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Роберто Хорхе Пайро. Липовый Инка. Roberto Jorge Payró. El falso Inca


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al
gobernador y a los soldados a rendir gracias al Altísimo y a la Virgen del
Valle, pues era evidente que sólo un milagro había podido darles la
victoria… Y como milagro, rodeado de maravillosas circunstancias,
comenzó a narrarse ésta, poco después…
Los españoles tenían diez heridos de flecha, y uno o dos muertos,
según dijeron más tarde. Uno de los heridos era el secretario del
gobernador, don Juan de Ibarra Velazco, y otro el soldado de a caballo
Mateo de Frías, que más tarde llegó a capitán, lo mismo que Sancho Gómez.
Los fieles de la Virgen del Valle dicen que, cuando Bohórquez se
hallaba en los campos de Pucará, al frente de los feroces calchaquíes que
mandaba, los indios vieron la imagen de Nuestra Señora que, puesta delante
de los pocos españoles, los defendía de los infieles ataques. La
intervención de la Virgen, según la misma leyenda, hizo poner en fuga a
los indios sublevados, que llegaban al número de 20.000. Agrega que el
chasque enviado por los españoles a Tucumán, en demanda de refuerzos, fue
atacado por los calchaquíes, que no pudieron hacerle daño ni impedirle el
paso, porque la Virgen acudió personal y visiblemente a protegerlo,
abriéndole paso.
Dice también que en aquella oportunidad un gallardo y hermoso joven,
con preciosas vestiduras blancas, coleto, broquel y plumas en el sombrero,
montado en brioso caballo blanco y empuñando una espada fulmínea,
atropellaba con increíble agilidad y fuerza las hordas de infieles,
sembrando en ellas la muerte y el espanto: era indiscutiblemente el
Arcángel Gabriel, mandado por la santa Virgen del Valle. Así atacados, los
indios de Bohórquez no tardaron en darse a la más vergonzosa fuga, siendo
perseguidos por el puñado de españoles, cuya pérdida hubiese sido segura
sin aquella intervención sobrenatural… Lástima que la mitología tenga
tan poca inventiva y que se reproduzcan tanto y tan exactamente estos
poemas religiosos, desde los primeros años de la historia
Luis Enríquez, entretanto -ligeramente herido-, se había [141]
precipitado tras de Bohórquez, a quien alcanzó a una legua del lugar del
combate, a tiempo que un grupo de calchaquíes, indignados y sedientos de
venganza contra él, se preparaban a asesinarlo.
Enríquez tuvo que interponerse y hasta echarse a la cara el arcabuz,
para salvarle la vida. Pero la señal estaba dada, el prestigio del Inca
amenazado y vacilante, su existencia misma en peligro… Así lo insinuó el
mestizo al charlatán, arrastrado por la elocuencia y la facundia a hechos
para los que no estaba preparado.
-¡Hay que perseverar o morir! -díjole Enríquez sin embargo.
Cuando se reunieron con Carmen, que los aguardaba en un caserío de
aquellas inmediaciones, la mestiza, instruida de la derrota y de la
vergonzosa fuga de Bohórquez por algunos indios dispersos que se le habían
adelantado, arrojose en brazos de su amante.
-¡Pedro, Pedro! -exclamó-. ¡Vámonos de aquí! ¡No quiero grandezas que
puedan costarte la vida!
Bohórquez se estremeció, pues así pensaba él también… Enríquez miró
a la india y al andaluz con soberano desprecio.
-¡Ah! ¡Si yo fuera el falso Inca! -pensó-. Pero este uritu…
(papagayo).

XIV
ENTRE DOS FUEGOS
Carmen curó la herida de Luis Enríquez con agua de tusca y otras
hierbas medicinales, y los tres fueron a refugiarse en una de las muchas
aldehuelas abandonadas que había entre las breñas, pues sabido es que no
sólo se despoblaban los valles por la invasión de los españoles, sino que
también los indios acostumbraban cambiar con cierta frecuencia sus
habitaciones, por lo que es hoy tan difícil calcular el número exacto de
los calchaquíes. [142]
La aldea, o más bien, las ruinas de la aldea, estaba en una altura,
edificada en redondo, con pirca de piedras sueltas, y cercada de cardones
y árboles espinosos. Allí durmieron, al abrigo de cualquier sorpresa,
lejos como se hallaban de todo camino transitable. Cuando despertaron, el
sol estaba alto ya.
-¿Qué hacemos aquí? -preguntó Enríquez-. ¡Vamos en busca de nuestros
hermanos!…
-Ve tú -replicó Bohórquez-, y envíame algunos guerreros leales, pero
en quienes yo pueda confiar de veras, para que formen mi guardia y me
sirvan de mensajeros si es preciso. Tengo que meditar lo que conviene
hacer en estas circunstancias…
-¡Meditar, meditar! -refunfuñó el mestizo-. ¡Lo necesario es
obrar!…
Sin embargo, se marchó, en parte para cumplir los encargos de
Bohórquez, en parte -y la principal-, para ponerse en contacto con los
indios, cuyo único general era ya, probablemente… Bohórquez sentíase
presa de horrible desaliento: su pobre cabeza de hablador y titiritero no
podía abarcar el problema y hallarle una solución. Sólo pensaba en
escapar: en escapar de los indios…, en escapar de los españoles.
Estaba entre dos fuegos: los calchaquíes, aunque dispersos y
desmoralizados, lo matarían si lo encontraban en la inacción: los
españoles, ansiosos de dar un terrible ejemplo, lo ahorcarían
irremediablemente si llegaban a ponerle la mano encima. ¡Cuán lejos estaba
el hábil embaucador que mareara y embriagara a Mercado y Villacorta con
sus sueños de tesoros y conquistas! ¡Cuán lejos el elocuente jefe que
prometía a los indios la victoria y la independencia! ¡Apenas si, entre
aquellas ruinas de un pasado que no renacería jamás, quedaba el miserable
Pedro Clavijo, el sobrino del gitano bellaco que lo trajo a América, el
ahijado del ventero de la Quinga, el saltimbanqui jugador de manos y
fullero, cuyas andaluzadas lograron embaucar a otros, pero no enaltecerlo
a él, ni darle corazón ni talento!…
-Yo creo -tartamudeó aquel guiñapo de hombre, dirigiéndose [143] a
Carmen, después de larga meditación-, yo creo… que lo mejor sería pedir
indulto…
-Pídelo -contestó la mestiza, aterrada también por el porvenir que se
desarrollaba ante sus ojos.
-Ve a pedirlo, yo te aguardo aquí.
-¿A quién? -dijo Carmen, siempre abnegada y sumisa, dispuesta a
sacrificarse cuantas veces se lo pidiera su amante.
-Al gobernador Mercado… Él no te niega nada.
-¡Voy! -contestó la mestiza, poniéndose en pie, y envolviéndose en su
manto.
-¡No! ¡Espera! ¿Piensas dejarme solo? -dijo aterrado Bohórquez, tan
pusilánime cuanto altivo se mostrara en la grandeza.
Carmen se volvió a sentar, y así pasaron las horas en silencio.
Por fin llegaron varios indios a ponerse a las órdenes del Inca, y
Carmen partió.
El cerebro de Bohórquez trabajaba sin descanso, aguijoneado por la
zozobra. No pudo comer de las provisiones que le llevaran los indios, y a
cada instante se asomaba por las pircas, como si Carmen pudiera regresar
tan pronto, o como si temiese algún ataque de sus enemigos. Los indios,
armados de flechas y hondas, cuchicheaban entre sí, mirando a su jefe:
pero no era por hostilidad; se preguntaban, sencillamente, ¡qué gran plan
estaría madurando el Hijo del Sol!…
Así pasó un día. Así pasaron dos… Al tercero apareció Carmen,
demudada, rendida de fatiga.
-El gobernador no puede indultarte -dijo.
-¡Cómo! -exclamó Bohórquez aterrado.
-¡No puede! Dice que tiene órdenes formales y terribles del virrey
para prenderte y enviarte a…
-¡Antes moriré peleando! -gritó aquel pusilánime con un resto
postrero de energía.
-Pero -agregó la mestiza-, Mercado añade que puedes pedir ese indulto
a las autoridades superiores, y que él…
-¿Y que él? ¡Acaba!
-Que él puede concederte una tregua, mientras llega ese [144] indulto
o su negativa, si te comprometes a que los indios permanezcan entretanto
tranquilos.
El rostro de Bohórquez se iluminó. ¡Aquello era la salvación o poco
menos! En seguida despachó un propio a Mercado y Villacorta aceptando
todas sus condiciones, bajo juramento, y otros a Chuquisaca y a Lima,
solicitando su indulto, y diciendo que, una vez retirado él, no habría más
guerra en Calchaquí…

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Tags: Bolivia, carta, Chile, cita, cuento, ensayo, Espana, fantástico, historia, inca, nota, novela, pieza, poema, verso

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