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Роберто Хорхе Пайро. Липовый Инка. Roberto Jorge Payró. El falso Inca


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El gobernador inició las conferencias diciendo que la exaltación de
Bohórquez era no sólo la mejor, sino quizá la única garantía de paz en tan
comprometidos momentos; que los españoles no lograrían sojuzgar a los
naturales si éstos se rebelaban, y que, en cambio, el falso Inca podía
mantenerlos quietos, y lo que es más, obligarlos a convertirse a la santa
religión católica, abandonando su infidelidad e idolatría…
Bohórquez abundó en razones análogas: declaró que su único conato era
establecer de una vez para siempre el imperio de la Santa Cruz. Pero cuidó
de evocar acto continuo la embriagadora fantasmagoría de los tesoros, las
minas y las huacas. Conquistó, arrebató, enloqueció a gran parte de su
auditorio. Sin embargo, no logró amordazar todas las opiniones contrarias,
a despecho de Villacorta. Y cuando se trató de su reconocimiento como
Inca, la discusión llegó a ser acre y violenta.
-¡No cabe vacilación! -gritaba el gobernador- puesto que ese título
dado a este hombre nos abre todos los caminos, afirma la paz, nos entrega
los indios. No dárselo es declarar la guerra… ¡Y la guerra es nuestra
muerte!
-No hay más Inca que Su Majestad el rey de León y de Castilla
-vociferó el anciano capitán don Pedro de Soria y Medrano-. ¡Dar ese
título a otro hombre cualquiera, es [124] hacerse reo de lesa majestad,
cometer el delito de alta traición!
Esto enfrió un tanto a los partidarios del reconocimiento, pero
Bohórquez supo tentarlos otra vez. Sin embargo, cuando hablaba de los
inmensos beneficios que la religión alcanzaría, el modesto cura Aquino lo
desconcertó con esta interrupción:
-¿Y cómo se quiere, puesto que este hombre no es Inca, alzar sobre
una notoria mentira la majestad de la divina Verdad?
Pero, aprovechando el helado silencio que esta objeción ingenua y
perentoria había producido, el padre Torreblanca inclinó el platillo,
murmurando entre un suspiro, y de modo que se le oyera:
-¡Por todas partes se va a Roma!
Esta oportuna imitación del célebre Paris vaut bien une messe,
decidió el triunfo del codicioso gobernador y el audaz aventurero. La
asamblea, aunque por escasa mayoría, resolvió lo siguiente:
«Pedro Bohórquez volvería al valle de Calchaquí, para fomentar con su
enorme prestigio el progreso de la religión cristiana y de la monarquía, y
en compensación se le daba, en nombre del gobierno de Su Majestad,
jurisdicción de teniente gobernador, Justicia Mayor y capitán de guerra, y
se le permitía usar el título de Inca y sus insignias y vestiduras».
Realmente indescriptible por lo profundo y silencioso fue el regocijo
de los indios: ¡tenían una cabeza visible, un lazo vidente de unión! Y su
entusiasmo subió aun de punto cuando el gobernador Mercado y Villacorta
envió a Bohórquez un traje espléndidamente bordado, procedente del Perú,
un llautu de oro coronado por el sol, y el chonta de mando con el símbolo
de Chasca, ¡el Lucero! ¡Tanto pueden las apariencias… aunque en este
caso las apariencias tenían una invisible pero enorme base de realidad!
Bohórquez, entretanto, siguiendo la comedia, hizo que varios curacas
dieran al gobernador falsos derroteros de huacas y tesoros -uno de ellos
precisamente en un pueblo adicto al español, para unir la burla al engaño.
Mercado se [125] contentó por el momento con esos datos al parecer
positivos y mandó practicar excavaciones…
La despedida del falso Inca fue tan espléndida como su recepción.
Bohórquez triunfaba, sin mirar al día siguiente. Sólo pasó un momento
amargo cuando ya iba a salir de Londres.
-¡No hay huacas, señor don Pedro -le dijo el obispo Maldonado,
dándole a besar el anillo- y los tesoros que nos han de dar son
flechas!…

X
EN LA PENDIENTE
Enríquez no había asistido a las fiestas de Londres, y Carmen las
presenció, fue sin llamar la atención de nadie ni tomar parte activa en
ellas. Pero cuando Bohórquez salió de la ciudad, volvieron a reunirse los
tres, Carmen con la aparente impasibilidad de costumbre, el andaluz
enorgullecido y pomposo, Luis inquieto.
Bohórquez acabó por notar la preocupación de su segundo y le
preguntó:
-¿Qué tienes? ¿en qué piensas?
-En algo muy grave -contestó solemnemente el mestizo-. Tengo una
misión para ti…
-¿De quién?
-De los curacas y caciques.
-¿Qué piden?
-No piden nada. Declaran que ha llegado el momento de prepararse y
lanzarse a la guerra.
Bohórquez palideció, mirando a Carmen, silenciosa.
-¿Desde cuándo -exclamó por fin- los vasallos envían a sus soberanos
declaraciones que son órdenes?
-Desde que los soberanos mandan sólo en virtud de compromisos
contraídos.
-¿Y si yo no hiciera caso de esa declaración? [126]
-Quizá te fuera en ello la vida.
-¿Es esto una amenaza? -gritó Bohórquez.
-¡Es! -contestó fría y lacónicamente Enríquez.
El andaluz se estremeció, pero aún acertó a balbucir:
-¡No olvides en tu insolencia que nuestra ley condena también a
muerte a los traidores y a los blasfemos del Sol y del Inca!
-Soy mandado -replicó Luis, más bien corroborando que retirando la
amenaza.
Cuando quedaron solos, Carmen aconsejó a Bohórquez:
-Plegarte a su voluntad es el único camino que te queda -le dijo-.
Los españoles van a reclamarte los tesoros ¿y qué piensas que harán,
cuando no se los des, como no puedes dárselos? ¡Sin la guerra, o te
asesinan los calchaquíes o te ahorcan los españoles: no tienes escape,
pues en último caso, los mismos indios te entregarían! ¡Con la guerra, es
otra cosa! Contando con millares de partidarios, puedes triunfar,
consolidarte, ser Inca de veras, y en las circunstancias peores, negociar
con Villacorta, sacar ventajas para ti, para mí, para los tuyos, y
retirarte en seguridad y con riquezas…
-¿No sería mejor marcharse, huir de aquí? -tartamudeó Bohórquez
aterrado ante el cuadro que se ofrecía a su vista.
-¡Demasiado tarde! ¿Y a dónde irías? ¿Al Perú, a Chile, donde te
aguardan la cárcel o el cadalso? ¿A Buenos Aires, en que te alcanzaría la
venganza de Villacorta? ¿Al Chaco, donde nos moriríamos de hambre?…
-¡Qué fatalidad! -murmuró el aventurero, entreviendo por primera vez
la magnitud de la empresa que había acometido, sin luces ni carácter para
coronarla.
-¡Ten ánimo! -insistió Carmen-. La guerra es el mejor partido, y
quién sabe aún todo lo que ganaremos con ella.
Ésta fue su constante prédica durante la nueva campaña que
emprendieron de pueblo en pueblo, hasta llegar a Tafí, de modo que cuando
el padre Torreblanca acudió apresuradamente a pedirle una entrevista en
dicho punto, Bohórquez estaba ya más entero y pudo asistir a ella con su
habitual desparpajo e insolencia. [127]
A las primeras frases del jesuita que le pintaba con vivos colores la
conflagración del país, donde cada día se producían choques sangrientos,
asaltos, saqueos y hasta verdaderos combates de que lo hacía único
culpable y responsable ante Dios y los hombres, el andaluz replicó, lleno
de altivez:
-¡Perdonad, padre, pero no tengo cuenta que daros!…
El hábil sacerdote, viéndolo todo perdido, aún halló medio de
contemporizar, halagando la vanidad de aquel pobre hombre que parecía
tener en su mano los destinos del reino, y le arrancó el consentimiento de
una conferencia con el gobernador.
Ésta se celebró poco después, y como para demostrar más la debilidad
de Villacorta, vuelto en sí de sus sueños de riqueza, y el
ensoberbecimiento del Inca y los suyos, el primero asistió con sólo tres
personas de su comitiva, y Bohórquez con un gran estado mayor de curacas y
caciques. Pero afectó sumisión y docilidad, en cambio. Prometió seguir
manteniendo la paz, mientras de él dependiera, y como Villacorta le
enrostrara el abuso de llamar caciques y curacas a consejo, sin
autorización suya ni asistencia de los Justicias españoles, aseguró

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Tags: Bolivia, carta, Chile, cita, cuento, ensayo, Espana, fantástico, historia, inca, nota, novela, pieza, poema, verso

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