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Роберто Хорхе Пайро. Липовый Инка. Roberto Jorge Payró. El falso Inca


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-¡Sí, tú eres el Inca, tú el Hijo del Sol! -gritó entusiasta el
cacique Pivanti, en cuanto Bohórquez cesó de hablar-. ¡Y yo, de hoy en
más, te juro obediencia, acatamiento y amor!
-¡Lo juramos! -repitieron varias voces. [99]
-¡Llévanos ahora al combate y al triunfo! -agregó Pivanti.
En ese momento uno de los machis levantose tendiendo la mano hacia el
caudillo, con ademán inspirado y solemne, y con tono profético exclamó en
medio de la emoción de los circunstantes, preparados ya por los anteriores
entusiasmos:
-¡Mama Quilla te ciñe en este momento la frente con un llautu de luz!
¡Augura un reino de gloria para ti y para tu pueblo!…
Un rayo de luna, en efecto, deslizándose por la boca de la gruta,
había envuelto en pálidos fulgores la cabeza del aventurero.
Bohórquez quedaba definitivamente proclamado: la necesidad hacía
cerrar los ojos a los más prudentes y astutos caciques, y los mismos
machis no lo discutían: más tarde, siempre habría tiempo de examinar sus
derechos a la diadema imperial…
Poco después, los indios se retiraron uno por uno, conviniendo en que
tomarían las armas a la primera señal. El cacique de Machigasta no se
excusó de ello tampoco…
-¡Ya eres Inca! -exclamó Luis Enríquez cuando quedaron solos.
-¡Siempre lo fui, aunque no reinaba! -replicó Bohórquez con altivez.
-¡En fin! -murmuró el mestizo-, si tus proezas tienen que ser
narradas por los Amautas y cantadas por los Aravecus, nada importará a tu
vasallo tener que derramar hasta la última gota de su sangre…
-Ya lo verás… Ahora, pensemos en marchar mañana mismo a Londres
-dijo el aventurero-; allí comenzará a desarrollarse nuestro plan… [100]

V
EL TESORO DE LOS INDIOS
En las cercanías de Londres y en un rancho abandonado, de paredes
bajas, construido con piedras toscas y techado con paja y barro,
hallábanse reunidos, pocos días después, Bohórquez, Carmen y Sancho Gómez.
Este último había conferenciado ya con el aventurero, y aquella tarde iba
a comunicarle que esa misma noche se celebraría la anhelada entrevista con
el señor gobernador del Tucumán, don Alonso de Mercado y Villacorta. Nada
o bien poco le había costado obtener ese favor, pero su excelencia deseaba
que se procediese con sigilo, para no despertar las sospechas de los
indios ni provocar las críticas de los españoles.
-En cuanto baje algo más el sol, nos pondremos en marcha para llegar
a boca de noche -dijo Sancho.
-Como te plazca.
-¿Iré yo también? -preguntó Carmen.
-Vosotras las mujeres, para ser realmente útiles -observó Sancho-,
debéis esperar siempre el momento oportuno…
-Y ése no puede tardar para ti -agregó Bohórquez guiñando los ojos.
Carmen no replicó. Ambos españoles pusiéronse en camino un rato
después, y llegaron a Londres ya de noche, como lo deseaban.
Esta mal llamada ciudad de San Fernando de Londres, actualmente
Pomán, era apenas una aldea encaramada entre riscos, con pobres casuchas
de madera y barro, pero circundada con algunos trabajos de fortificación.
Sin embargo su importancia política era grande, pues su jurisdicción -que
lindaba por el este con Chile, por el norte con Salta y Bolivia y por el
sur con La Rioja- abarcaba unas cincuenta leguas de norte a sur, por otras
tantas, más o menos, de este a oeste.
Bohórquez y Sancho entraron en el recinto de la ciudad, cuyos
habitantes se habían recogido ya a comer y descansar, [101] y deslizándose
entre las sombras, llegaron a un edificio algo mayor y mejor construido
que los demás, a cuya puerta se paseaba un soldado, al parecer de
centinela.
Éste, al ver a Sancho, como advertido ya de su llegada, dejolos
pasar, y después de introducirlos en una pequeña y desnuda habitación con
humos de despacho, a juzgar por una mesa con escribanía y legajos de
papeles que se observaban en un extremo, se internó en la casa, a anunciar
sin duda su presencia.
-¿Éste es el hombre, Sancho? -preguntó poco después, entrando en el
despacho, un caballero joven, no mal parecido, de porte airoso y altivo,
bigote y perilla, ojos de terquedad y de pasión y tez curtida por las
intemperies, que vestía modestamente calzón, chupa y casaca de género
oscuro, y calzaba grandes botas de montar.
-El mismo, excelentísimo señor -contestó Sancho.
-Bien, déjanos solos.
Sancho salió. Don Alonso, pues el recién llegado era el gobernador en
persona, encarose con el aventurero.
-¿Eres Pedro Bohórquez, o por otro nombre Chamijo o Clavijo?
-preguntó.
-Dejando de lado por el momento la cuestión de nombres y apodos, sí,
excelentísimo señor -contestó el andaluz con desparpajo.
-¡Hasta aquí ha llegado el rumor de tus hazañas! ¿Qué intriga tejes?
-La envidia y la codicia hanme condenado, pero Dios sabe que soy
inocente de cuanto se me acusa -dijo Bohórquez, con fingida humildad.
-Me han dicho que tienes algo que revelar respecto de minas, huacas y
tesoros.
-En cuanto a eso os han dicho la verdad.
-Habla, pues: ya te escucho.
-Vuecencia ha de permitir que me ocupe, también, de otros dos asuntos
de la mayor importancia…
-Veamos.
-El uno se refiere a la famosa y misteriosa Ciudad de los Césares…
El otro es más grave: tiene que ver con el gobierno mismo de estas
comarcas. [102]
-¿Con el gobierno? Supongo que no se te habrá ocurrido tener
participación en él…
-No sería demasiado atrevimiento… ¡Un Girón!… Pero vuecencia
verá, si tiene a bien darme su venia.
Mercado, que había sonreído al oír el noble apellido de los Girón en
boca del andaluz, contestó casi jovialmente:
-¡Pardiez! Habla de lo que quieras, que tiempo de sobra tenemos en
estas soledades, y tu charla puede divertirme; pero comienza por lo
referente a las minas y tesoros, sin tratar de embaucarme si te es
posible, que lo dudo. Ya sabes que te conozco.
-Razón de más para que vuecencia tenga confianza en mí… Pero,
¿conoce también vuecencia la leyenda corriente acerca del cerro de
Famatina?
-Sí, algo he oído. Se dice que los hechiceros han encantado ese cerro
de tal manera que, aun cuando se vean, desde lejos, resplandecer al sol
maravillosas vetas de oro y plata, nadie podrá encontrarlas jamás si antes
no rompe el encanto, y que el atrevido que logra acercarse a las minas, es
inmediatamente rechazado por súbitas y furiosas borrascas que llegan hasta
costarle la vida…
-¿Y vuecencia lo cree? -preguntó Bohórquez con cierta sorna.
-Algo de cierto habrá en ello -dijo gravemente el gobernador-, como
lo hay seguramente en el misterio del cerro Manchao, que ruge en cuanto
una planta española huella sus inmediaciones.
-Lo que ocurre -prosiguió Bohórquez volviendo a su anterior humildad-
es, sin embargo, obra exclusiva de los hombres. Yo lo sé a ciencia cierta,
porque he vivido mucho tiempo y vivo aún entre los indios. Pero… voy al
grano. Es notorio, y está comprobado, que los ministros de los Incas,
valiéndose de sus súbditos, sacaban del cerro de Famatina incalculables
cantidades de oro y plata… ¿Cómo explicar, pues, que esas minas
riquísimas hayan desaparecido de repente y por completo, desde que estas
comarcas pertenecen a los españoles? No pueden haberse agotado de pronto,
por milagro, sin dejar huellas.
-¿A qué atribuyes ese hecho, entonces? [103]
-Me explico, sencillamente, que los indios han destruido ex profeso
los caminos que conducían a las bocaminas, en cuanto vieron que otros se
enseñoreaban del país. Y tengo una prueba material y una moral, al
respecto. Del otro lado de los Andes, muchas veces, cuando se trataba de
enterrar algún noble personaje -ya sabe vuecencia que en realidad no los
entierran, sino que los conservan, hasta con comida, para cuando
resuciten-, pues cuando se trataba de eso, los indios bajaban con el
cadáver y los objetos que habían de sepultarse con él, por barrancos casi
a pico, hasta cuevas naturales o artificiales, abiertas en la roca, a
grande altura. Y a medida que bajaban con su carga fúnebre iban

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Tags: Bolivia, carta, Chile, cita, cuento, ensayo, Espana, fantástico, historia, inca, nota, novela, pieza, poema, verso

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