mo
esclavos, a treinta y siete encomenderos, y que fue obligado a evacuar la
ciudad de Barco; la de 1562 en que el célebre caudillo indígena don Juan
de Calchaquí obtuvo la victoria en varios combates, al frente de numeroso
ejército; la de 1572 contra Abreu; la de 1582 en Córdoba, y por último la
gran campaña contra el gobernador Felipe Albornoz, iniciada en 1627…
Ya hacía, pues, muchos años que en los heroicos valles reinaba
aparente paz, sólo turbada de cuando en cuando por alguna parcial
refriega, a la que seguían inmediatamente feroces castigos e inhumanos
tormentos, porque los españoles consideraban que, siendo tan pocos, en
número, sólo el terror podía mantenerles sumisas aquellas masas
innumerables de hombres. Junto con el terror, la religión y los prodigios
celestiales, verdaderos o fingidos, completarían la obra…
Luis Enríquez, entretanto, terminaba de dar sus informes al español:
-El valle de Calchaquí, el vasto espacio que rodea las salinas de
Catamarca, los valles de Anillaco y Famatina, las gargantas y desfiladeros
de los Andes, todo hervirá en guerreros armados de lanzas, hachas, libes,
hondas y flechas en cuanto des un grito, y los pucarás verán sus murallas
cubiertas de defensores. He visto a los valerosos Quilmes, nunca vencidos,
en sus mesetas, frente al Aconquija; están dispuestos ¡oh, hace ya muchos
huatas! Los Andalgalás, de junto a las salinas, los Acalianes del valle de
Anucán, los lejanos Lules del Tucumanhao, arden en deseos de venganza e
independencia. ¡Los atrevidos Diaguitas quisieran comenzar hoy mismo la
lucha terrible, e igual pasa con los Escalonis, que abandonarán
entusiastas sus cacerías para dedicarse a otra más grande y más
sangrienta! El mismo ardor se observa en todas partes…
-¿Podré -preguntó Bohórquez con voz turbada-, podré ponerme desde
luego en contacto con algunos jefes?
-Podrás.
-¿Cuándo?
-No pasarán tres días sin que lleguen numerosos caudillos, adivinos y
sacerdotes a las inmediaciones de Choya. Allí [92] se reunirán, en una
gruta del Cerrito. Tú puedes, esa noche, hablar con ellos y resolver.
-¡Oh, Luis! -exclamó Bohórquez, conmovido a pesar suyo-. ¡Suceda lo
que quiera, tú serás mi segundo! ¡El príncipe más poderoso del imperio!
¡Séme fiel!
-Seré fiel a la venganza; sólo quiero la venganza -murmuró
apáticamente el indio- y para alcanzarla, todos los medios me parecen
buenos.
-¡Carmen! -gritó Bohórquez, sin parar mientes en lo que el otro
decía-. ¡No veo la hora de llegar a Choya! ¡Allí quiero esperar a los
jefes de mi pueblo!… Vamos, en marcha. ¡Sígueme tú también, Luis!
Y sin ayudar a su compañera a recoger los utensilios que en el suelo
quedaban, echó a andar a lo largo del río, por un estrecho sendero, paso
sin duda de los chasques que cruzaban el valle de norte a sur.
-Yo sé que no es inca, ni indio: es español, pero… ¡por ahora no
importa! -dijo Luis Enríquez a la mestiza, como si se le escapara un
recóndito pensamiento.
Carmen se puso sigilosamente el dedo en la boca, echó la alforja a la
espalda, y poniéndose en seguimiento de su amante, murmuró:
-Calla y espera.
La había sorprendido tal indiscreción en un indio, cuando éstos son
la reserva y la astucia personificadas. Pero luego pareció comprender.
-¡Bah! -se dijo-; es mestizo como yo: ¡haré de él lo que quiera!
IV
LOS CACIQUES
Anduvieron a buen paso, tanto, que ya a mediodía estaban frente a la
aldehuela de San Isidro, no lejos del lugar en que más tarde se fundó la
ciudad de Catamarca. La aldea, muy crecida, existe aún, y fue tomada por
los españoles como centro estratégico de observación, para que no pasaran
inadvertidos [93] los movimientos sospechosos de los indios. Un puñado de
miserables ranchos de barro y paja rodeaba una pobre capilla de cinco
varas de frente por unas veinte de fondo, paredes de adobe, techo de
troncos apenas desbastados, cubiertos de cañas, ramas y barro, y cuyas
puertas y altos ventanillos eran de toscas tablas. En ese templo primitivo
comenzaba a venerarse la hoy famosa imagen de la Virgen del Valle, a la
que, después de consumados los hechos que narran estas páginas, se
atribuyeron todos los tristes y sanguinosos horrores de la guerra, y cuyos
tesoros, atraídos por tales cruelísimos milagros, afluyendo a sus altares
han permitido luego alzarse una catedral.
Los viajeros no hicieron ni mención siquiera de asomarse a la
capilla. Continuaron su camino sin ser vistos por los habitantes de la
aldea, entregados a la siesta después del frugal almuerzo.
Algo más allá, en un espeso bosquecillo de algarrobos, ceibos y
garabatos, junto al río, hicieron fuego y se dispusieron a almorzar y
descansar también.
Al caer la tarde volvieron a ponerse en camino sigilosamente. Estaban
sólo a legua y media de la «encomienda» de Choya, y una vez atravesado el
río y el arenal que del otro lado se tendía en forma de playa, salpicado
de breas y cactus, no tardarían en llegar al refugio elegido. Pero
prefirieron hacerlo de noche, y descansaron varias veces para esperarla, a
la sombra de los árboles. Los «conversos» de la encomienda de Choya
estaban con ellos; en ningún caso les harían traición, pero bueno era
prevenirse contra miradas indiscretas…
Ya en plena obscuridad, tomaron un atajo para subir a la colina. Luis
se separó de ellos. Iba hasta las casas para ponerse en comunicación con
algunos habitantes, procurar provisiones, agua y armas para cazar y para
defenderse si el caso llegaba.
Bohórquez y Carmen subieron largo rato por una senda que culebreaba
en la escabrosa colina, hasta encontrar, al extremo de una vasta
explanada, una gruta que Luis les había indicado. Este refugio estaba
formado por un peñasco enorme que, rodando de la cumbre en algún
cataclismo, había ido a detenerse sobre otros dos que sobresalían de la
[94] falda de la colina y servían de paredes laterales a la cueva, muy
espaciosa, y cuya ancha entrada estaba disimulada por la vegetación:
grandes acacias espinosas y asclepiadeas y aristoloquiáceas que trepaban
por la roca como los bastidores de una decoración de teatro. Algo más
adelante, dos cereus gigantescos parecían custodiar la gruta.
En ella se instalaron, haciendo fuego para que todo estuviese pronto
cuando llegara Luis con las vituallas. El mestizo no tardó ni llegó solo.
Un indio iba con él, cargando dos grandes cántaros, uno de agua fresca y
otro de chicha, y llevando un cuarto de llama. Al notar su presencia
Bohórquez se retiró al fondo de la gruta, quedándose en un rincón obscuro,
como para evitar todo contacto con el plebeyo.
-¡Ahí está el hijo del sol, Huallpa Inca! -dijo Luis en voz baja a su
acompañante, que, con grandes manifestaciones silenciosas de respeto,
depositó su carga junto al fogón, dio unos cuantos pasos atrás sin volver
las espaldas y aguardó, sumiso, mirando al suelo.
-Puedes marcharte -agregó entonces Luis sin alzar la voz.
El indio -uno de los pretendidos conversos de Choya- desapareció en
las tinieblas sin haber despegado los labios. En el inextricable matorral
no se oyó siquiera el roce de su cuerpo con las hojas y el ramaje: más
ruido produjera una víbora arrastrándose por una losa de mármol.
-Aquí traigo algunas otras provisiones y armas -dijo Luis, dejando en
el suelo una bolsita de grano, un atadito de hojas de coca y dos arcos con
sus flechas-. Yo me quedo con este arcabuz; como tengo que partir
inmediatamente, será más útil en mis manos.
-¿Tienes que partir? -preguntó Carmen aprestándose a hacer la comida.
-Sí; aguardadme aquí ambos. Debo ponerme en comunicación con los
caciques para que acudan en la noche de pasado mañana.
Bohórquez y Carmen quedáronse solos y taciturnos, haciendo en
aquellos días vida de ermitaños, casi sin cambiar palabra, pero con el
pensamiento fijo en la misma idea. El andaluz hacía menos larga la
expectativa durmiendo a [95] ratos comiendo y bebiendo chicha. Pero, al
tercer día, cuando comenzaba a brillar la luna en su primer cuarto,
poblando el valle de borrosos fantasmas, Luis reapareció y tras é















Post a Comment