Роберто Хорхе Пайро. Липовый Инка. Roberto Jorge Payró. El falso Inca


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Роберто Хорхе Пайро. Липовый Инка.
Roberto Jorge Payró. El falso Inca.

El falso Inca
Roberto J. Payró

Buenos Aires, 1904-1905.

Señor Carlos Correa Luna.

Mi querido Carlos:

A tu buena y vieja amistad, que sabrá apreciar el corto presente,
dedico estas cuartillas que no son de historia ni de novela, aunque de
ambas tengan lo bastante para no ser ni fruto solamente de la fantasía, ni
árida reproducción de antiguos hechos. Diremos que es una crónica, escrita
por un repórter que suele olvidarse de la actualidad para averiguar el
pasado.
Bohórquez va, pues, a ti y al público, sin pretensión mayor, por muy
charlatán que sea. ¡Y el cielo te libre y libre a los lectores de tantos
de su calaña como andan por estos mundos, prole distinguida y nunca
bastante ponderada del insigne andaluz!

Afectuosamente

Roberto J. Payró
[83]
I
FORASTEROS EN EL VALLE
Dos viajeros, un hombre y una mujer, indígenas a juzgar por su
aspecto y traje, cruzaban al caer la tarde de un tibio día de mayo de
1656, el amplio valle de Catamarca: el sol iba a ponerse tras del Ambato,
los viajeros parecían rendidos por una larga jornada, y cerca no se veía
habitación alguna.
-Aquí podíamos quedarnos -dijo el hombre en castellano, señalando un
alto paaj puca (quebracho colorado), que sobresalía en un bosquecillo de
algarrobos, vinales y mistoles, entretejidos de enredaderas.
-Como te parezca -contestó la mujer, que tenía marcado acento
quichua, así como andaluz su compañero.
Depositó bajo el árbol las alforjas de lana de colores que llevaba, y
haciendo en seguida un montón de ramillas y hojarasca, batió el eslabón e
hizo fuego, en la creciente obscuridad de la noche que caía. Bajó luego
hacia el Río Grande, que corría a pocos pasos, llevando en la mano un
ancho tazón de barro cocido, y volvió con él lleno de agua, preparándose a
cocer el maíz que, con un poco de grasa, ají y sal como condimento,
constituiría su frugal comida.
El hombre, silencioso y apático, se había tendido en la espesa yerba,
con los brazos bajo la cabeza, masticando lentamente un acuyico de coca.
-A estas horas -murmuró por fin- ya está avisado todo el mundo, y
todo el mundo ha recibido la noticia con regocijo...
-Algunos habrá que no creerán -replicó la mujer.
-¡Pero callarán, porque les conviene, porque es la realización de sus
deseos, Carmen!... ¡Oh! ¡el plan está bien madurado, y es magnífico!...
Sólo falta encontrar el medio [84] de acercarnos al gobernador... Y si él
se deja envolver...
-¡Es tan ambicioso!... ¡Ha perseguido, azotado, dado tormento a
centenares de indios, para arrancarles el secreto de sus tesoros! -exclamó
Carmen, con vaga sonrisa de burla-. Ea, vamos a comer, que este cocimiento
ya está.
-¡Y ni siquiera un poco de aloja para refrescar! -murmuró el hombre.
-No te apures, Perico, que si esto no es tan bueno como los festines
del Potosí, día llegará en que los tendremos mejores. ¡Un Inca con
millares y millares de súbditos!...
-Come y calla, que en boca cerrada no entran moscas.
Comieron silenciosos en medio de la sombra que había llenado el
valle, entonces mucho más fértil que hoy, pues el Río Grande del Valle
Viejo que bajaba desde cerca de las faldas del Pucará, y el río Tala, que
descendía del Ambato, no interrumpían nunca su corriente, y en verano,
crecidos con los deshielos, lo inundaban, fecundaban y reverdecían todo.
El fuego, entretanto, iluminaba fuertemente el rostro atezado del
hombre, en el que fosforecían dos ojos pequeños, negros y vivos. Era de
corta estatura, vestía una mala túnica de lana y un poncho de colores, y
llevaba en los pies ojotas, o sandalias de cuero sin curtir. Parecía,
pues, un indio, pero, aun sin oírlo hablar, un europeo observador hubiera
notado en sus ojos de corte horizontal, en la línea de su nariz y en sus
movimientos bruscos y nerviosos, nada apáticos por cierto, que no
pertenecía a la raza calchaquí.
Carmen, su acompañante, presentaba rasgos de india, y rasgos de
española. Tenía el rostro de cobre dorado, ojos negros, muy grandes,
dulces y tranquilos, pero en que a veces brillaban llamaradas de
inteligencia y viveza, nariz fina, cabello como el azabache, algo rudo y
ondulado, labios gruesos y rojos, frente estrecha y límpida. Iba envuelta
en un manto que ocultaba sus ropas caídas y se ceñía coquetamente a sus
redondas formas, pero los brazaletes y ajorcas de sus brazos y tobillos,
los grandes pendientes de sus orejas y los topus cincelados con que se
sujetaba el cabello, parecían indicar una mujer rica, si no de clase
elevada. [85]
-¡Si vendrá mañana! -exclamó el hombre, acabando de comer.
-¿Lo citaste aquí mismo? Pues vendrá, no te quepa duda, Pedro. Ahora,
lo mejor es dormir.
La noche pasó silenciosa y tranquila, sin más rumores que el de las
hojas movidas por la brisa y humedecidas por el rocío, el canto de las
ranas, y algún lejano gruñido de puma o de jaguar en exploración por la
selva y las quebradas.
Poco antes de amanecer, un vocerío y un zurrido incesantes y
crecientes los despertaron. Inti, rey de lo creado, anunciaba su llegada,
y la naturaleza entera se aprestaba a recibirlo. Alzaban alto el vuelo, el
gavilán, el carancho, el chimango; el cuervo formaba sus negras cuadrillas
de salteadores; el cóndor, como un puntito imperceptible e inmóvil, bogaba
sin esfuerzo en los aires; y entre las ramas, el rey de los pájaros y el
ñaarca se trazaban sus planes de emboscadas, mientras en los árboles o
sobre la yerba charlaban o cantaban loros, kcates, carpinteros, horneros,
zorzales, venteveos, viudas, mirlos, boyeros, cardenales, calandrias y
guilguiles... alternando con el grito de las pavas del monte, las
charatas, las chuñas, o el arrullo de las torcazas, las bumbunas y las
tórtolas, o el silbido de las perdices y las martinetas...
Carmen volvió a hacer fuego. Pedro mascaba coca, cambiando pocas
palabras, en plena tranquilidad, cuando una gruesa voz de hombre los hizo
poner en pie de un salto. ¡No era para menos! La voz decía:
-Ea, Pedro Chamijo, ¡date, date que no hay escape!...
Y en efecto, la boca de un arcabuz apuntaba al descuidado viajero, y
tras del arcabuz se veía la enmarañada barba, los ojos lucientes, las
manos rudas y la cola de cuero, la chupa y el casco de un soldado español.
[86]

II
VISITA INESPERADA
No era aquello lo que aguardaba la pareja tan bruscamente
interpelada. El hombre, ya en pie, tuvo un violento temblor, y se le nubló
la vista. La mujer, más entera -quizá por lo menos amenazada-, consideró
un momento al soldado. El examen debió resultar favorable, pues en seguida
sonrió levemente y dijo con toda tranquilidad:
-Es Sancho Gómez.
Bajose el arcabuz, y el soldado se adelantó jovialmente, exclamando:
-¡El mismo, hermosa! Pero ¿qué andáis haciendo por aquí, cuando os
creía tan lejos?
Pedro pasó, por lógica transición, del susto a la ira, y
prorrumpiendo en una larga serie de blasfemias, acabó por decir:
-¡Vaya un modo de saludar a los amigos, Sancho Gómez! ¡Y cómo se ve
que ahora no me necesitas! ¡Me has dado un sofocón!...
-¡Bah! pelillos a la mar, y cuéntame lo que andáis tramando, tú y
esta buena pieza -dijo Sancho, sentándose en el suelo-. En buena hora me
ocurrió dejar el caballo, y acercarme con tiento a ver qué era este humo.
Si la tuya ha sido ingrata en el primer momento, la mía es una gratísima
sorpresa. ¡Vaya! ¡Desembucha, hombre de Dios! Cuenta, cuenta lo que haces.
Pedro Chamijo llamábase, en efecto, el viajero, y Sancho Gómez le
había conocido muy a fondo en Potosí, donde fuera su camarada de orgías,
aventuras e intrigas, tales que darían materia para la continuación del
«Lazarillo» o «El gran tacaño». Testigo y cómplice fue Gómez del ardid con
que Chamijo logró apoderarse no sólo de los quince mil duros de don Pedro
Bohórquez Girón, sino también de su ilustre apellido. Puesta en el potro
del tormento, puede que la gentil Carmen recordara cómo se produjo aquella

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