, se desterró él mismo, y solo se partió en bus-
ca de la que le causó aquestas pérdidas y última-
mente la de su alma; halló su tesoro, y por no po-
nerlo otra vez en peligro de que se lo quitasen lle-
vó su manceba y un hijuelo que de ella tenia á un
apartado monte, donde él con sus manos trabaja-
ba para sustentarse, cosa que jamás habia hecho;
allí vivia, y aunque con mucho afán, el torpe amor
DE LOS RELIGIOSOS DE LA C. DE JESÚS QI
se lo aligeraba. Llegóse el plazo después de tantas
esperas que Dios le habia dado, adoleció este po-
bre con el trabajo y vejez, y á pocos lances en
manos de su manceba despidió su infeliz alma.
Ella fué cuerda, porque volvió á nuestras reduccio-
nes, donde bien arrepentida dé su pasada vida,
hizo penitencia, por medio de la cual alcanzó una
feliz muerte.
XX
Entrada que hicieron los Padres á nueva provincia
de gentiles, y martirio de un indio.
Con la magnífica liberalidad del rey nuestro se-
ñor, que el cielo aumente en reinos nuevos y en
muy larga vida, creció el número de Padres y obre-
ros de aquella viña, y así tratamos de ir ganando
tierra y almas para el cielo; y dejando en estas dos
reducciones cuatro fervorosos obreros, nos aperci-
bimos tres para esta nueva y peligrosa entrada.
Aconsejáronnos los indios que enviásemos delan-
te exploradores de la tierra, para que ofreciéndose
ocasión, diesen aviso de nuestros intentos á aque-
llos gentiles. Ofreciéronse dos de ser los precurso-
res con ánimo de ser partícipes en nuestra empre-
sa; el uno era de ya madura edad y advenedizo, el
otro era mozo, criado en nuestra escuela, ambos
casados.
Entraron por tierras de gentiles, dándoles avi-
sos de nuestros deseos y determinación de entrar
á anunciarles el Evangelio; prendiéronlos luego
con ánimo de matarlos, para hacer la célebre
fiesta de su bautismo, de que ya queda dicho algo
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atrás; ofreciéronles luego mujeres, desahogo y li-
bertad de conciencia. El más anciano acepto el
partido, y se amancebó luego; el mozo, no olvida-
do de lo que en nuestra escuela habia aprendido
(tanto importa aun entre los indios mstruir bien
la juventud) no admitió cosa de las que le ofrecían,
y para moverle más le pusieron delante una muy
escogida moza, que aficionada á la buena disposi-
ción del mancebo, deseaba que la apeteciese. El
casto mozo ni aun mirarla quiso. Instaron los gen-
tiles á que la mirase, él les respondió que los Pa-
dres enseñaban el no mirar á mujeres, porque por
los ojos entraba el pecado en el alma, y que la ley
de Dios prohibía la deshonestidad y el adulterio,
que él era casado al modo que Dios manda, y que
no podia admitir otra mujer. Amenazáronle que si
no tomaba aquella, le darían la muerte: Motadme
(dijo^ que mi cuerpo solo matareis, y tw mi alma por-
que es inmortal, y espero, que muriendo ya irá ella d
gozar eternamente de Dios. Vista esta fortaleza por
los gentiles, trataron de matarlo, y el mismo padre
de la moza, borracho de enojo de ver que despre-
ciaba á su hija, arremetió á él, y con brutal furia le
dio la muerte á puñaladas. Despedazaron su cuer-
po y lo comieron. El compañero infeliz vivió algu-
nos dias en compañía de la mujer que le habian
dado, y al fin le mataron con mucha solemnidad,
y se lo comieron.
La muerte dichosa de aqueste indio mártir apre-
suró nuestros pasos á la conversión de aquellas fie-
ras, y á hacerles mudar tan brutal modo de vida,
ú ofrecer la nuestra á su fiereza. Llegamos los tres,
que eran el P. José Cataldino, y P. Diego de Sala-
DE LOS RELIGIOSOS DE LA C. DE JESÚS 93
tar y yo, á un pequeño pueblo, que nos recibió
con muy buen agasajo. Apenas nos sintieron en
sus tierras los que hicieron mártir aquel indio.
cuando con hambre canina de comernos hicieron
en breve una gran junta; desgalgaban como tigres
rabiosos por aquellas sierras, las mujeres del pue-
blo donde estábamos empezaron á celebrar con
llanto nuestras exequias; porque ya nos tenian
amor, los varones confesaban su flaqueza, por ser
pocos para resistir á tan gran junta. Crecia la tur-
bación en el pueblo, y acercábasenos un dichoso
fin; llegúeme al P. José, y díjele aquellas palabras
de San Ignacio mártir: Christi fnanentum sttm, den-
tibus bestiarum molar, ut pañis mundus inventar. Y
afiadí: Padre mió, hoy nu parece que será el último
de nuestra peregrinación. Respondióme este insigne
varón con todo sosiego y paz: Cúmplase la volun-
tad de Dios.
Y volviendo á unos indios que estaban haciendo
ana choza, para que nos sirviese de iglesia, les dio
orden de lo que habian de hacer, asistiendo á la
obra, sin moverse, acto por cierto de un varón
Apostólico, que en todas las que hacia tenia la pro-
videncia de Dios presente, que aún los mismos
gentiles que trabajaban lo notaron. Habia venido á
vernos allí un principal cacique, sin duda traido de
Dios para nuestra defensa, muy estimado por ser
noble y elocuente, el cual viendo que estaban ya
muy cerca, salió á ellos, y haciéndoles un muy ele-
gante razonamiento, diciéndoles, que nuestra entra-
da en sus tierras no era á pelear, pues no llevába-
mos armas, ni menos á quitarles oro ó plata, que
no la tenian, sino á solo hacerlos hijos de Dios y
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enseñarles el buen modo de vivir, no se rindieron
tan fácilmente á la razón, instando en su deseo de
matamos; pero al ñn se rindieron á las persuasiones
de aquel buen cacique. Volviéndose todos á sos
tierras, dimos principio allí á una reducción que i
intitulamos San Francisco Javier, que en pocos j
meses creció á i .500 vecinos, á donde también se
recogieron aquellas bestias fieras, y se domestica-
ron, volviendo en ovejas mansas, haciendo esta
mudanza la divina palabra y el bautismo que todoi
recibieron, creciendo cada dia en la fe, en la virtud
y en amor nuestro.
XXI
Entrada que hicimos por aquellas tierras, y rastros
que hallamos del Apóstol Santo Toma.
Como se iban aumentando los sujetos, íbamoi
haciendo nuevas entradas á gentiles, y ganando á 1
la Iglesia nuevos hijos. Pasó á aquella provincia 1
el V. P. Cristóbal de Mendoza á ayudarnos en j
aquella cosecha, de que se llevó el fruto y nos llevó j
la palma, ganando la del martirio, no en esta pro-
vincia y discurso que ahora llevo, sino en la dd
Tape, jurisdicción de Buenos-Aires, de que adelan-
te diré. Quedó en la reducción de San Javier d
P. Francisco üiaz, varón de muchas partes, misio-
nero insigne, á quien convidó la cátedra con su
asiento, por su buena doctrina; pero abajándose de
ella, se hizo gran maestro de gentiles. Con tan buen
cobro como en San Javier quedaba, salimos d
P. Cristóbal de Mendoza y yo á la provincia de
Tayati, tierra muy áspera y montuosa, habitada de
DE LOS RELIGIOSOS DE LA C. DE JESÚS 95
gentiles de la misma nación y lengua que la pasa-
da. Esta conquista que la Compañía hizo fué siem-
pre á pié por más de diez y ocho años, por care-







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