Мигель де Унамуно. Собрание сочинений. Miguel de Unamuno. Seleccion de textos
Uncategorized August 4th, 2006
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e
que azucara amargores de la vida;
por Ti, el Hombre muerto que no muere
blanco cual luna de la noche. Es sueño,
Cristo, la vida y es la muerte vela.
Mientras la tierra sueña solitaria,
vela la blanca luna; vela el Hombre
desde su cruz, mientras los hombres sueñan;
vela el Hombre sin sangre, el Hombre blanco
como la luna de la noche negra;
vela el Hombre que dió toda su sangre
por que las gentes sepan que son hombres.
Tú salvaste a la muerte. Abres tus brazos
a la noche, que es negra y muy hermosa,
porque el sol de la vida la ha mirado
con sus ojos de fuego: que a la noche
morena la hizo el sol y tan hermosa.
Y es hermosa la luna solitaria,
la blanca luna en la estrellada noche
negra cual la abundosa cabellera
negra del nazareno. Blanca luna
como el cuerpo del Hombre en cruz, espejo
del sol de vida, del que nunca muere.
Los rayos, Maestro, de tu suave lumbre
nos guían en la noche de este mundo
ungiéndonos con la esperanza recia
de un día eterno. Noche cariñosa,
¡oh noche, madre de los blandos sueños,
madre de la esperanza, dulce Noche,
noche oscura del alma, eres nodriza
de la esperanza en Cristo salvador!
ALBA
Blanco estás como el cielo en el naciente
blanco está al alba antes que el sol apunte
del limbo de la tierra de la noche:
que albor de aurora diste a nuestra vida
vuelta alborada de la muerte, porche
del día eterno; blanco cual la nube
que en columna guiaba por el yermo
al pueblo del Señor mientras el día
duraba. Cual la nieve de las cumbres
ermitañas, ceñidas por el cielo,
donde el sol reverbera sin estorbo,
de tu cuerpo, que es cumbre de la vida,
resbalan cristalinas aguas puras
espejo claro de la luz celeste,
para regar cavernas soterrañas
de las tinieblas que el abismo ciñe.
Como la cima altísima, de noche,
cual luna, anuncia el alba a los que viven
perdidos en barrancos y hoces hondas,
¡así tu cuerpo níveo, que es cima
de humanidad y es manantial de Dios,
en nuestra noche anuncia eterno albor!
ORACIÓN FINAL
Tú que callas, ¡oh Cristo!, para oírnos,
oye de nuestros pechos los sollozos;
acoge nuestras quejas, los gemidos
de este valle de lágrimas. Clamamos
a Ti, Cristo Jesús, desde la sima
de nuestro abismo de miseria humana,
y Tú, de humanidad la blanca cumbre,
danos las aguas de tus nieves. Águila
blanca que abarcas al volar el cielo,
te pedimos tu sangre; a Ti, la viña,
el vino que consuela al embriagarnos;
a Ti, Luna de Dios, la dulce lumbre
que en la noche nos dice que el Sol vive
y nos espera; a Ti, columna fuerte,
sostén en que posar; a Ti, Hostia Santa,
te pedimos el pan de nuestro viaje
por Dios, como limosna; te pedimosa
a Ti, Cordero del Señor que lavas
los pecados del mundo, el vellocino
del oro de tu sangre; te pedimos
a Ti, la rosa del zarzal bravío,
la luz que no se gasta, la que enseña
cómo Dios es quien es; a Ti, que el ánfora
del divino licor, que el néctar pongas
de eternidad en nuestros corazones.
…
¡Tráenos el reino de tu Padre, Cristo,
que es el reino de Dios reino del Hombre!
Danos vida, Jesús, que es llamarada
que calienta y alumbra y que al pábulo
en vasija encerrado se sujeta;
vida que es llama, que en el tiempo vive
y en ondas, como el río, se sucede.
…
Avanzamos, Señor, menesterosos,
las almas en guiñapos harapientos,
cual bálago en las eras–remolino
cuando sopla sobre él la ventolera–,
apiñados por tromba tempestuosa
de arrecidas negruras; ¡haz que brille
tu blancura, jalbegue de la bóveda
de la infinita casa de tu Padre
–hogar de eternidad–, sobre el sendero
de nuestra marcha y esperanza sólida
sobre nosotros mientras haya Dios!
De pie y con los brazos bien abiertos
y extendida la diestra a no secarse,
haznos cruzar la vida pedregosa
–repecho de Calvario– sostenidos
del deber por los clavos, y muramos
de pie, cual Tú, y abiertos bien de brazos,
y como Tú, subamos a la gloria
de pie, para que Dios de pie nos hable
y con los brazos extendidos. ¡Dame,
Señor, que cuando al fin vaya perdido
a salir de esta noche tenebrosa
en que soñando el corazón se acorcha,
me entre en el claro día que no acaba,
fijos mis ojos de tu blanco cuerpo,
Hijo del Hombre, Humanidad completa,
en la increada luz que nunca muere;
mis ojos fijos en tus ojos, Cristo,
mi mirada anegada en Ti, Señor!
Miguel de Unamuno
“EPÍLOGO”
(a Vida y Escritos del Dr. José Rizal de W.E. Retana)
Acabo de leer por segunda vez la Vida y Escritos del Dr. Rizal, de W.E.
Retana, y cierro su lectura con un tumulto de amargas reflexiones en mi
espíritu, tumulto del que emerge una figura luminosa, la de Rizal. Un
hombre henchido de destinos, un alma heroica, el ídolo hoy de un pueblo
que ha de jugar un día, no me cabe duda de ello, un fecundo papel en la
civilización humana.
¿Quién era este hombre?
I
El hombre
Con un íntimo interés recorría yo en el libro de Retana aquel diario que
Rizal llevó en Madrid siendo estudiante. Bajo sus escuetas anotaciones
palpita un alma soñadora tanto ó más que en las amplificaciones retóricas
de los personajes de ficción en que encarnó más tarde su espíritu tejido
de esperanzas.
Rizal estudió Filosofía y Letras en Madrid por los mismos años en que
estudiaba yo en la misma Facultad, aunque él estaba acabándola cuando yo
la empezaba. Debí de haber visto más de una vez al tagalo en los
vulgarísimos claustros de la Universidad Central, debí de haberme cruzado
más de una vez con él mientras soñábamos Rizal en sus Filipinas y yo en mi
Vasconia.
En su diario no olvida hacer constar su asistencia á la cátedra de griego,
á la que pareció aficionarse y en la que obtuvo la primera calificación.
No lo extraño. Rizal no se aficionó al griego precisamente, puedo
asegurarlo: Rizal se aficionó a D. Lázaro Bardón, nuestro venerable
maestro, como me aficioné yo. En el Noli me tángere hay dos toques que
proceden de D. Lázaro. Uno de ellos es el traducir el principio del Gloria
como Bardón lo traducía: “Gloria á Dios en las alturas; en la tierra, paz;
entre los hombres, buena voluntad”. Don Lázaro fue uno de los cariños de
Rizal; lo aseguro yo que fui discípulo de D. Lázaro y que he leído el
diario y las obras de Rizal.
Y lo merecía aquel nobilísimo y rudo maragato (1), aquella alma de niño,
aquel santo varón que fue D. Lázaro, cura secularizado. ¡Si todos los
españoles que conoció Rizal hubieran sido como D. Lázaro…!
En aquellos claustros de la Universidad Central debimos de cruzarnos,
digo, el tagalo que soñaba en sus Filipinas, y yo, el vizcaíno, que soñaba
en mi Vasconia. Románticos ambos.
Tiene razón Retana al decir que Rizal fue siempre un romántico,
entendiéndose por esto un soñador, un idealista, un poeta en fin. Sí, un
romántico, como lo son todos los filipinos, según el Sr. Taviel de
Andrade.
Ni fue toda su vida otra cosa que un soñador impenitente, un poeta. Y no
precisamente en las composiciones rítmicas en que trató de verter la
poesía de su alma, sino en sus obras todas, en su vida sobre todo.
Amó a su patria, Filipinas, con poesía, con religiosidad. Hizo una
religión de su patriotismo, y de esto hablaré luego. Y amó a España con
poesía, con religiosidad también. Y esto hizo que le llevaran á la muerte
los que no saben quererla ni con poesía ni con religión.
“Quijote oriental” le llama una vez Retana, y está así bien llamado. Pero
fue un Quijote doblado de un Hamlet; fue un Quijote del pensamiento, á
quien le repugnaban las impurezas de la realidad.
Sus hazañas fueron sus libros, sus escritos; su heroísmo fue el heroísmo
del escritor.
Pero entiéndase bien que no del escritor profesional, no del que piensa ó
siente para escribir, sino del hombre henchido de amores que escribe
porque ha pensado ó ha sentido. Y es muy grande la diferencia -sobre que
llamó la atención Schopenhauer- de pensar para escribir á escribir porque
se ha pensado.
Rizal era un poeta, un héroe del pensamiento y no de la acción sino en
cuanto es acción el pensamiento, el verbo, que era ya en el principio, era
con Dios y era Dios mismo, y por quien fueron hechas las cosas todas según
el Evangelio.
Dice Retana que cuando, de vuelta Rizal á Manila en 1892, se metió en
política, fundando la Liga (2), el “místico lirista” se convirtió en
trabajador en prosa, y el pendant de Tolstoi en un pendant de Becerra (3).
Quizás con ello prestó mayor servicio á la causa filipina; pero su figura
se amengua, añade. Y el Sr. Santos (4) le sale al paso á Retana con unas
consideraciones que el lector puede leer en la nota (312), página 252 de
la presente obra.
Los héroes del pensamiento no son dueños de su acción; el viento del
Espíritu les lleva adonde ellos no pensaban ir. Para dominar los actos
externos de la propia vida, es muy conveniente una cierta pobreza
imaginativa, y, por otra parte, los grandes valerosos del pensamiento, los
espíritus arrojados en forjar ideas y apurarlas en sus consecuencias
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