Мигель де Унамуно. Собрание сочинений. Miguel de Unamuno. Seleccion de textos
Uncategorized August 4th, 2006
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-me decía-. Él me dio fe.
-¿Fe? -le interrumpía yo.
-Sí, fe, fe en el consuelo de la vida, fe en el contento de la vida. Él me curó de mi progresismo. Porque hay,
Angela, dos clases de hombres peligrosos y nocivos: los que convencidos de la vida de ultratumba, de la
resurrección de la carne, atormentan, como inquisidores que son, a los demás para que, despreciando esta vida
como transitoria, se ganen la otra, y los que no creyendo más que en este…
-Como acaso tú… -le decía yo.
-Y sí, y como Don Manuel. Pero no creyendo más que en este mundo, esperan no sé qué sociedad futura, y
se esfuerzan en negarle al pueblo el consuelo de creer en otro…
-De modo que…
-De modo que hay que hacer que vivan de la ilusión.
El pobre cura que llegó a sustituir a Don Manuel en el curato entró en Valverde de Lucerna abrumado por el
recuerdo del santo y se entregó a mi hermano y a mí para que le guiásemos. No quería sino seguir las huellas
del santo. Y mi hermano le decía: «Poca teología, ¿eh?, poca teología; religión, religión». Y yo al oírselo me
sonreía pensando si es que no era también teología lo nuestro.
Yo empecé entonces a temer por mi pobre hermano. Desde que se nos murió Don Manuel no cabía decir
que viviese. Visitaba a diario su tumba y se pasaba horas muertas contemplando el lago. Sentía morriña de la
paz verdadera.
-No mires tanto al lago -le decía yo.
-No, hermana, no temas. Es otro el lago que me llama; es otra la montaña. No puedo vivir sin él.
-¿Y el contento de vivir, Lázaro, el contento de vivir?
-Eso para otros pecadores, no para nosotros, que le hemos visto la cara a Dios, a quienes nos ha mirado con
sus ojos el sueño de la vida.
-¿Qué, te preparas a ir a ver a Don Manuel?
-No, hermana, no; ahora y aquí en casa, entre nosotros solos, toda la verdad por amarga que sea, amarga
como el mar a que van a parar las aguas de este dulce lago, toda la verdad para ti, que estás abroquelada contra
ella…
-¡No, no, Lázaro; esa no es la verdad!
-La mía, sí.
-La tuya, ¿pero y la de…?
-También la de él.
-¡Ahora no, Lázaro; ahora no! Ahora cree otra cosa, ahora cree…
-Mira, Angela, una de las veces en que al decirme Don Manuel que hay cosas que aunque se las diga uno a
sí mismo debe callárselas a los demás, le repliqué que me decía eso por decírselas a él, esas mismas, a sí
mismo, y acabó confesándome que creía que más de uno de los más grandes santos, acaso el mayor, había
muerto sin creer en la otra vida.
-¿Es posible?
-¡Y tan posible! Y ahora, hermana, cuida que no sospechen siquiera aquí, en el pueblo, nuestro secreto… -
¿Sospecharlo? -le dije-. Si intentase, por locura, explicárselo, no lo entenderían. El pueblo no entiende de
palabras; el pueblo no ha entendido más que vuestras obras. Querer exponerles eso sería como leer a unos niños
de ocho años unas páginas de santo Tomás de Aquino… en latín.
-Bueno, pues cuando yo me vaya, reza por mí y por él y por todos.
Y por fin le llegó también su hora. Una enfermedad que iba minando su robusta naturaleza pareció
exacerbársele con la muerte de Don Manuel.
-No siento tanto tener que morir -me decía en sus últimos días -, como que conmigo se muere otro pedazo
del alma de Don Manuel. Pero lo demás de él vivirá contigo. Hasta que un día hasta los muertos nos
moriremos del todo.
Cuando se hallaba agonizando entraron, como se acostumbra en nuestras aldeas, los del pueblo a verle
agonizar, y encomendaban su alma a Don Manuel, a san Manuel Bueno, el mártir. Mi hermano no les dijo
nada, no tenía ya nada que decirles; les dejaba dicho todo, todo lo que queda dicho. Era otra laña más entre las
dos Valverdes de Lucerna, la del fondo del lago y la que en su sobrehaz se mira; era ya uno de nuestros
muertos de vida, uno también, a su modo, de nuestros santos.
Quedé más que desolada, pero en mi pueblo y con mi pueblo. Y ahora, al haber perdido a mi san Manuel, al
padre de mi alma, y a mi Lázaro, mi hermano aún más que carnal, espiritual, ahora es cuando me doy cuenta
de que he envejecido y de cómo he envejecido. Pero ¿es que los he perdido?, ¿es que he envejecido?, ¿es que
me acerco a mi muerte?
¡Hay que vivir! Y él me enseñó a vivir, él nos enseñó a vivir, a sentir la vida, a sentir el sentido de la vida, a
sumergirnos en el alma de la montaña, en el alma del lago, en el alma del pueblo de la aldea, a perdernos en
ellas para quedar en ellas. Él me enseñó con su vida a perderme en la vida del pueblo de mi aldea, y no sentía
yo más pasar las horas, y los días y los años, que no sentía pasar el agua del lago. Me parecía como si mi vida
hubiese de ser siempre igual. No me sentía envejecer. No vivía yo ya en mí, sino que vivía en mi pueblo y mi
pueblo vivía en mí. Yo quería decir lo que ellos, los míos, decían sin querer. Salía a la calle, que era la
carretera, y como conocía a todos, vivía en ellos y me olvidaba de mí, mientras que en Madrid, donde estuve
alguna vez con mi hermano, como a nadie conocía, sentíame en terrible soledad y torturada por tantos
desconocidos.
Y ahora, al escribir esta memoria, esta confesión íntima de mi experiencia de la santidad ajena, creo que
Don Manuel Bueno, que mi san Manuel y que mi hermano Lázaro se murieron creyendo no creer lo que más
nos interesa, pero sin creer creerlo, creyéndolo en una desolación activa y resignada.
Pero ¿por qué -me he preguntado muchas veces - no trató Don Manuel de convertir a mi hermano también
con un engaño, con una mentira, fingiéndose creyente sin serlo? Y he comprendido que fue porque
comprendió que no le engañaría, que para con él no le serviría el engaño, que sólo con la verdad, con su
verdad, le convertiría; que no habría conseguido nada si hubiese pretendido representar para con él una
comedia -tragedia más bien-, la que representaba para salvar al pueblo. Y así le ganó, en efecto, para su
piadoso fraude; así le ganó con la verdad de muerte a la razón de vida. Y así me ganó a mí, que nunca dejé
transparentar a los otros su divino, su santísimo juego. Y es que creía y creo que Dios Nuestro Señor, por
no sé qué sagrados y no escrudiñaderos designios, les hizo creerse incrédulos. Y que acaso en el
acabamiento de su tránsito se les cayó la venda. ¿Y yo, creo?
Y al escribir esto ahora, aquí, en mi vieja casa materna, a mis más que cincuenta años, cuando empiezan
a blanquear con mi cabeza mis recuerdos, está nevando, nevando sobre el lago, nevando sobre la montaña,
nevando sobre las memorias de mi padre, el forastero; de mi ma dre, de mi hermano Lázaro, de mi pueblo,
de mi san Manuel, y también sobre la memoria del pobre Blasillo, de mi san Blasillo, y que él me ampare
desde el cielo. Y esta nieve borra esquinas y borra sombras, pues hasta de noche la nieve alumbra. Y yo no
sé lo que es verdad y lo que es mentira, ni lo que vi y lo que soñé -o mejor lo que soñé y lo que sólo vi-, ni
lo que supe ni lo que creí. No sé si estoy traspasando a este papel, tan blanco como la nieve, mi conciencia
que en él se ha de quedar, quedándome yo sin ella. ¿Para qué tenerla ya…?
¿Es que sé algo?, ¿es que creo algo? ¿Es que esto que estoy aquí contando ha pasado y ha pasado tal y
como lo cuento? ¿Es que pueden pasar estas cosas? ¿Es que todo esto es más que un sueño soñado dentro
de otro sueño? ¿Seré yo, Angela Carballino, hoy cincuentona, la única persona que en esta aldea se ve
acometida de estos pensamientos extraños para los demás? ¿Y estos, los otros, los que me rodean, creen?
¿Qué es eso de creer? Por lo menos, viven. Y ahora creen en san Manuel Bueno, mártir, que sin esperar
inmortalidad les mantuvo en la esperanza de ella.
Parece que el ilustrísimo señor obispo, el que ha promovido el proceso de beatificación de nuestro santo
de Valverde de Lucerna, se propone escribir su vida, una especie de manual del perfecto párroco, y recoge
para ello toda clase de noticias. A mí me las ha pedido con insistencia, ha tenido entrevistas conmigo, le he
dado toda clase de datos, pero me he callado siempre el secreto trágico de Don Manuel y de mi hermano. Y
es curioso que él no lo haya sospechado. Y confío en que no llegue a su conocimiento todo lo que en esta
memoria dejo consignado. Les temo a las autoridades de la tierra, a las autoridades temporales, aunque sean
las de la Iglesia.
Pero aquí queda esto, y sea de su suerte lo que fuere.
¿Cómo vino a parar a mis manos este documento, esta memoria de Ángela Carballino? He aquí algo,
lector, algo que debo guardar en secreto. Te la doy tal y como a mí ha llegado, sin más que corregir pocas,
muy pocas particularidades de redacción. ¿Que se parece mucho a otras cosas que yo he escrito? Esto nad
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