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ANTONIO RUIZ DE MONTOYA. CONQUISTA ESPIRITUAL HECHA POR LOS RELIGIOSOS DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN LAS PROVINCIAS
DEL PARAGUAY, PARANÁ, URUGUAY Y TAPE.

CONQUISTA

ESPIRITUAL

HECHA POR LOS RELIGIOSOS

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

EN LAS PROVINCIAS
DEL PARAGUAY, PARANÁ, URUGUAY Y TAPE
ESCRITA POR EL
P. ANTONIO RUIZ DE MONTOYA
DE LA MISMA COMPAÑÍA

BILBAO
IMPRENTA DEL CORAZÓN DE JESÚS
Muelle de Marzana, núm. 7
1882

PRÓLOGO DE LA NUEVA EDICIÓN

i FRECEMOS á los lectores de El
' Mensajero un corto obsequio,
. que esperamos será recibido con
agrado. Todos, quién más quién

menos, han oido hablar de las famosas misio-
nes del Paraguay. Todos tienen alguna idea de
la paciencia y caridad de los misioneros jesuí-
tas, que lograron, á costa de trabajos indecibles,
reducir á vida cristiana y social los indios sal-
vajes, que andaban errantes por los bosques.
Ha llegado á ser proverbial la paz y sencillez
en que después de reducidos se conservaban
los neófitos. Pues bien, la obra que reproduci-
mos es una de las fuentes más importantes para
la historia de aquellas célebres misiones. Lo co-
nocerán los lectores por los apuntes biográfi-
cos que les vamos á dar acerca del autor.

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PRÓLOGO

El P. Antonio Ruiz de Montoya nació en Li-
ma hacia el año 1582. Su padre era sevillano
y próximo pariente del conocido teólogo jesuíta
Diego Ruiz de Montoya. Habiendo fallecido la
madre de nuestro Antonio dejándole muy niño,
su padre determinó venirse con él á España.
Llegados á Panamá, enfermó Antonio de la
peste que entonces había en aquel puerto, y ha-
biendo recobrado la salud con gran trabajo, no
quiso su padre exponerlo á largas navegacio-
nes, y se volvió con él á Lima, donde procuró
educarlo cristianamente. No logró ver cumpli-
do su buen deseo, pues la muerte le sorprendió
cuando el niño contaba nueve años.
Había mandado en su testamento que su hijo
estuviese en el seminario de San Martin, y que
terminados sus estudios fuese traído á España;
pero los testamentarios, más atentos á sus inte-
reses particulares que al bien de su pupilo, ape-
nas ejecutaron nada de lo dispuesto. Entró, sin
embargo, á estudiar Antonio en el colegio de
la Compañía en Lima, y con los buenos princi-
pios que habia recibido de su padre, se condujo
algunos años con bastante regularidad. Pero hir-
viéndole en el corazón las pasiones, no pudo su-
frir tanta sujeción y á los diez y seis años salió
del colegio, ciñóse espada, juntóse con malas
compañías, dióse á juegos, rondas y entreteni-

mientes de mozos, y para ahogar el remordi-
miento de la conciencia que nunca le abandona-
ba, quiso hacerse soldado, y sentó plaza para la
conquista de Chile. Disgustado empero, de fes
pocas esperanzas que le ofrecia aquella carrera,
mudó de propósito y encaminóse hacia España.
Quiso Dios que en Panamá tropezase con un
Padre de la Compañía, cuya conversación le
transformó por completo. Hizo con él confe-
sión general, y por s#u consejo volvió á Lima
para continuar sus interrumpidos estudios. Al
mismo tiempo empezó á satisfacer con ásperas
penitencias sus pasados extravíos.
Poco tiempo después de emprender su nueva
vida, sintió deseos de entrar en religión. Para
resolver este punto, se retiró por consejo de su
confesor á hacer los ejercicios de San Ignacio, y
en ellos le dio á entender Dios que quería ser-
virse de él en la Compañía de Jesús. No pudo
ejecutar inmediatamente la inspiración divina,
pero la puso por obra año y medio después,
cuando hubo terminado con satisfacción el es-
tudio de las letras humanas. Fué su entrada en
la Compañía el 21 de Noviembre de 1606.
A los siete meses de noviciado, fué escogido
con algunos otros que el P. Diego de Torres
llevó consigo del Perú para empezar la provin-
cia del Paraguay. Llegado á Córdoba de Tucu-

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PRÓLOGO

man, terminó allí su noviciado, é hizo los votos
del bienio en 1608. Siguióse á esto el estudio
de la Filosofía y Teología, y aunque daba mues-
tras de buen ingenio, y esperaban algunos te-
ner en él un buen maestro de ciencias sagradas,
sin embargo, el buen Hermano con el ansia que
tenia de los trabajos apostólicos, propuso á los
Superiores que le abreviasen los estudios, y or-
denándole de sacerdote, le lanzasen luego al
campo de las misiones. Condescendieron con su
buen deseo, y el nuevo apóstol, dicha su pri-
mera misa en la Asunción, partió para las mi-
siones de Guayra, que entonces empezaban. No
podemos precisar el tiempo en que dio princi-
pio á sus trabajos apostólicos, pero creemos
que debió ser en 1612, ó á más tardar el año
siguiente.
En 1610 los PP. José Cataldino y Simón
Masseta, italianos, habían empezado á poner en
planta las famosas reducciones del Paraguay, ó
sean pueblos de indios convertidos, sujetos
al rey de España, pero no gobernados por es-
pañoles, sino por los mismos indios, bajo el
consejo paternal de los misioneros. Ya tenían
asentada la primera reducción, que llamaron
Loreto, y estaban tratando de fundar otras,
cuando les llegó el refuerzo poderoso del Padre
Montoya.

PRÓLOGO

9

Al acercarse éste á la misión, «salió á reci-
birle el P. Cataldino, dice el P. Andrade (i) y
se vieron y abrazaron con grande alegría y le
llevó á su estancia con el mayor regalo que
pudo, y fué tan corto, que no tuvieron que darle,
sino unas patatas, algunos plátanos y raíces de
mandioca, que era su ordinario sustento, sin
haber gustado carne, vino, pan y sal en dos
años, si no fué alguna rara vez un poco de caza
que los indios les daban de limosna.»
Más de veinticinco años trabajó el P. Monto-
ya en las misiones del Paraguay, y desde el
año 1620 fué Superior general de todas aque-
llas célebres reducciones. ¿Qué hizo en este
tiempo? El presente opúsculo satisfará, en parte
al menos, á esta pregunta.
En 1638 á consecuencia de las invasiones de
los colonos portugueses de San Pablo de Pirati-
ninga, que saliendo á caza de indios esclavos,
apresaron á los neófitos de varias reducciones,
el P. Montoya vino á la corte de Madrid para
pedir socorro contra aquel desorden, y licencia
de armar á los indios con armas de fuego con
el fin de evitar tan inicuos atropellos.
Mientras despachaba este negocio, publicó
en Madrid en 1639 el libro que reproducimos.

(i) Varones ilustres.

No es una historia completa ni mucho menos
de aquellas singulares misiones. Son apuntes
breves, en los cuales se percibe ese interés vivo
y original, que da á la narración quien cuenta
lo que ha visto. Ya han sido aprovechadas estas
notas por Charlevoix en la historia que escri-
bió de estas misiones, pero juzgamos que para
lectores españoles ha de tener especial atracti-
vo la relación desaliñada sin duda, pero impar-
cial y verídica del más ilustre misionero del,Pa-
raguay.
Obtuvo el P. Montoya en Madrid todo lo que
deseaba, aunque hubo de experimentar gran-
des dificultades, que le obligaron á prolongar
algunos años su permanencia en España. Em-
barcóse, al fin, para el Perú, no sabemos en qué
año, y cuando de allí se encaminaba á la mi-
sión, recibió orden de volverse luego á Lima.
Era que D. Bernardino de Cárdenas habia le-
vantado aquella célebre tormenta que agitó á
losjesuitas del Paraguay durante unos veinte
años, y juzgaron los Superiores que era ne-
cesaria en la capital del Perú la presencia
del P. Montoya, para defender la causa de la
Compañía ante los tribunales y el virey. Volvió,
pues, el misionero á Lima, y allí residió hasta su
santa muerte ocurrida el 11 de Abril de 1652,
Divulgada la noticia de su fallecimiento,

PRÓLOGO

II

■concurrió la ciudad á venerar su cuerpo como
de santo, besándole los pies y las manos, to-
bándole sus rosarios y tomando lo que podían
de sus reliquias. Hízosele un solemne entierro
á que asistieron todas las autoridades eclesiás-
ticas y seglares. Los individuos de la Audien-
cia llevaron el cadáver en hombros desde la ca-
pilla del colegio hasta la iglesia. La provincia
•del Paraguay quiso poseer los restos mortales
de su más querido misionero, y accediendo en
Lima á tan justas instancias, fué trasladado el
difunto á la Asunción, donde se le dio honorífi-
ca sepultura.
Mucho pudiéramos decir de sus heroicas vir-
tudes, pero creemos que estarán de sobra otros
-testimonios para quien lea el siguiente opúsculo,

ANTONIO RUIZ DE MONTOYA. CONQUISTA ESPIRITUAL
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