destruyendo las piedras salientes y las asperezas que les servían de
escala, de modo que no podían volver a subir. Llegados a la cueva,
depositaban el cuerpo y demás, tapiaban la entrada, y bajaban al valle,
cuidando también de borrar completamente ese segundo camino. Hecha la
operación, la pared del barranco quedaba lisa como la palma de la mano, y
sólo los pájaros podían llegar a la emparedada cueva… Nada costaba a
este pueblo, que ha ejecutado obras tan grandes, hacer eso mismo en más
vastas proporciones. El camino de las minas de Famatina y de otras cien
partes, ha desaparecido así: no lo sé sólo por conjeturas, aunque éstas
pudieran bastar; lo sé también por confidencia de los mismos indios…
Don Alonso de Mercado y Villacorta miraba maravillado, casi
convencido, al andaluz. La codicia que siempre había dormitado en él,
acababa de despertar exigente y avasalladora. Ya le parecía verse dueño de
incalculables riquezas, volviendo a España a gozar y triunfar en la corte
como un espléndido y poderoso príncipe. Era su secreta ambición, lo único
que lo había traído a América, lo único que podía endulzarle aquel
destierro, no atenuado por sus aventuras y amoríos, pues, como dice un
historiador, «era hinchado de orgullo, déspota en sus dictámenes,
corrompido en sus costumbres…»
-Lo que me dices tiene el color de la verdad -murmuró, con la
garganta prieta de deseo-. Pero tus antecedentes…
-Son una garantía, excelencia: sólo un hombre diestro [104] y astuto
como yo podría imaginar y llevar a término esta fabulosa hazaña.
-Mas, ¿conoces alguna de esas minas?
-No, excelencia.
-¡Entonces!
-¡Pero puedo conocerlas todas, una por una, sin tardanza! Los indios
confían en mí… ¡me obedecen! Dentro de pocos días sabré hasta el más
oculto de sus secretos. ¡Tendré la llave de sus tesoros, de los inmensos
tesoros que millares y millares de indios arrancaban al seno de la tierra,
para enviarlos al Inca, el único que podía hacer elaborar el oro y la
plata! ¡Y… esa llave es lo que vengo a ofrecer a vuecencia!
-No me basta tu palabra -murmuró Villacorta, vacilante ya sin
embargo.
-El que ha encontrado esto, puede conduciros a donde halléis cerros
de los mismos minerales -dijo Bohórquez enfáticamente, presentando al
gobernador dos muestras, una de oro y otra de plata, que llevaba a
previsión en el bolsillo.
-¿Y ese hombre, quién es? -preguntó Mercado examinando las muestras
que había tomado con mano ávida.
-Hoy es uno de mis indios, que me pertenece como la sombra al cuerpo.
¡Mañana seré yo mismo, si lo deseo! ¡Ah! ¡pero esto es poca cosa,
excelentísimo señor; esto es, de veras, insignificante, parangonado con lo
que aún puedo ofreceros! Tengo, en efecto, tesoros de mucha más fácil
adquisición, que sólo exigen extender la mano sin necesidad de
excavaciones ni manipulación alguna… Sabéis muy bien las enormes
cantidades de metal que poseían los Incas; sabéis, por ejemplo, que
Atahualpa, tratando de rescatarse, llenó de oro purísimo una habitación
hasta donde alcanzaba con el brazo levantado… pero ¿creéis que ese oro y
el que se ha llevado a España antes y después, es todo el que poseían y
poseen aún los indios? ¿Comulgáis con la conseja de que arrojaron el resto
al mar y al fondo de los lagos?…
-¡No! ¡Hay huacas! -exclamó el gobernador, tan deslumbrado como si
tuviera delante todo aquel oro, o como si mirara al mismo sol en pleno
mediodía.
-¡No confunda vuecencia! Las huacas son sepulturas, y [105] en ellas
habrá joyas y preseas más o menos valiosas, pero en pequeña cantidad. ¡Eso
no vale nada! El oro no ha desaparecido allí. Instruídos de su valor como
moneda por los primeros conquistadores, queriendo conservarlo y al propio
tiempo privar de él a sus enemigos, los indios se apresuraron a ocultarlo
en entierros especiales, cuyos derroteros han venido legándose de padres a
hijos. Alguno se habrá perdido y sólo la casualidad hará encontrarlo en
los siglos venideros… Sin embargo, los que subsisten y pueden
encontrarse hoy, bastarán para hacer palidecer de envidia al mismo
Creso…
-¡Dime qué indio sabe uno de esos derroteros, y el potro no tardará
en hacérselo revelar!…
-¡Bien convencido está vuecencia de que el tormento es inútil con
esos infieles, más duros que la piedra con que hacen la punta de sus
flechas!…
-Entonces…
-Captarse su absoluta confianza, conseguir que la revelación de esos
secretos sea para ellos una cosa más que natural, obligatoria; ése, ése es
el único medio, pues como no poseen la ciencia de la escritura, no tienen
documentos indicadores que puedan caer en nuestras manos.
-¡Pero no hablarán nunca! -gritó el gobernador, desencantado y
furioso.
Bohórquez sonrió.
-A mí me hablarán -murmuró con falsa modestia, para producir más
efecto-. ¡Hace mucho vengo tendiendo una red en que caerán al fin, por
poco que vuecencia me ayude!…
-¡Voto va! ¿Acabarás de explicarte?
-Nada más sencillo. Los que hicieron esos entierros fueron los
caciques y los curacas de ciertas tribus que sólo han comunicado el
secreto a sus descendientes… Pero se hubiesen apresurado a revelarlo a
otra persona…
-¿A quién? ¡Habla!
-Al Inca.
-Es verdad: pero no hay Inca.
-Puede haberlo. [106]
-¿Y quién?
-¡Yo!
-¡Tú! -exclamó don Alonso de Mercado y Villacorta con profundísima
sorpresa al oír contestación tan inesperada.
-¡Sí, yo!
Después de una pausa efectista, durante la cual el aventurero miró
frente a frente al gobernador, agregó:
-¡Y puedo decir con verdad, que estoy a punto de serlo, si es que ya
no lo soy!
Mercado calló, perplejo. Meditaba con la impresión del vértigo en la
cabeza.
-No sé -dijo por fin- en qué te fundas para hacer afirmación tan
atrevida. Pero, quiero preguntarte: ¿qué te propones con eso?
-Ya lo sabe vuecencia: hallar los tesoros.
-¿Nada más?
-¡Nada más! Vuecencia tendrá a bien darme una parte de esas riquezas.
¡Oh! no pido mucho: vuecencia será siempre un potentado al lado mío. Pero
con lo poco que me toque volveré a mi tierra a vivir y gozar tranquilo…
Mercado lo miraba de hito en hito sintiendo que la codicia desvanecía
sus últimas desconfianzas.
-Pero -continuó el andaluz- aún hay otra cosa de que no he hablado a
vuecencia… Podemos llegar a saber la situación precisa de la portentosa
Ciudad de los Césares. Me consta que los machis la conocen… Y eso no
sería simplemente apoderarse de un tesoro escondido: sería conquistar un
maravilloso imperio…
-Ocupémonos ahora de las cosas más accesibles -interrumpió Mercado-.
Al hablarme de asuntos del gobierno, ¿aludías a esa posibilidad que dices
tener de hacerte Inca?
-En cierto modo, excelentísimo señor. El hecho es que los indios se
mueven, complotan en secreto, piensan rebelarse… Si yo los mandara
podría impedir la insurrección, o retardarla hasta que el número de los
aliados, conversos y súbditos realmente fieles, fuera suficiente para
dominar las hordas que se levantaran. Vuecencia sabe cuán difícil sería,
hoy por hoy, sofocar una insurrección con los escasos elementos de que se
dispone… recuerda sin duda lo que costaron [107] las anteriores… no
habrá olvidado que don Juan de Calchaquí estuvo a punto de desalojarnos de
estas tierras… En las actuales circunstancias la astucia vale cien veces
más que la fuerza… Es decir, nuestra fuerza es casi la impotencia, por
poco que los indios acierten a organizarse, a aguerrirse, a adoptar un
serio plan de campaña. ¡Son ciento contra uno, vuecencia lo sabe, y
resueltos y bravos como leones! ¡Ah! ¡únicamente en la astucia está la
salvación, y yo, sólo yo, puedo, con la ayuda de vuecencia, conservar
estas tierras a nuestro soberano!…
-Pero, ¿lo puedes en realidad? ¿Te aceptarán los indios por su Inca
Роберто Хорхе Пайро. Липовый Инка. Roberto Jorge Payró. El falso Inca
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