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ideales y teóricas, rara vez son hombres de voluntad enérgica para los
actos externos de la vida. Galileo, tan heroico en el pensar, fue débil
ante el Santo Oficio. Y así es lo corriente y muy verdadera la
del maestro de Le Desciple [sic], de Bourget. Estúdiese, si no, la vida de
Spinoza, la de Kant, la de tantos otros pensadores heroicos.
Rizal, el soñador valiente, me resulta una voluntad débil é irresoluta
para la acción y la vida. Su retraimiento, su timidez, atestiguada cien
veces, su vergonzosidad, no son más que una forma de esa disposición
hamletiana. Para haber sido un revolucionario práctico le habría hecho
falta la mentalidad simple de un Andrés Bonifacio (5). Fue, creo, un
vergonzoso y dubitativo.
Y estos héroes anteriores, estos grandes conquistadores del mundo íntimo,
cuando la acción les arrastra, aparecen héroes también, héroes por fuerza,
de la acción. Leed sin prejuicio la vida de Lutero, de aquel gigante del
corazón, que nunca pudo saber adónde le arrastraba su sino. Era un
instrumento de la Providencia, como lo fue Rizal.
Rizal previó su fin, su fin glorioso y trágico; pero lo previó
pasivamente, como el protagonista de una tragedia griega. No fue á él,
sino se sintió á él arrastrado. Y pudo decir: ¡Hágase, Señor, tu voluntad
y no la mía!
Es la misma de tantos hombres providenciales que cumplieron un
destino sin habérselo propuesto, y que, encerrados en sí, construyendo sus
sueños para dárselos á los demás como consuelo y esperanza, resultaron
caudillos.
Dice en alguna parte Retana que Rizal fue un místico. Admitámoslo. Sí, fue
un místico, y como tantos místicos, desde su torre de estilita, con los
ojos en el cielo y los brazos en alto, guió á su pueblo á la lucha y á la
vida.
Rizal fue un escritor, ó, digamos más bien, un hombre que escribía lo que
pensaba y sentía. Y como escritor es como hizo su obra.

II
El escritor
En este libro se hallarán juicios de Rizal como escritor; en él se le
examina como literato.
Hay que hacer notar ante todo, y Retana no lo omite, que Rizal escribió
sus obras en castellano, y que el castellano no era su lenguaje nativo
materno, ó, por lo menos, que no era el lenguaje indígena y natural de su
pueblo. El castellano es en Filipinas, como lo es en mi país vasco, un
lenguaje adventicio y de reciente implantación, y supongo que hasta los
que lo han tenido allí como idioma de cuna, como lengua en que recibieron
las caricias de su madre y en que aprendieron á rezar, no han podido
recibirlo con raíces.
Juzgo por mí mismo. Yo aprendí a balbucir en castellano, y castellano se
hablaba en mi casa, pero castellano de Bilbao, es decir, un castellano
pobre y tímido, un castellano en mantillas, no pocas veces una mala
del vascuence. Y los que habiéndolo aprendido así tenemos luego
que servirnos de él para expresar lo que hemos pensado y sentido, nos
vemos forzados á remodelarlo, á hacernos con esfuerzo una lengua. Y esto,
que es en cierto respecto nuestro flaco como escritores, es á la vez
nuestro fuerte.
Porque nuestra lengua no es un caput mortuum, no es algo que hemos
recibido pasivamente, no es una rutina, sino que es algo vivo y
palpitante, algo en que se ve nuestro forcejeo. Nuestras palabras son
palabras vivas; resucitamos las muertas y animamos de nueva vida á las que
la tenían lánguida. Heñimos nuestra lengua, nuestra por derecho de
conquista, con nuestro corazón y nuestro cerebro.
Retana aplica a Rizal la tan conocida distinción entre lenguaje y estilo,
y la clarísima doctrina de que se puede tener un estilo propio y fuerte ó
amplio con un lenguaje defectuoso, y, por el contrario, ser correctísimo y
atildadísimo en la dicción, careciendo en absoluto de estilo propio.
La distinción se ha hecho mil veces; pero no llegan á penetrar en ella
estos bárbaros que piensan en castellano por herencia y rutina, y que
andan á vueltas con la gramática y con el desaliño. Hay que dejarlos. Toda
su miserable literatura se hundirá en el olvido, y dentro de poco nadie se
acordará de sus bárbaros remedos del lenguaje del siglo XVII ó XVI, nadie
tendrá en cuenta sus fatigadas y fatigosas vaciedades sonoras.
El estilo de Rizal es, por lo común, blando, ondulante, sinuoso, sin
rigideces ni esquinas, pecando, si de algo, de difuso. Es un estilo
oratorio y es un estilo hamletiano, lleno de indecisiones en medio de la
firmeza de pensamiento central, lleno de conceptuosidades. No es el estilo
de un dogmático.
Vertió, como Platón, sus ideas en diálogos, pues no otra cosa sino
diálogos sociológicos, y á las veces filosóficos, son sus novelas.
Necesitaba de más de un personaje para mostrar la multiplicidad de su
espíritu. Dice Retana que Rizal es el Ibarra y no el Elías de Noli me
tángere, y yo creo que es uno y otro, y que lo es cuando se contradicen.
Porque Rizal fue un espíritu de contradicciones, un alma que temía la
revolución, ansiándola en lo íntimo de sí; un hombre que confiaba y
desconfiaba á la vez en sus paisanos y hermanos de raza, que los creía los
más capaces y los menos capaces - los más capaces cuando se miraba a sí,
que era de su sangre, y los más incapaces cuando miraba á otros. -Rizal
fue un hombre que osciló entre el temor y la esperanza, entre la fe y la
desesperación. Y todas estas contradicciones las unía en un haz su amor
ardiente, su amor poético, su amor, hecho de ensueños, á su patria
adorada, á su región del sol querida, perla del mar de Oriente, su perdido
edén (1*) (6).
Este Quijote-Hamlet tagalo encontró en un afecto profundísimo, en una
pasión verdaderamente religiosa -pues religioso fue, como diré más
adelante, su culto á su patria, Filipinas-, el foco de sus contradicciones
y el fin de su entusiasmo por la cultura. Quería la cultura; pero la
quería para su pueblo, para redimirlo y ensalzarlo. Su tema constante fue
el de hacer á los filipinos cultos é ilustrados, hacerlos hombres
completos. Y le repugnaba la revolución, porque temía que pusiera en
peligro la obra de la cultura. Y, sin embargo de temerla, tal vez la
deseaba á su pesar.
Rizal, alma profundamente religiosa, sentía bien que la libertad no es un
fin, sino un medio; que no basta que un hombre ó un pueblo quiera ser
libre si no se forma una idea -un ideal más bien- del empleo que de esa
libertad ha de hacer luego.
Rizal no era partidario de la independencia de Filipinas; esto resulta
claro de sus escritos todos. Y no lo era por no creer á su patria
capacitada para la nacionalidad independiente, por estimar que necesitaba
todavía el patronato de España y que ésta siguiera amparándola -ó que la
amparara más bien- hasta que llegase á su edad de emancipación.
Pensamiento que vieron muy bien los que le persiguieron, aquellos
desgraciados españoles que no se formaron jamás noción humana de lo que
debe ser una metrópoli y que estimaron siempre las colonias como una
finca, poblada de indígenas á modo de animales domésticos, que hay que
explotar.
Y ¡cómo la explotaban! ¡Con qué desprecio al español filipino, al
compatriota colonial! Este desprecio, más bien que opresiones y vejaciones
de otra clase, ese bárbaro y anticristiano desprecio lo llevó siempre
Rizal en su alma como una espina. Sintió en sí todas las humillaciones de
su raza. Fue un símbolo de ésta.
III
El tagalo
Rizal fue, en efecto, un símbolo, en el sentido etimológico y primitivo de
este vocablo; es decir, un compendio, un resumen de su raza. Y como todo
hombre que llega á simbolizar, á compendiar un pueblo, uno de los pocos
hombres representativos de la humanidad en general.
Se comprende que Rizal sea hoy el ídolo, el santo de los malayos
filipinos. Es un hombre que parece decirles: “Podéis llegar hasta mí;
podéis ser lo que fui yo, pues que sois carne de mi carne y sangre de mi
sangre.”
Dicen los protestantes unitarianos, es decir, aquellos que no admiten el
dogma de la Trinidad ni el de la divinidad de Jesucristo, que el creer á
Jesús un puro hombre y no más que un hombre, un hombre como los demás,
aunque aquél en quien se dio más viva y más clara la conciencia de la
filialidad respecto á Dios; que el creer esto es una creencia mucho más
piadosa y consoladora que la de creer al Cristo un Dios-hombre, la segunda
persona de la Trinidad encarnada, porque, si Cristo fue hombre, cabe que
lleguemos los demás hombres adonde él llegó; pero, si fue un Dios, se nos
hace imposible el igualarle.
Y he leído en un escrito mejicano que la vida y la obra del gran indio
Benito Juárez ha sido un ejemplo y una redención para muchos indios
mejicanos, que han visto á uno de los suyos, de pura sangre americana,
llegar á encarnar en un momento á la patria, ser su conciencia viva y
llevar en su alma estoica y religiosa -religiosamente estoica- los

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