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llegaron, silenciosos y graves, los caciques, los curacas (jefes de
familia) y los machis (brujos) convocados en nombre del falso Inca.
Ninguna prenda de su traje distinguíalos en aquel momento del resto
de los habitantes de los valles: vestían, en efecto, una toga o túnica
talar de lana, algo recogida en la cintura, y no llevaban armas, visibles
por lo menos.
-Éste es el Titaquín -dijo Luis Enríquez señalando a Bohórquez y
dándole por primera vez este título, correspondiente al de «señor del
país», que en otros tiempos usaban los delegados del Hijo del Sol.
-¡Huallpa Inca! -corrigió orgullosamente el aventurero-. Sentaos.
Los indios, sin cambiar una mirada, con misterioso silencio, fueron
poniéndose en cuclillas en torno del fogón, contra las paredes de la
gruta. Eran una veintena. La llama del hogar les iluminaba los rostros
bronceados, haciendo en ellos caprichosos juegos de luz y sombra, y
poniéndolos a veces del color de la sangre. La expresión de todos ellos
era impenetrable, y Bohórquez se esforzaba inútilmente por darse cuenta de
sus sentimientos. Carmen lo animó, acercándosele y haciéndole una seña
tranquilizadora.
-¿Quién es esta mujer? -preguntó el Curaca de Paclín.
-Es la Coya (reina) -murmuró Luis.
La conferencia comenzó. Bohórquez consideró hábil y útil ofrecer a
los jefes una especie de autobiografía, valiéndose de los datos un tanto
confusos que poseía de la historia del Perú, y aprovechó para ello la
facundia que le había hecho famoso en cuantos países visitara.
-Huyendo y oculto -dijo entre otras cosas-, perseguido siempre,
siempre protegido por mi padre Inti, crecí entre las asperezas de los
Andes, inculto y bravío, pero sintiendo en mi interior, junto con la
necesidad del mando, la ciencia innata del gobierno. Porque así debe ser
el que, como yo, es descendiente directo y heredero forzoso de Manco
Capac, el rico en virtudes y poder, que reinó cuarenta luminosos años,
[96] de Sinchi Roca, el valeroso, de Lloque Yupanqui, el zurdo, de Capac
Yupanqui, de Inca Roca, el prudente, que durante largos años y felices,
con el llautu en la frente y el chonta con la estrella de oro en la mano,
vieron salir día tras día, el sol por encima de las montañas coronadas de
nieve. Porque así debe ser quien, como yo, desciende del gran Yaguar
Huacac, el que lloraba sangre, de Ripac Viracocha, que anunció la futura
llegada de nuestros nefandos opresores, del noble y denodado
Titu-Manco-Capac-Pachacutec, perturbador del mundo, del heroico Yupanqui,
que reintegró estas comarcas al imperio, y después de conquistarlas con
las armas las vinculó con sus leyes sabias y justas, del padre
deslumbrador Tupac Yupanqui, de Huaina Capac, el joven rico, conquistador
de Quito y padre del sol de alegría Inti-Cusi-Huallpa, y del traicionado y
atormentado Atahualpa, cuya muerte tortura aún el corazón de sus
vasallos… Porque así es el sucesor de los desdichados monarcas que no
llegaron a reinar, despojados por la usurpación española, el Inca Manco,
Sayri Tupac Yupanqui, Tupac Amaru, infeliz, cuya cabeza rodó en el cadalso
de Cuzco, clamando la inicua felonía castellana y la terrible venganza de
los suyos…
Bohórquez calló como embargado por invencible emoción.
Una voz, entonces, acremente sarcástica, brotó de un rincón oscuro,
preguntando:
-Y tu, ¿hijo de quién eres?
Era el cacique Luis de Machigasta, el único que hubiera acudido a la
conferencia casi contra su voluntad y que estaba casualmente en la
comarca: decíasele amigo de los conquistadores.
Al oírlo Bohórquez, se inmutó, y sintió que una nube le pasaba por
los ojos. No atinaba a contestar, tartamudeó algo respecto del Gran
Paitití, donde había reinado, se refirió a la rama femenina, enredose, en
fin, tratando de enredar, y ya los indios levantaban la cabeza y lo
miraban sorprendidos y recelosos, cuando el Curaca de Tolombón, jefe de un
heroico pueblo, tomó la palabra con apasionada elocuencia.
Él también tenía sus dudas o sus certezas respecto del origen del
pretendido Huallpa Inca, pero quizá consideraba [97] que el pueblo
calchaquí debía aprovechar aquella oportunidad de volver por sus fueros.
-¡Dejemos -exclamó-, dejemos para más tarde discusiones y
averiguaciones que hoy a nada conducen! Los valles proclaman ya con amor y
confianza, del uno al otro extremo, el nombre de Huallpa Inca, y no hay en
ellos un solo varón que no ansíe el momento de empuñar las armas y
seguirlo para destruir, hasta el último, los hombres blancos y barbudos
que nos esclavizan, nos aherrojan y nos matan!…
Desde las primeras palabras el Curaca se había hecho dueño de sus
oyentes. Bohórquez, considerándose salvado, miró hacia el rincón en que
Carmen estaba acurrucada, con una sonrisa de triunfo. ¡En cuanto pasara
aquel minuto terrible quedaría ungido Inca, por la fuerza incontrastable
de los hechos, y podría tratar como traidores a cuantos no lo acatasen!…
El Curaca, entretanto, continuó:
-¡Tenemos que lanzarnos a la guerra! ¡Todos los curacas y caciques de
los valles, vamos a mudarnos la flecha de la alianza, para emprender
juntos la guerra! ¡Aquí está nuestro jefe, nuestro soberano!… Era lo
único que nos faltaba: ¡un general capaz de llevarnos al triunfo!…
¡Porque nosotros no somos guerreros, somos pastores, somos agricultores!
¡Criamos las llamas en las alturas y cultivamos el maíz en el llano que
surcan nuestros acueductos, nuestros canales, nuestras acequias, hechos
con tanto esfuerzo y tanto arte como los de nuestros hermanos del Perú!
Tejemos la lana y el algodón y teñimos las telas con las raíces de la
tierra y la savia de los yuyos; fundimos y esculpimos el cobre, curtimos y
aderezamos el cuero, labramos la piedra y la madera, modelamos y cocemos
la arcilla… ¡Somos pacíficos, somos bondadosos! ¡Vemos en el hombre un
igual y un hermano, y si la entrada de nuestras montañas está fortificada,
si hemos alzado pucarás, terraplenes y altas y gruesas pircas, es sólo
para defendernos y defender a los nuestros en caso de inicuo y sangriento
ataque!… ¡Ah! pero si somos pastores, si somos agricultores, también
sabemos cazar el uturunco (tigre) y el puma (león), sin que la pica
tiemble en nuestra mano, ni la flecha se desvíe en su camino, ni los libes
caigan antes [98] de alcanzar su presa, ni la piedra de la honda
interrumpa su curva mortal, y el guanaco y la vicuña de las cumbres saben
bien cuánta es la velocidad de nuestra carrera, lo sigiloso de nuestra
marcha, la resistencia de nuestros músculos semejantes a la cuerda tendida
del arco. ¡Arriba, pues, hermanos, que estas otras fieras -los españoles
ávidos y sanguinarios- caigan al fin, pese a sus formidables armas,
arrollados por nuestro número, por nuestra perseverancia, por nuestro
valor, por nuestro odio!… ¡Pónganse sus cáscaras de cangrejos de
hierro!, la flecha sabrá hallarles la juntura, conducida por la justicia
de nuestro empeño… ¡Y si caemos mil, diez mil en la demanda, quedarán
diez mil, cien mil para vengarnos! ¡La tierra engendrará nuevos hombres, y
la tierra, y la montaña, y los elementos, serán nuestros aliados!…
-¡Yo os haré cañones! -clamó Bohórquez, enardeciendo aún más el
entusiasmo, haciendo vislumbrar el triunfo, provocando la admiración de
sus secuaces…
Otros caciques tomaron en seguida la palabra, para hacer con
elocuencia el proceso de los españoles, que los perseguían, los
torturaban, los mataban, los aniquilaban en el trabajo implacable de las
minas, desbarataban sus hogares, se llevaban sus mujeres y sus hijas, les
arrebataban su religión, sus costumbres, sus creencias…
-Yo, como mis antepasados -prometió el andaluz-, haré respetar los
derechos de todos: el suelo fértil se repartirá con equidad, vuestras
tierras serán labradas aun antes de las mías, restableceré en todo el
imperio el glorioso culto de Pachacamac, el alma del Universo, el
Huiracocha, el fantasma misterioso de Inti, el que vierte oro en las
lágrimas que llora…
Y así desarrolló un vasto plan que, para los caciques y curacas, era
el reverdecimiento de antiguos y ya marchitos esplendores
Роберто Хорхе Пайро. Липовый Инка. Roberto Jorge Payró. El falso Inca
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