aquella
hazaña, y qué cebo atrajo al incauto; pero si callaba esos pormenores,
[87] recordaba en cambio gustosa la vida de fausto y de placeres que
gozaran los tres -Chamijo convertido ya en Bohórquez Girón, Sancho Gómez y
ella-, hasta que su amante fue enviado a purgar en la cárcel de Chile, no
sus delitos, que eran numerosos, sino el imperdonable crimen de haber
embaucado a virreyes y gobernadores del Perú, prometiéndoles descubrir
minas y tesoros -los famosísimos del Gran Paitití- que nunca se
encontraron…
Del presidio de Valdivia -donde volviera a encontrarse con Carmen-,
el andaluz, tan poco animoso cuanto amigo de baladronadas y bravatas, huyó
a Cuyo.
Carmen lo siguió con singular valor y abnegación, y allí colaboró en
el complicado plan de una intriga que había de elevar a su amante a la más
encumbrada grandeza. Allí también perfeccionó a éste en el conocimiento
del idioma quichua, y aprovechó con él todas las circunstancias favorables
para ponerse en comunicación con los indios del Calchaquí, preparándolos a
una guerra formal contra los conquistadores, y anunciándoles el próximo
advenimiento de un Hijo del Sol, sabio e indómito, guerrero, cuya ciencia
y cuyo valor centuplicarían las fuerzas de su pueblo.
Y cuando les pareció que el plan estaba suficientemente madurado y la
semilla de la insurrección bastante esparcida en terreno propicio, se
pusieron en marcha, atravesaron los Andes, y por los valles de Guandacol y
Famatina, sin tocar en Rioja por no dar trabajo a la autoridad, entraron a
la región calchaquí, futuro teatro de sus hazañas. Allí permanecieron
largos meses trabajando ocultamente en sus fines, hasta que resolvieron
dar el golpe decisivo, y emprendieron viaje otra vez. De eso hacía pocos
días.
Chamijo o Bohórquez, luego que se le hubo pasado la ira de la
reacción, se encaró con su compinche Sancho Gómez, hablándole
amistosamente.
-Caes -le dijo- como llovido del cielo, si es que, como presumo por
tus arreos militares, tienes algo que ver con el gobernador Mercado.
-Sí que tengo, y mucho -replicó Sancho-, pues no le sirvo sólo
cargando el arcabuz, sino también guardándole las espaldas en alguna
aventurilla, y hasta procurándosela si [88] es preciso. Ya sabes que yo no
soy hombre de tontos escrúpulos, ni de remilgos a lo dueña o rodrigón…
-Pues es preciso que me procures una entrevista secreta con el
gobernador Mercado y Villacorta.
-Don Alonso me la concederá en cuanto se la pida. Pero, vamos a ver:
¿qué es ello?, ¿de qué se trata?
Chamijo se acercó y habló al oído de su camarada, por largo espacio,
como si temiera que los mismos troncos de los árboles tuviesen oídos.
Gómez, escuchándolo, abría desmesuradamente los ojos. Por fin balbuceó:
-¡Pero corres a la horca!
-¡O a la grandeza! Deja la horca en paz, que ésa no llega hasta el
día postrero, y contesta: ¿Quieres ayudarme? No arriesgas nada, no te
comprometes en nada, y, si triunfo… si triunfo compartiré contigo el
beneficio…
-Pero… una traición -tartamudeó Gómez.
-No hay traición cuando se va con el que manda como soberano. Además,
quién sabe si llega el caso; sin embargo, siempre llegará el de los
maravedís, la holganza, el vino rancio y las buenas mozas. ¿Está dicho?
-¡Hum! ¡Hasta cierto punto!… Te procuraré la entrevista, y después
veremos… En todo caso puedes contar con mi discreción y mi honradez.
-Honradez de pícaro.
-Los pícaros no se engañan ni traicionan. ¡Bueno, con Dios! voy a
montar a caballo y seguir mi camino. A propósito, ¿dónde y cuándo nos
encontraremos?
-En Londres, dentro de una semana.
-En Londres, dentro de una semana. Está bien, no faltaré… Carmen…
¿no hay ni una caricia de adiós para un viejo amigo?
-¡Anda, vete, cara de chiqui! (diablo). ¡Que te acaricien tus propias
barbas, chancho del monte!
-¡Amable y dulce prenda! ¡cuán gratas me son tus palabras! -dijo
Sancho riendo, y alejándose por los matorrales en procura del caballo que
había dejado lejos para no hacer ruido, y ver sin ser visto a los que
acampaban en el bosque.
Apenas había desaparecido, una cara de indio asomó en [89] medio del
follaje, precisamente junto al sitio en que estaba sentada Carmen, mirando
a Bohórquez.
-¡Buenos días, gran jefe! -murmuró más que dijo el indio en quichua-.
Temprano te amanecen hoy las visitas importantes.
-¡Ah, Luis! ¡Te esperaba con impaciencia! Acércate.
-Con impaciencia aguardaba yo también, metido entre estas hojas, a
que se fuera ese alacrán, ese cangrejo vestido de cáscara dura. Es muy tu
amigo… Y has hecho bien en hablarle en voz baja, pues así como pude
haberte oído yo, pudo también escuchar algún otro…
-Muchas palabras gastas hoy -refunfuñó Bohórquez en castellano.
-Joven, hablas demasiado -añadió Carmen en quichua.
-Me preparo la lengua para las grandes noticias -replicó
tranquilamente el indio.
III
EL MESTIZO
-¿Las grandes noticias? -preguntó Bohórquez palpitante de interés y
emoción, mientras Carmen se acercaba instintivamente al indio, que se
había reunido a ellos, saliendo de la espesura.
-Sí. Estos últimos meses he recorrido las tribus, una por una, y
desde Humahuaca hasta más allá de las salinas, todas están prontas a
empuñar las armas por su independencia, arrojar a los españoles de las
tierras del sol, restablecer el imperio de los Incas y su vieja religión,
y reconocerte como su jefe y el hijo representante de Dios sobre la
tierra, aunque…
-¿Aunque? -preguntó sobresaltado Bohórquez.
-Aunque algunos afirmen que no corre por tus venas la sangre de Manco
Capac y Mama Ocllo, y aseguren que eres…
-¡Basta! -prorrumpió Bohórquez-. Castigaría esa audacia, si no se
necesitara de todos para nuestra grande obra. [90]
-¿También lo dices por mí? -preguntó el indio con la más
imperceptible ironía.
-¡También por ti lo digo, vasallo! -replicó Bohórquez, exagerando el
tono.
Luis guardó silencio y miró a Carmen, que le hacía una ligerísima
seña con los ojos.
-Deja, oh soberano, que este hombre siga dándote las noticias que
tiene -dijo la mestiza con fingida sumisión.
Luis Enríquez, que así se llamaba el indio, o más bien mestizo, pues
era hijo de un aventurero español que había seducido y abandonado a su
madre, quien lo educó en el odio y el desprecio hacia los conquistadores,
incitándolo a la venganza desde sus más tiernos años, servía desde tiempo
atrás de teniente y emisario a Bohórquez y agitaba infatigable las tribus
calchaquíes, preparándolas para el día del exterminio.
El sistema de las encomiendas, que convertía a los indios en
esclavos, so pretexto de «ampararlos, patrocinarlos, enseñarles la
doctrina cristiana y defender sus personas y bienes», tenía indignado a
todo el mundo, y pronto a lanzarse al combate; sólo faltaba un jefe, un
guerrero que pudiera conducir a la victoria a esas huestes bisoñas e
indisciplinadas, que si lucharon en anteriores sublevaciones fue para
convencerse sangrienta y dolorosamente de que les faltaban armas, y sobre
todo pericia.
La situación era doblemente insoportable para los indómitos
calchaquíes, que no habían usurpado su nombre de «dos veces bravos». En
efecto, aunque súbditos de los Incas, conservaban cierta autonomía hasta
la llegada de los españoles, y ellos mismos elegían sus caciques. Su
independencia fue luego total, mientras los conquistadores no invadieron
sus valles; y más tarde éstos no lograron nunca someterlos del todo, hasta
su exterminio completo.
Sus insurrecciones, que ocuparon un espacio de cerca de siglo y
medio, fueron innumerables y algunas terribles. Ya entonces se recordaban,
entre otras, las de 1536 contra Almagro; 1542 contra Diego Rojas, a quien
costó la vida; 1553 contra Aguirre, que, según los historiadores, había
cometido la iniquidad de repartir decenas de miles de indios [91] co















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