Мигель де Унамуно. Собрание сочинений. Miguel de Unamuno. Seleccion de textos
Uncategorized August 4th, 2006
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y no recibidas, siguen creyendo que la guerra no se hace con el cerebro
principalmente, sino con lo otro. Y lo otro no es tampoco el valor. Porque
el valor tiene más de cerebral que de testicular. Y en todo caso es
cordial.
Y entiéndase bien que esto que digo de nuestro ejército lo aplico mutatis
mutandis á las demás instituciones, empezando por aquella á que
pertenezco.
Es -se me dira- que en el proceso de Rizal anduvieron auditores de guerra,
verdaderos letrados! El letrado que ingresa en la milicia, para formar
parte del Cuerpo jurídico militar, lo mismo que los demás auxiliares, se
asimilan el espíritu general del Cuerpo. El uniforme, estrecho y rígido,
puede en ellos más que la amplia toga.
Desde el día mismo en que se le pone quilla á un buque de guerra en el
astillero tiene ya su dotación completa, y allí el comandante manda más
que el ingeniero naval. Me decía un médico de la Armada en cierta ocasión:
“¿Usted creerá que al entrar un buque en fuego y tener que jugar la
artillería, la maniobra estará supeditada á lo que el oficial de
artillería ordene? Pues no, señor; allí manda el comandante. Y si no se
les ocurre curar á los heridos ó decir misa, es porque desdeñan estas
funciones.”
Y así en todo en la milicia. Los combatientes, aquellos cuya función
propia es pelear, desdeñan á los Cuerpos auxiliares; pero éstos, los
auxiliares, tratan siempre de asimilarse á aquéllos, aunque acaso también
desdeñándolos. Aquello del desdén con el desdén es una fórmula
genuinamente española (17).
Los letrados que intervinieron en el proceso de Rizal lo hicieron como
militares, y como militares, influídos por aquellos desdichados frailes y
sus similares, dominados por el miedo.
A la luz de estas consideraciones dolorosísimas hay que leer la vergonzosa
acusación contra Rizal, y el dictamen y el informe. Cierto es que la
defensa del Sr. Taviel de Andrade es un documento de serenidad y de
juicio; pero ¡qué obligada timidez en ella! Hay, de todos modos, que
salvar al defensor; el miedo no hizo en él tanta presa.
El pobre auditor Sr. Peña se metió á juzgar de la capacidad intelectual
del acusado, y esto me recuerda las tonterías del magistrado que al
absolver la Madame Bovary, de Flaubert, se metió á juzgar de su mérito
literario, lo que le valió aquel soberano ramalazo del gran novelista, que
no podía consentir que un magistrado vulgar se metiese á criticar desde su
sitial de administrar justicia.
Es natural que en el ambiente de miedo que se respiraba en Manila en los
días del proceso de Rizal fuera difícil evadirse del contagio. Hay que
leer en este libro cómo los que se llamaban ministros de Cristo predicaban
el exterminio. Es su costumbre; quieren meter la fe, ó lo que sea, en las
cabezas de los demás rompiéndoselas á cristazos.
Repito que fue España la que fusiló á Rizal. Y si se me dijese que aquí no
se fusila ya por ideas y que aquí no se habría fusilado á Rizal,
contestaré que es cierto, pero es porque aquí estamos más cerca de Europa.
Y Europa, además, cuando se trata de atropellos que una nación comete en
sus colonias, se encoge de hombros, pues ¿cuál de sus naciones está libre
de esta culpa? La ética de una nación europea es doble y cambia cuando se
trata de colonias (18).
Y todo ello lo sancionó el general Polavieja, cuya mentalidad
correspondía, según mis informes, por lo rudimentaria, á lo rudimentario
de la inteligencia colectiva que bajo la presión del miedo dictó aquel
fallo.
Rizal fue condenado á muerte; pero aún faltaba otro acto, y es el de la
conversión. La espada cumplió su oficio -un oficio para el que no sirve la
espada-; faltaba el hisopo cumplir el suyo, un oficio también para el que
no sirve el hisopo.
Veamos la conversión (19).
VII
La conversión
Rizal, educado en el catolicismo, no llegó a ser nunca en rigor un
librepensador, sino un librecreyente. A los jesuitas que le visitaron
cuando estaba en capilla les pareció un protestante, y de protestante ó
simpatizador del protestantismo, así como de germanófilo fue tratado más
de una vez.
Entre nosotros, los españoles, apenas hay idea de lo que el protestantismo
es y significa, y el clero católico español es de lo más ignorante al
respecto. No hay nada más disparatado que la idea que del protestantismo
se forma un cura español, aun de los que pasan por ilustrados. Hay muchos
que se atienen al libro, tan endeble y pobre, de Balmes, y quienes repiten
el famoso y desdichado argumento de Bossuet.
Ayuda á corroborar y perpetuar este concepto lo que oyen á los
protestantes ortodoxos con quienes tropiezan, á los protestante de capilla
abierta, á los pastores á sueldo de alguna Sociedad Bíblica, porque la
ortodoxia protestante es más mezquina y pobre, más raquítica que la
católica, y es lamentable el culto supersticioso que rinde al Libro, á la
Biblia, en su letra muerta.
Así como hay quienes no comprenden que haya darwinistas más darwinistas
que Darwin, así hay también quienes no comprenden ó no quieren comprender
que haya luteranos más luteranos que Lutero, es decir, espíritus que hayan
sacado al principio específico del protestantismo, á aquello que le
diferenció y separó de la Iglesia católica, consecuencias que los primeros
protestantes no pudieron sacarle y aun ante las cuales retrocedieron.
Porque una doctrina que se separa de otra tiene de esta otra de que se
separa más que de sí misma, y en su principio lo que el protestantismo
tenía de común con el catolicismo era mucho más que lo específico y
diferencial suyo.
El protestantismo proclamó el principio del libre examen y la
justificación por la fe -con un concepto de la fe, entiéndase bien,
distinto del católico-, y hasta cierto punto el valor simbólico de los
sacramentos; pero siguió conservando casi todos los dogmas no evangélicos,
y entre ellos el de la divinidad de Jesucristo, debidos á la labor de los
Padres griegos y latinos de los cinco primeros siglos, es decir, los
dogmas de formación y de tradición específicamente católicas. Pero el
principio del libre examen ha traído la exégesis libre y rigurosamente
científica, y esta exégesis, a base protestante, ha destruído todos esos
dogmas, dejando en pie un cristianismo evangélico, bastante vago é
indeterminado y sin dogmas positivos. Nada representa mejor esta tendencia
que el llamado unitarianismo -tal como puede verse, v.gr., en los sermones
de Channing (20)- ó una posición como la de Harnack (21). Y los
protestantes ortodoxos, más estrechos aún de criterio que los católicos,
execran de esa posición, y olvidando lo que dijo San Pablo al respecto, se
obstinan en negar á los que así pensamos hasta el nombre de cristianos.
Y en una posición de esta índole llegó á encontrarse Rizal según de sus
escritos deduzco. En una posición así, no sin un bajo fondo de
vacilaciones y dudas hamletianas, y siempre sobre un cimiento de
catolicismo sentimental, sobre un estrato de su niñez. Porque todo poeta
lleva su niñez muy á flor de alma y de ella vive.
Rizal fue tenido por protestante, y en la carta al P. Pastells que se
inserta en la página 105 de esta obra, se le verá sincerarse de ello y
hablar de sus paseos, en las soledades de Odenwald, con un pastor
protestante. No creo, por otra parte, lo que dicen los jesuítas en su
Rizal y su obra de que éste hubiera leído “todo lo escrito por
protestantes y racionalistas y recogido todos sus argumentos”. No hay que
exagerar. La cultura religiosa de Rizal no era, según de sus mismos
escritos se deduce, la ordinaria entre nosotros; pero no era tampoco
extraordinaria ni mucho menos. No pasaba de un dilettante en ella. Los
ejemplos que los jesuitas citan -véase la nota (116) de esta obra- son de
lo más común y muy de principios del siglo pasado. Sólo que bastaban para
que le tuviesen por un hombre muy enterado de la literatura protestante y
racionalista tratándose de jesuítas españoles, que en esto saben menos aún
que Rizal sabía, con ser esto tan moderado y parco.
La enorme, la vergonzosa ignorancia que entre nosotros reina al respecto,
es lo que ha podido que á Rizal se le tuviese por un librepensador. No;
fue un librecreyente, lo cual es otra cosa. Rizal, lo aseguro, no hubiese
jurado por Büchner ó por Haeckel.
Basta leer en la página 292 de este libro la manera ingeniosa y sutil como
Rizal expuso el principio de la relatividad del conocimiento, para
comprender que no era un dogmático del racionalismo, un teólogo al revés,
sino más bien un librecreyente con sentido agnóstico y con un cimiento de
cristianismo sentimental. Y en el fondo, conviene repetirlo, el
catolicismo infantil y popular, nada teológico, de su niñez, el
catolicismo del ex secretario de la Congregación de San Luis. Yo, que
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