destinos de ella. Muchos de los blancos y de los mestizos que rodeaban á
Juárez podrían haber tenido, y tuvieron algunos, más inteligencia y más
ilustración que él; pero ninguno tuvo un corazón tan bien templado y un
sentimiento tan profundo y tan religioso de la patria como aquel abogado
indígena, de pura sangre americana, que no aprendió el castellano sino ya
talludito, y que, al perder la fe en los dogmas católicos en que su
pariente el cura le educara, trasladó esa fe á los principios de derecho
que aprendió en las aulas para aplicarlos á su patria, Méjico, sentida
como un poder divino.
En las aulas también es donde Rizal cobró su conciencia de tagalo; en las
aulas, en que le aleccionaron blancos incomprensivos, desdeñosos y
arrogantes. Es él mismo quien en el capítulo XIV, “Una casa de
estudiantes”, de su novela El Filibusterismo, nos dice: “Las barreras que
la política establece entre las razas desaparecen en las aulas como
derretidas al calor de la ciencia y de la juventud.” Y es lo que anheló
para su patria: ciencia y juventud -juventud, no niñez- que derritieran
las barreras entre las razas.
Estas barreras, y más aún que las legales las establecidas por las
costumbres, atormentaban el alma generosa de Rizal. La conciencia de su
propia raza, conciencia que debía á su superioridad personal, fecundada
por la educación, esa conciencia lo fue de dolor. Con hondo, con hondísimo
sentido poético pudo llamar á Filipinas en su último canto, el de
despedida: ¡Mi patria idolatrada, dolor de mis dolores! Sí, su patria fue
su conciencia, porque en él cobró Filipinas conciencia de sí, y en él,
Cristo de ella, se redimió sufriendo.
Rizal tuvo que sufrir la petulante brutalidad del blanco, para la cual no
hay más palabra que una palabra griega: authadía. La cual significa la
complacencia que uno siente de sí mismo, la satisfacción de ser quien es,
el recrearse en sí propio, y luego, en sentido corriente, arrogancia,
insolencia. Y esto es el blanco: arrogante, insolente, authádico. Y
arrogante por incomprensión del alma de los demás, por asimpatía, es
decir, por incapacidad de entrar en las almas de los otros y ver y sentir
el mundo como ellos lo ven y lo sienten.
Sería curiosísimo hacer una revista de todas las tonterías y todos los
desatinos que hemos inventado los hombres de la raza blanca ó caucásica
para fundamentar nuestra pretensión á la superioridad nativa y originaria
sobre las demás razas. Aquí entrarían desde fantasías bíblicas hasta
fantasías pseudo-darwinianas, sin olvidar lo del dólico-rubio y otras
ridiculeces análogas. Cualidad que nos distingue es un privilegio ó una
ventaja, aquella de que carecemos es un defecto. Y cuando nos encontramos
con un caso como el reciente del Japón, no sabemos por dónde salir.
Rizal tuvo esta preocupación etnológica, y en las páginas 137 y 138 de
este libro puede leerse sus conclusiones á tal respecto (7). Y en
diferentes ocasiones, sobre todo en sus anotaciones al libro Sucesos de
las Islas Filipinas, del Dr. Antonio de Morga, puede verse cómo trató de
sincerar á sus paisanos de los cargos que el blanco les hacía.
En la pág. 23 de este libro habrá visto el lector lo que el Prof.
Blumentritt (8) cuenta respecto á que Rizal ya desde pequeño se encontraba
grandemente resentido por verse tratado por los españoles con cierto
menosprecio, sólo por ser indio. Las manifestaciones de Blumentritt al
respecto no tienen desperdicio.
Para casi todos los españoles que han pasado por Filipinas, el indio es un
pequeño niño que jamás llega á la mayor edad. Recordemos que los graves
sacerdotes egipcios consideraban á los griegos como unos niños, y
reflexiónese en si nuestros españoles no hacían allí, á lo sumo, el papel
de egipcios de la decadencia entre griegos incipientes, griegos en la
infancia social.
Otros hablan del servilismo del indio, y á este respecto sólo me ocurre
considerar lo que pasa aquí, en la Península, en que se considera como los
más serviles á los nativos de cierta región, siendo éstos los que tienen
acaso más desarrollado el sentimiento de la libertad y la dignidad
interiores. Un barrendero con su escoba por las calles, un aguador con su
cuba, puede tener y suele tener más fino sentimiento de su dignidad y su
independencia que el hidalgo hambrón que le desdeña y anda solicitando
empleos ó mercedes. El servilismo suele vestirse aquí con arrogante
ropilla de hidalgo, y el mendigo insolente que llevamos dentro se emboza
en su arrogancia. Nuestra literatura picaresca nos dice mucho al respecto.
Rizal tenía un fino sentido de las jerarquías sociales, no olvidaba jamás
el tratamiento que á cada uno se le debía. Es interesantísimo lo que
cuenta Retana de que en las recepciones oficiales en Dapitan (9) saludaba
á los presentes por orden de jerarquía; pero en las reuniones familiares,
primero lo hacía á las señoras, aun siendo indias. Esto, que es un rasgo á
la japonesa, no eran capaces de apreciarlo en todo su valor los oficiales
insolentes con sus subordinados y rastreros con sus superiores, ó los
frailes zafios, hartos de borona ó de centeno en su tierra, que tuteaban á
todo indio.
“Aquí viene lo más perdido de la Península, y si llega uno bueno, pronto
le corrompe el país”, dice un personaje de Noli me tángere. No discutiré
la mayor ó menor exactitud de esa afirmación -afirmación que, por injusta
que sea, se ha formulado mil veces en España; -pero ¡qué españoles debió
de conocer Rizal en Filipinas! Y, sobre todo, ¡qué frailes! Porque los
frailes se reclutan aquí, por lo general, entre las clases más incultas,
entre las más zafias y más rústicas. Dejan la esteva ó la laya para entrar
en un convento; les atusan allí el pelo de la dehesa con latín bárbaro y
escolástica indigesta, y se encuentran luego tan rústicos é incultos como
cuando entraron, convertidos en padres y objeto de la veneración y el
respeto de no pocas gentes. ¿No ha de desarrollárseles la authadia, la
soberbia gratuita? Trasládesele á un hombre en estas condiciones á un país
como Filipinas; póngasele entre sencillos indios tímidos, ignorantes y
fanatizados, y dígase lo que tiene que resultar.
En cierta ocasión no pude resistir las insolencias petulantes de un
escocés, y encarándome con él le dije: “Antes de pasar adelante permítame
una observación: Usted reconocerá conmigo que, por ser Inglaterra tomada
en conjunto y como nación más adelantada y culta que Portugal ó Albania,
no puede tolerarse que el más bruto y el más inculto de los ingleses se
crea superior al más inteligente y culto de los portugueses ó albaneses,
¿no es así?” Y como el hombre asintiera, concluí: “Pues bien: usted figura
en Inglaterra, por las pruebas que hoy está dando, en lo más bajo de la
escala de cultura, y yo en España, lo digo con la modestia que me
caracteriza, en lo más alto de ella; de modo que hemos concluído, porque
de mí a usted hay más distancia que España á Inglaterra, sólo que en orden
inverso.” Y esto creo que pudieron decir no pocos indios y mesticillos
vulgares (10) á los graves y cogolludos padres que los desdeñaban.
Léase en la página 35 de este libro cómo Rizal estuvo en 1880 por primera
vez en el palacio de Malacañang (11) por haber sido atropellado y herido
en una noche oscura por la Guardia civil, porque pasó delante de un bulto
y no saludó, y el bulto resultó ser el teniente que mandaba el
destacamento. Y relaciónese este suceso con la traducción que hizo Rizal
más tarde al tagalo del drama Guillermo Tell, de Schiller, en que se
apresa á Tell por no haber saludado al bastón á que coronaba el sombrero
del tirano Gessler.
Todas estas humillaciones herían aquella alma sensible y delicadísima del
poeta; no podía sufrir las brutalidades del blanco y zafio y nada soñador,
de los Sansones Carrascos que por allá caían, de aquellos duros españoles
heñidos con garbanzo ó con borona.
Y todo el sueño de Rizal fue redimir, emancipar el alma, no el cuerpo de
su patria. ¡Todo por Filipinas! Escribía al P. Pastells, jesuíta, á
propósito de la causa á cuya defensa dedicó sus talentos: “La caña, al
nacer en este suelo, viene para sostener chozas de nipa y no las pesadas
moles de los edificios de Europa.” Pensamiento delicadísimo, cuyo alcance
todo dudo mucho que comprendiera el P. Pastellas ni ningún otro jesuíta
español. Y éstos eran allí de lo mejorcito…
Rizal no pensó nunca sino en Filipinas; pero tampoco Jesús quiso salir
nunca de Judea, y dijo á la cananea que había sido enviado para las ovejas
perdidas del reino de Israel tan sólo. Y de aquel rincón del mundo, en el
que nació y murió, irradió su doctrina á todo el orbe.
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