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Мигель де Унамуно. Собрание сочинений. Miguel de Unamuno. Seleccion de textos


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tranquilos.
Fueron los españoles, hay que decirlo muy alto, fueron sobre todo los
frailes -los zafios é incomprensivos frailes- los que estuvieron empujando
á Rizal al separatismo. Y las cosas se repiten hoy, y son los demás
españoles los que se empeñan en impulsarnos á catalanes y vascos al
separatismo.
Oigamos lo que dice en el capítulo LXI de Noli me tángere un personaje de
Rizal, es decir, uno de los varios hombres que en Rizal había. Dice:
“¡Ellos me han abierto los ojos, me han hecho ver la llaga y me fuerzan á
ser criminal! Y pues que lo han querido, seré filibustero, pero verdadero
filibustero; llamaré á todos los desgraciados… Nosotros, durante tres
siglos, les tendemos la mano, les pedimos amor, ansiamos llamarlos
nuestros hermanos; ¿cómo nos contestan? Con el insulto y la burla,
negándonos hasta la cualidad de seres humanos.”
Y así llegó Bonifacio, el bodeguero, el no intelectual, é hizo la
revolución.
¡Filibustero! Volved á leer en la página 262 de este libro lo que la
prensa de la Metrópoli, esta miserable é incomprensiva prensa, una de las
principales causantes de nuestro desastre, dijo de Rizal. Lo mismo que
dijo de Arana.
Tiene razón Retana al decir que el ideal separatista mismo es lícito, como
ideal, en la Península. Se puede discutir la Patria; es más, debe
discutírsela. Sólo discutiéndola llegaremos a comprenderla, á tener
conciencia de ella. Nuestra desgracia es que España no significa hoy nada
para la inmensa mayoría de los españoles, y una nación, lo mismo que un
individuo, languidece y acaba por perecer si no tiene más resorte de vida
que el mero instinto de conservación.
La España del ¡viva España! sacrílego que se lanzó sobre el cadáver de
Rizal es la España de los explotadores, los brutos y los imbéciles; la
España de los tiranuelos y de sus esclavos; la España de los caciques y
los dueños de grandes latifundios; la España de los que sólo viven del
presupuesto sin ideal alguno.
Rizal quiso dar contenido á España en Filipinas, y como para llenar ese
contenido sobraban frailes y brutos, á Rizal se le acusó de filibustero.
En la tristísima acusación fiscal contra el gran español y gran tagalo -de
ella trataré en seguida- se decía que á España le sobraban alientos y
energías para no tolerar que el pabellón español dejase de flotar en
aquellas regiones descubiertas y conquistadas por la intrepidez y el
arrojo de nuestros antepasados; y á estas frases, de detestable y
perniciosa retórica, les pone Retana un comentario muy justo. Las Islas
Filipinas, en efecto, no fueron conquistadas con arrojo y con intrepidez,
sino que fueron ganadas por medio de la persuasión y pactos con los
régulos indígenas, sin que apenas se derramara la sangre. “El general en
jefe de la conquista -añade Retana- llamóse Miguel López de Legazpi, un
bondadoso y viejo escribano que en los días de su vida desenvainó la
tizona.”
Sí; las Filipinas las ganó para España mi paisano Legazpi -uno de los
hombres más representativos de mi raza vasca, como lo fue también muy
representativo de ella, la suya y la mía, Urdaneta (16)-; y las ganó con
el cerebro y no con el otro órgano de donde han sacado sus determinaciones
no pocos de los conquistadores á lo Pizarro, de espada y tranca.
Así, con el cerebro, las ganó Legazpi, el bondadoso escribano vasco. Y
¿cómo se perdieron? Vamos á verlo.
Veamos el proceso de Rizal.
VI
El proceso
Al llegar á esta parte de mi trabajo me invade una gran tristeza, y á la
vez la conciencia de la gravedad de cuanto tengo que decir. Los hechos que
voy á juzgar pertenecen ya á la , aunque vivos los más de los
actores que en ellos intervinieron. Para todos personalmente quiero las
mayores consideraciones. Dios y España les perdonarán lo que hicieron, en
atención á que lo hicieron sin saber lo que se hacían y obrando, no como
individuos concientes de sí mismos y autónomos, sino como miembros de una
colectividad, de una corporación enloquecida por el miedo. El miedo y sólo
el miedo, el degradante sentimiento del miedo, el miedo y sólo el miedo
fue el inspirador del Tribunal militar que condenó á Rizal.
Dice Retana hablando del fusilamiento de Rizal que, “afortunadamente, á
España no le alcanza la responsabilidad de los errores cometidos por
algunos de sus hijos” (pág. 188). Siento discrepar aquí de Retana. Creo,
en efecto, que desgraciadamente le alcanza á España responsabilidad en
aquel crimen; creo más, y lo digo como lo creo: creo que fue España quien
fusiló á Rizal. Y le fusiló por miedo.
Por miedo, sí. Hace tiempo que todos los errores públicos, que todos los
crímenes públicos que se cometen en España, se cometen por miedo; hace
tiempo que sus corporaciones é institutos todos, empezando por el
Ejército, no obran sino bajo la presión del miedo. Todos temen ser
discutidos, y para evitarlo pegan cuando pueden pegar. Y pegan por el
miedo. Por miedo se fusiló a Rizal, como por miedo pidió el Ejército la
aborrecible y absurda ley de Jurisdicciones, y por miedo se la votó el
Parlamento.
El escrito de acusación del señor teniente fiscal D. Enrique de Alcocer y
R. De Vaamonde es, como el dictamen del auditor general D. Nicolás de la
Peña, una cosa vergonzosa y deplorable. Es decir, lo serían si estos
señores hubiesen obrado por sí y ante sí, autonómicamente, y no como
pedazos de un instituto y de una sociedad sobrecojidos por el miedo.
Retana ha desmenuzado la horrenda y desatinada acusación del Sr. Alcocer.
En el fondo de todo ello no se ve más que el miedo y el odio á la
inteligencia, miedo y odio muy naturales en el instituto á que los señores
Alcocer y Peña pertenecían. Dice Retana que fusilar á Rizal por los
motivos por que le fusilaron, es como si en Rusia se intentase fusilar á
Tolstoi. Creo que buenas ganas se les pasan de ello á no pocos. Yo sé que
cuando se sustanciaba en Barcelona, hace ya años, el proceso por el
bárbaro atentado del Liceo, el Juez militar que actuaba en él y tenía la
colección de una revista en que colaboramos mi compañero de claustro el
Sr. Dorado Montero, prestigiosísimo criminalista, y yo, se dejó decir: “A
estos, á estos dos señores catedráticos quisiera yo atraparlos y verían lo
que es bueno.” Si hubiera sido en Filipinas, á estas horas mi compañero el
Sr. Dorado Montero y yo dormiríamos el eterno sueño de los mártires del
pensamiento.
Lo más terrible de la jurisdicción militar es que no sabe enjuiciar; es
que la educación que reciben los militares es la más opuesta á la que
necesita quien ha de tener oficio de juzgar. Pecan, no por mala intención,
sino por torpeza, por incapacidad. Y pecan unas veces por de más y
otras por de menos.
En una corporación cualquiera, y muy en especial en el Ejército, la
inteligencia individual y la independencia de juicio llegan á considerarse
como un peligro. El que manda más es el que tiene más razón. La disciplina
exige someter el criterio personal á la jerarquía. Sólo á este precio se
robustece el instituto. Y así en el Ejército, y, lo que es más, hasta en
el Profesorado en cuanto Cuerpo, siendo como es su misión difundir la
cultura, se mira con recelo y hasta se odia calladamente á la inteligencia
individual. Sabidas son las conminaciones de los Santos Padres á ella;
sabido es cuanto han dicho de los que se creen sabios. La inteligencia, se
dice, lleva á la soberbia; hay que someter el juicio propio.
Y esto, que es natural y es disculpable, pues arranca de un principio de
vida de toda corporación ó instituto, esto se agrava cuando estos
institutos se encuentran en forma de desarrollo rudimentario. Cuanto menos
perfecta es una corporación, tanto mayor es el miedo y el odio á la
inteligencia que en ella se desarrolla. Y nuestro ejército, como ejército
-lo mismo que nuestro clero, como clero, y nuestro profesorado, como
profesorado- se encuentra en un estado muy rudimentario de desarrollo. Su
inteligencia colectiva es inferior al promedio de las inteligencias
individuales que la componen, con no ser este promedio, como no lo es en
España, muy elevado. Pero esa su inteligencia colectiva rudimentaria tiene
cierta conciencia, aunque oscura, de su rudimentariedad, y trata de
defenderse contra las inteligencias individuales corrosivas. Dudo que haya
ejército en que se abrigue más indiferencia, cuando no desdén, respecto á
las inteligencias individuales que dentro de él hay, como en el nuestro, y
duda que haya otro en que se rinda tanto culto al arrojo ciego, al coraje
instintivo. Son legión los militares españoles que contestarían lo que se
dice contestó Prim á un general extranjero que le preguntaba cómo se hacen
las guerrillas; son legión los que, á pesar de las lecciones presenciadas

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