ntre
otras cosas-, siempre será un personaje de feria. ¿Y no comprendéis que
puede verse, y se verá sin duda, en el caso de elegir entre la muerte
ominosa del traidor, infligida por los indios, o la insurrección contra el
poder de España, que es traición también, pero cuyo castigo sería siempre
más tardío? ¡Los hombres de su estofa no vacilan: eligen el camino de su
seguridad, aun a costa de dejar en él su honra hecha jirones!…
Carmen volvió a la carga sin desmayo, y tanto hizo, de tal modo
embriagó al gobernador con fantasmagóricas evocaciones de grandeza,
riquezas y poderío, que éste, a despecho de todos los consejos y todos los
vaticinios, acabó por decirle:
-¡Bien! ¡Que Bohórquez aguarde! Mañana me marcho a Rioja y Córdoba,
pero antes de mi regreso le enviaré un propio, señalando el día de la
recepción… ¡Tal es mi voluntad, pues no quiero que la envidia me detenga
en mi camino!
En este juego de intrigas, falsedades y corrupciones, los indios no
se habían dejado embaucar tampoco sino en apariencia, y sabían
positivamente quién era Bohórquez, pero lo consideraban inapreciable
instrumento de sus fines, como lo viera con ingenua sagacidad el obispo
Maldonado, y [120] con ojo de cóndor el padre Torreblanca, quien decía
para sí, tras del divide ut imperes, algo menos clásico pero exactísimo en
la circunstancia:
-La sublevación es inevitable, pero con un jefe como Bohórquez,
necesariamente fracasará. Ahí no hay cabeza sino labia y audacia. Bueno
es, pues, que el mando quede a este charlatán, embaidor e ignorante…
Dará coces al aguijón… Y aunque perezcamos en una de ellas… la obra se
salvará.
Y el padre Torreblanca no se opuso nunca al engrandecimiento del
andaluz; pues, en definitiva, los frailes fueron quienes conquistaron
América para España…
En suma, Bohórquez trataba de embaucar al propio tiempo a los indios
y los españoles; el gobernador Alonso de Mercado y Villacorta quería
servirse de los indios, los españoles y Bohórquez; los indios se
esforzaban por utilizar a Bohórquez, el gobernador y los españoles, por
consiguiente, hasta hallarse en buen pie de guerra y el padre Torreblanca,
que veía esto tan evidente cual si estuviera impreso en su breviario,
pensaba que todo ello redundaría fatalmente en la grande obra de que era
silencioso e importantísimo colaborador.
Pero, en cambio, si don Alonso y Bohórquez estaban ciegos, los
astutos curacas veían tan claro como el jesuita: no en vano estaban hechos
al gobierno de hombres tan listos y disimulados, no en vano soñaban
también con una grande obra. Sus espías estaban en todas partes, hasta en
el seno mismo de las familias españolas, hasta en los cuarteles y cuerpos
de guardia, en el presidio del Pantano, en los fuertes: ¡qué! hasta en los
consejos, hasta en el propio gabinete del gobernador.
«Porque -como dice un historiógrafo- no hay raza que aventaje a estos
indios en astucia, actividad, disimulo y unión; y cosas he visto que me
hicieron suponerlos, más que hombres, duendes, si existiesen éstos».
Servirse de Bohórquez, valerse de sus conocimientos tácticos (pues
como español debía poseerlos, a juicio de los indios), apoderarse de las
armas de fuego que sin duda sabría procurarlas, y mantener dormidos y
confiados a los conquistadores; tal era su plan, cuyos preliminares no
tardaron en comenzar a cumplirse. [121]
Cierto día, en efecto, llegó a Bohórquez un mensajero comunicándole
que en la primera quincena de julio sería solemnemente recibido en Londres
por el gobernador Mercado y Villacorta, con todos los honores debidos a su
rango. Los chasques comenzaron a cruzar la campaña, convocando a curacas y
caciques; los humos de antemano convenidos, trasmitieron en pocas horas la
noticia, del uno al otro confín del Tucumán, y Bohórquez no tardó en verse
en Andalgalá, donde estaba, rodeado por numerosa corte, representativa del
pueblo entero.
Con ciento diecisiete caciques púsose en camino, pero en Pilciao,
otro enviado del gobernador le pidió, en nombre de éste, que se detuviera
allí, hasta tanto se terminaran los preparativos de la recepción, que eran
grandes y exigían tiempo.
Una semana entera permaneció la corte incásica alojada regiamente en
Pilciao por cuenta de la corona de Castilla y de León…
IX
LA RECEPCIÓN DEL INCA
Mercado y Villacorta, entretanto, había llegado de Córdoba a Londres
reventando caballos y tomando por el terrible atajo de Quilino -tumba de
tantos viajeros audaces- sólo por ganar unas cuantas horas.
Una vez en Londres organizó fiestas realmente fastuosas para el lugar
y las circunstancias, citó más que invitó a cuantos hidalgos y sacerdotes
habitaban en las cercanías, convocó a los vecinos de Rioja y al valle de
Catamarca, y retiró ochenta soldados del presidio de Andalgalá, para que
sirvieran de guardia de honor.
Por fin, el 30 de julio de 1657, Bohórquez y su séquito llegaron
pomposamente a la vista de Londres. Mercado salió al encuentro del falso
Inca, vestido de gala, a caballo, con numeroso cortejo de hidalgos,
capitanes, clero, soldados y pueblo. Éste se aglomeraba en torno de los
señores, vitoreando [122] unos al Inca, otros al gobernador, pero
fraternizando indios y españoles. Tuvieron que desandar cerca de una legua
para volver a la ciudad, adornada con banderas, follaje, bordados y
colgaduras, como para una procesión del Corpus. Una vez allí, frente a la
iglesia, Bohórquez dio un golpe de efecto que llevaba preparado, y que
desarmó muchas resistencias: algunos indios provistos de tijeras,
acercáronse a los curacas que, fingidamente sumisos, se dejaron cortas las
largas melenas -acto que en otros tiempos bastara por sí solo para
provocar una sangrienta y larga insurrección, y que en aquel momento era
un soberbio ardid para bien de la causa india y adormecimiento de los
españoles…
-¡Ay! -exclamó amargamente el obispo Maldonado que presenciaba la
ceremonia- ¡estribar en que se cortan los cabellos, cuando todos los días
se los cortan!…
La comitiva entró luego en la iglesia, entre vítores de pueblo, para
asistir a las solemnes vísperas de San Ignacio celebradas por los padres
jesuitas Torreblanca, Eugenio de Sancho y Patricio Perea. El Inca ocupó,
como sitio de honor, un almohadón del lado de la Epístola, junto al altar,
y terminada la función religiosa fue acompañado hasta su alojamiento en el
Cabildo por el mismo Mercado y Villacorta, los sacerdotes, los notables,
la milicia, el pueblo…
Comilonas, aloja y chicha a discreción fueron aquella tarde y noche
obsequio para los huéspedes y vecinos alborozados, cuyo entusiasmo
ficticio subió de punto, y desde el día siguiente hubo fiestas y
algazaras, que los cronistas exageraron después a porfía, sin temor al
anacronismo, y equiparándolas por lo menos a los festivales que en aquella
época se celebraban en la misma corte de los cristianísimos reyes de
Castilla y de León.
Pero no es menos cierto que indios y españoles rivalizaban en
demostraciones de satisfacción y fino amor de respeto, aunque
probablemente con reservas mentales de una parte y otra.
Y mientras la gente de túnica y la de chupa corta se entregaban a la
alegría y a la chicha de maíz, remojando los grandes bocados de patay y
otros manjares del tiempo [123] y la región, en el Cabildo de Londres
comenzaron las solemnes conferencias en que Bohórquez representaba, solo,
al pueblo calchaquí, reuniones que presidía el gobernador de Tucumán, don
Alonso de Mercado y Villacorta, asistido por su secretario, don Juan de
Ibarra Velázquez, y a las que concurrían con voz y voto, Su Señoría
Ilustrísima fray Melchor de Maldonado y Saavedra, los ya citados jesuitas,
el cura Aquino, del Valle de Catamarca, el licenciado don Cristóbal de
Burgos, doctrinante de los naturales, el licenciado presbítero don Pedro
de Villafañe, el vicario y juez eclesiástico del Valle Viejo, maestro don
Nicolás de Herrera, los capitanes don Pedro de Soria Medrano, Juan de
Ceballos Morales, Oliver, el teniente don Francisco de Nieva y Castilla y
otros hidalgos y vecinos principalísimos de Londres, Rioja, Santiago y
Valle de Catamarca















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