en el corazón como el
más grande misterio, y fue que me dijo con voz que parecía de otro mundo: «… y reza también por Nuestro
Señor Jesucristo…».
Me levanté sin fuerzas y como sonámbula. Y todo en torno me pareció un sueño. Y pensé: «Habré de
rezar también por el lago y por la montaña». Y luego: «¿Es que estaré endemoniada?». Y en casa ya, cogí
el crucifijo con el cual en las manos hab ía entregado a Dios su alma mi madre, y mirándolo a través de mis
lágrimas y recordando el «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?» de nuestros dos Cristos, el
de esta tierra y el de esta aldea, recé: «hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo», primero, y
después: «Y no nos dejes caer en la tentación, amén». Luego me volví a aquella imagen de la Dolorosa, con
su corazón traspasado por siete espadas, que había sido el más doloroso consuelo de mi pobre madre, y
recé: «Santa María, ma dre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte,
amén». Y apenas lo había rezado cuando me dije: «¿pecadores?, ¿nosotros pecadores?, ¿y cuál es nuestro
pecado, cuál?». Y anduve todo el día acongojada por esta pregunta.
Al día siguiente acudí a Don Manuel, que iba adquiriendo una solemnidad de religioso ocaso, y le
dije: -¿Recuerda, padre mío, cuando hace ya años, al dirigirle yo una pregunta me contestó: «Eso no
me lo pre guntéis a mí, que soy ignorante; doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán
responder»?
-¡Que si me acuerdo!… y me acuerdo que te dije que esas eran preguntas que te dictaba el Demonio.
-Pues bien, padre, hoy vuelvo yo, la endemoniada, a dirigirle otra pregunta que me dicta mi
demonio de la guarda.
-Pregunta.
-Ayer, al darme de comulgar, me pidió que rezara por todos nosotros y hasta por…
-Bien, cállalo y sigue.
-Llegué a casa y me puse a rezar, y al llegar a aquello de «ruega por nosotros, pecadores, ahora y en
la hora de nuestra muerte», una voz íntima me dijo: «¿pecadores?, ¿pecadores nosotros?, ¿y cuál es
nuestro pecado?». ¿Cuál es nuestro pecado, padre?
-¿Cuál? -me respondió -. Ya lo dijo un gran doctor de la Iglesia Católica Apostólica Española, ya lo
dijo el gran doctor de La vida es sueño, ya dijo que «el delito mayor del hombre es haber nacido».
Ese es, hija, nuestro pecado: el de haber nacido.
-¿Y se cura, padre?
-¡Vete y vuelve a rezar! Vuelve a rezar por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra
muerte… Sí, al fin se cura el sueño…, al fin se cura la vida…, al fin se acaba la cruz del nacimiento… Y
como dijo Calderón, el hacer bien, y el engañar bien, ni aun en sueños se pierde…
Y la hora de su muerte llegó por fin. Todo el pueblo la veía llegar. Y fue su más grande lección. No
quiso morirse ni solo ni ocioso. Se murió predicando al pueblo, en el templo. Primero, antes de
mandar que le llevasen a él, pues no podía ya moverse por la perlesía, nos llamó a su casa a Lázaro y a
mí. Y allí, los tres a solas, nos dijo:
-Oíd: cuidad de estas pobres ovejas, que se consuelen de vivir, que crean lo que yo no he podido
creer. Y tú, Lázaro, cuando hayas de morir, muere como yo, como morirá nuestra Ángela, en el seno
de la Santa Madre Católica Apostólica Romana, de la Santa Madre Iglesia de Valverde de Lucerna,
bien entendido. Y hasta nunca más ver, pues se acaba este sueño de la vida…
-¡Padre, padre! -gemí yo.
-No te aflijas, Angela, y sigue rezando por todos los pecadores, por todos los nacidos. Y que sueñen,
que sueñen. ¡Qué ganas tengo de dormir, dormir, dormir sin fin, dormir por toda una eternidad y sin
soñar!, ¡olvidando el sueño! Cuando me entierren, que sea en una caja hecha con aquellas seis tablas
que tallé del viejo nogal, ¡pobre cito!, a cuya sombra jugué de niño, cuando empezaba a soñar… ¡Y
entonces sí que creía en la vida perdurable! Es decir, me figuro ahora que creía entonces. Para un niño
creer no es más que soñar. Y para un pueblo. Esas seis tablas que tallé con mis propias manos, las
encontraréis al pie de mi cama.
Le dio un ahogo y, repuesto de él, prosiguió: -Recordaréis que cuando rezábamos todos en uno, en
unanimidad de sentido, hechos pueblo, el Credo, al llegar al final yo me callaba. Cuando los israelitas
iban llegando al fin de su peregrinación por el desierto, el Señor les dijo a Aarón y a Moisés que por
no haberle creído no meterían a su pueblo en la tierra prometida, y les hizo subir al monte de Hor,
donde Moisés hizo desnudar a Aarón, que allí murió, y luego subió Moisés desde las llanuras de Moab
al monte Nebo, a la cumbre de Fasga, enfrente de Jericó, y el Señor le mostró toda la tierra prometida a
su pueblo, pero diciéndole a él: «¡No pasarás allá!», y allí murió Moisés y nadie supo su sepultura. Y dejó
por caudillo a Josué. Sé tú, Lázaro, mi Josué, y si puedes detener el Sol, deténle, y no te importe del
progreso. Como Moisés, he conocido al Señor, nuestro supremo ensueño, cara a cara, y ya sabes que dice la
Escritura que el que le ve la cara a Dios, que el que le ve al sueño los ojos de la cara con que nos mira, se
muere sin remedio y para siempre. Que no le vea, pues, la cara a Dios este nuestro pueblo mientras viva,
que después de muerto ya no hay cuidado, pues no verá nada…
-¡Padre, padre, padre! -volví a gemir.
Y él:
-Tú, Ángela, reza siempre, sigue rezando para que los pecadores todos sueñen hasta morir la resurrección
de la carne y la vida perdurable…
Yo esperaba un «¿y quién sabe…?», cuando le dio otro ahogo a Don Manuel.
-Y ahora -añadió-, ahora, en la hora de mi muerte, es hora de que hagáis que se me lleve, en este mismo
sillón, a la iglesia para despedirme allí de mi pueblo, que me espera.
Se le llevó a la iglesia y se le puso, en el sillón, en el pres biterio, al pie del altar. Tenía entre sus manos
un crucifijo. Mi hermano y yo nos pusimos junto a él, pero fue Blasillo el bobo quien más se arrimó. Quería
coger de la mano a Don Manuel, besársela. Y como algunos trataran de impedírselo, Don Manuel les
reprendió diciéndoles:
-Dejadle que se me acerque. Ven, Blasillo, dame la mano.
El bobo lloraba de alegría. Y luego Don Manuel dijo: -Muy pocas palabras, hijos míos, pues apenas me
siento con fuerzas sino para morir. Y nada nuevo tengo que deciros. Ya os lo dije todo. Vivid en paz y
contentos y esperando que todos nos veamos un día en la Valverde de Lucerna que hay allí, entre las
estrellas de la noche que se reflejan en el lago, sobre la montaña. Y rezad, rezad a María Santísima, rezad a
Nuestro Señor. Sed buenos, que esto basta. Perdonadme el mal que haya podido haceros sin quererlo y sin
saberlo. Y ahora, después de que os dé mi bendición, rezad todos a una el Padrenuestro, el Ave María, la
Salve, y por último el Credo.
Luego, con el crucifijo que tenía en la mano dio la bendición al pueblo, llorando las mujeres y los niños y
no pocos hombres, y en seguida empezaron las oraciones, que Don Manuel oía en silencio y cogido de la
mano por Bla sillo, que al son del ruego se iba durmiendo. Primero el Padrenuestro con su «hágase tu
voluntad así en la tierra como en el cielo», luego el Santa María con su «ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte», a seguida la Salve con su «gimiendo y llorando en este valle de
lágrimas», y por último el Credo. Y al lle gar a la «resurrección de la carne y la vida perdurable», todo el
pueblo sintió que su santo había entregado su alma a Dios. Y no hubo que cerrarle los ojos, porque se
murió con ellos cerrados. Y al ir a despertar a Blasillo nos encontramos con que se había dormido en el
Señor para siempre. Así que hubo luego que enterrar dos cuerpos.
El pueblo todo se fue en seguida a la casa del santo a recoger reliquias, a repartirse retazos de sus
vestiduras, a llevarse lo que pudieran como reliquia y recuerdo del bendito mártir. Mi hermano guardó su
breviario, entre cuyas hojas encontró, desecada y como en un herbario, una clavellina pegada a un papel y
en este una cruz con una fecha.
Nadie en el pueblo quiso creer en la muerte de Don Manuel; todos esperaban verle a diario, y acaso le
veían, pasar a lo largo del lago y espejado en él o teniendo por fondo las montañas; todos seguían oyendo su
voz, y todos acudían a su sepultura, en torno a la cual surgió todo un culto. Las endemoniadas venían ahora a
tocar la cruz de nogal, hecha también por sus manos y sacada del mismo árbol de donde sacó las seis tablas en
que fue enterrado. Y los que menos queríamos creer que se hubiese muerto éramos mi hermano y yo.
Él, Lázaro, continuaba la tradición del santo y empezó a redactar lo que le había oído, notas de que me he
servido para es ta mi memoria.
-Él me hizo un hombre nuevo, un verdadero Lázaro, un resucitado
-
Descargar
UserOnline
- No User Is Browsing This Site
Архивы
- December 2008
- November 2008
- August 2008
- July 2008
- June 2008
- May 2008
- April 2008
- March 2008
- February 2008
- January 2008
- September 2007
- August 2007
- June 2007
- March 2007
- January 2007
- December 2006
- November 2006
- October 2006
- September 2006
- August 2006
- July 2006
- June 2006
- May 2006
- April 2006
- March 2006
- February 2006
- January 2006
- December 2005
- November 2005
- October 2005
- September 2005
Most Emailed
- Грамматика испанского языка. Gramática de la Lengua Castellana - 2 emails
- Диего де Кастро Титу Куси Юпанки. Сообщение о Завоевании Перу и дела Инки Манко II. Castro Titu Cusi Yupanqui, Diego de. Relación de la Conquista del Perú y hechos del Inca Manco II. Lima: I... - 1 emails
- Фрай Бернардино де Саагун. “Обычаи и верования” (Fray Bernardino de Sahagun. “Historia General de las cosas de la Nueva España”) - 1 emails
- Альвар Нуньес Кабеса де Вака. Кораблекрушения. Álvar Núñez Cabeza de Vaca. NAUFRAGIOS. - 1 emails
- Мигель де Унамуно. Туман. Miguel de Unamuno. NIEBLA - 1 emails
-
Управление
-


















Post a Comment