Мигель де Унамуно. Собрание сочинений. Miguel de Unamuno. Seleccion de textos
Uncategorized August 4th, 2006
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también fui á mis quince años secretario de esa misma Congregación, creo
saber algo de esto.
Á Rizal se le tuvo por protestante y por germanófilo, y ya se sabe lo que
esto quiere decir entre nosotros. En España y para españoles, pasar por
protestante ó cosa así es peor que pasar por ateo. Del catolicismo se pasa
al ateísmo fácilmente; porque, como decía Channing, y hablando de España
precisamente, las doctrinas falsas y absurdas llevan una natural tendencia
á engendrar escepticismo en los que las reciben sin reflexión, no habiendo
nadie tan propenso á creer demasiado poco como aquellos que empezaron
creyendo demasiado mucho. Es corriente oir en España declarar que, de no
ser católico, debe serse ateo y anarquista, pues el protestantismo es un
término medio que ni la razón ni la fe abonan. Y cuando alguien se declara
protestante le creen vendido al oro inglés. El protestante aparece ante
nosotros, más aún que como un anticatólico, como un antiespañol. El
ateísmo es más castizo aún que el protestantismo. La herejía se considera
un delito contra la patria tanto ó más que un delito contra la religión.
Y aquí era ocasión de decir algo sobre esa sacrílega confusión entre la
religión y la patria, el desdichado consorcio entre el altar y el trono
-no menos desdichado que aquel otro entre la cruz y la espada-, y las
desastrosas consecuencias que ha traído tanto para el trono como para el
altar. Pues es difícil saber si con semejante contubernio ha perdido la
religión más que la patria ó ésta más que aquélla.
En la nota (387) correspondiente a la página 306 de este libro, se hallará
un estupendo ukase (22) del gobernador que fue de Pangasinan, D. Carlos
Peñaranda, en que conmina á los cabezas de barangay (23) á que oigan misa
los días de precepto, bajo la multa de un peso si no lo hicieren. Esto era
un brutal atentado á la libertad y á la dignidad de aquellos ciudadanos
españoles, y á la vez una impiedad manifiesta. Porque obligarle á un fiel
cristiano católico á que cumpla los deberes religiosos de su profesión
bajo sanción civil, no es más que una impiedad; es privar á aquella
ofrenda de culto de su valor espiritual y es atentar á la libertad de la
conciencia cristiana. Si los frailes que hacían de párrocos en Pangasinán
hubieran tenido sentido religioso cristiano y católico, habrían sido los
primeros en protestar de ese atentado.
Y luego, léase una vez más aquel deplorable resultando de la orden de
deportación de Rizal por el general Despujol, aquel resultando en que se
dice que descatolizar equivalía á desnacionalizar aquella siempre española
-hoy ya no lo es- y como tal siempre católica tierra filipina. Contrista
el ánimo la lectura de tales cosas, y más á los que creemos que para
nacionalizar de veras á España, una de las cosas que más falta hacen es
descatolizarla en el sentido en que Despujol y sus consejeros y directores
espirituales tomaban el catolicismo. Pues acaso haya otro sentido en que
quepa decir que la Iglesia católica romana se está descatolizando.
Rizal pasó por un protestante, por un racionalista, por un librepensador,
y en todo caso por anticatólico. Y yo estoy convencido de que fue siempre
un cristiano librecreyente, de vagos é indecisos sentimientos religiosos,
de mucha más religiosidad que religión, y con cierto cariño al catolicismo
infantil y puramente poético de su niñez. No me chocaría que, aun no
creyendo ya con la cabeza en los dogmas católicos, hubiese alguna vez
asistido á misa en todas partes, y uno que nació y se crió católico, en
ningún sitio mejor que en un templo católico puede, fuera de su patria,
hacerse la ilusión de encontrarse en ella.
Condenado á muerte Rizal, bajo la inspiración del miedo sus jueces,
cayeron sobre él sus antiguos maestros los jesuítas y apretaron el cerco
con que de antiguo le venían asediando. Es una lucha tristísima.
Pocas cosas más instructivas como las relaciones del pobre Rizal con los
jesuítas, sus antiguos maestros. En ellas se ve de un lado el excelente
buen natural de él, su respeto y su gratitud á aquellos sus maestros que
le habían tratado, y trataban en general al indio, con más humanidad, con
más racionalidad, con más espíritu cristiano que los frailes (3*).
Y en ellas se ve también la irremediable vulgaridad y ramplonería del
jesuíta español, con sus sabios de guardarropía, con sus sabios diligentes
y útiles mientras se trata de recoger, clasificar y exponer noticias, pero
incapacitados por su educación de elevarse á una concepción verdaderamente
filosófica de las cosas.
En la nota (363) á la pág. 293 de este libro, dice Retana que aunque los
jesuítas ofrecieron publicar algún día el presente, y añade, no sé si con
ironía: “Respetamos las razones que tengan para mantener inéditas tan
curiosas cartas”. Yo, por mi parte, sospecho que aunque las de Rizal no
deben ser un asombro, ni mucho menos, de polémica religiosa -ya he dicho
que creo nunca pasó de un dilettante en tales materias como en otras-,
deben quedar, sin embargo, malparados los jesuítas. ¡Porque cuidado si son
éstos ignorantes, vulgares y ramplones en estas materias cuando son
españoles! Baste decir que anda por acá un P. Murillo que se permite
escribir de exégesis y hablar de Harnack y del abate Loisy (24), y lo hace
con una escolástica y una insipiencia que mete miedo.
No hay leyenda más desatinada que la leyenda de la ciencia jesuítica,
sobre todo de su ciencia religiosa. Son unos detestables teólogos y
exégetas más detestables aún.
Sólo á un jesuíta español como el P. Pastells pudo ocurrírsele regalar á
Rizal, para tratar de convertirle, las obras de Sardá y Salvany (25). Esto
da la medida de su mentalidad ó del pobre concepto que de Rizal se
formaba. Sólo le faltó añadir las del P. Franco. Y hay que leer entre
líneas, en el relato de los jesuítas, las necedades y vulgaridades que el
P. Balaguer debió dejar caer sobre el pobre Rizal.
Y así y con todo aparece Rizal vencido, convertido y retractándose. Pero
no con razones. Vencido, sí; convertido, acaso; pero convencido, no. La
razón de Rizal no entró para nada en esta obra. Fue el poeta; fue el poeta
que veía la muerte próxima; fue el poeta ante la mirada de la Esfinge que
le iba á tragar muy pronto, ante el pavoroso problema del más allá; fue el
poeta que, á la vista de aquella imagen del Sagrado Corazón, tallada por
sus propias manos en días más tranquilos, sintió que su niñez le subía á
flor de alma. Fue el golpe maestro de los jesuítas y valió más que sus
ridículas razones todas (26).
El pobre Cristo tagalo tuvo en la capilla su olivar, y es inútil
figurárnoslo como un estoico sin corazón. “¡No puedo dominar mi razón!”,
exclamaba el pobre ante el asedio del P. Balaguer. Cedió; firmó la
retractación. Luego leía el Kempis. Se encontraba ante el gran misterio, y
el pobre Hamlet, el Hamlet tagalo debió de decirse: ¿Y si hay? ¡Por si
hay! Entonces su espíritu debió de pasar por un estado análogo al de aquel
otro gran espíritu, al de aquel hombre de razón robustísima, pero de
sentimiento más robusto aún que su razón, que se llamó Pascal y que dijo:
il faut s’abêtir, “hay que embrutecerse”; y recomendó tomar agua bendita,
aun sin creer, para acabar creyendo.
El relato de los últimos momentos de Rizal, de su verdadera agonía
espiritual, es tristísimo. “¡Vamos camino del Calvario!” Y camino de su
Calvario fue, pensando acaso en si aquel su sacrificio resultaría inútil;
invadido tal vez por ese tremendo sentimiento de la vanidad del esfuerzo
que ha sobrecojido á tantos hombres á las puertas de la muerte.
“¡Qué hermoso día, Padre!” Ya no vería días así, tan hermosos. Los verían
los demás; pero ¿no morirían también ellos? ¿Vería Filipinas días
hermosos, despejados, claros?
“¡Siete años pasé yo allí!” (27) Y ante su espíritu soñador pasarían siete
años mansos y dulces, como las aguas de un arroyo que discurre en un valle
de verdura.
“En España y en el extranjero es donde me perdí.” ¿Qué quiere decir
perderse? El niño balbucía en él.
“¡Yo no he sido traidor á mi patria ni á la nación española!” No, no fue
traidor. Es España la que le fue traidora á él.
“Mi gran soberbia, Padre, me ha traído aquí.” ¡La soberbia! ¿Y á quién que
tenga una cabeza sobre los hombros y un corazón en el pecho no le pierde
la soberbia? ¿Qué es eso de la soberbia? El que se confiesa soberbio no lo
ha sido nunca. Los soberbios eran los otros, los soberbios eran los
bárbaros que sobre su cadáver lanzaron, como un insulto á Dios, aquel
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