;o, por qué.
-Pero no, no; tienes que casarte. Entre Lázaro y yo te buscaremos un novio. Porque a ti te conviene
casarte para que se te curen esas preocupaciones.
-¿Preocupaciones, Don Manuel?
-Yo sé bien lo que me digo. Y no te acongojes dema siado por los demás, que harto tiene cada cual con
tener que responder de sí mismo.
-¡Y que sea usted, Don Manuel, el que me diga eso!, ¡que sea usted el que me aconseje que me case para
responder de mí y no acuitarme por los demás!, ¡que sea usted!
-Tienes razón, Angelina, no sé ya lo que me digo; no sé ya lo que me digo desde que estoy confesándome
contigo. Y sí, sí, hay que vivir, hay que vivir.
Y cuando yo iba a levantarme para salir del templo, me dijo:
-Y ahora, Angelina, en nombre del pueblo, ¿me absuelves?
Me sentí como penetrada de un misterioso sacerdocio, y le dije:
-En nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, le absuelvo, padre.
Y salimos de la iglesia, y al salir se me estremecían las entrañas maternales.
Mi hermano, puesto ya del todo al servicio de la obra de Don Manuel, era su más asiduo colaborador y
compañero. Les anudaba, además, el común secreto. Le acompañaba en sus visitas a los enfermos, a las
escuelas, y ponía su dinero a disposición del santo varón. Y poco faltó para que no aprendiera a ayudarle a
misa. E iba entrando cada vez más en el alma insondable de Don Manuel.
-¡Qué hombre! -me decía-. Mira, ayer, paseando a orillas del lago, me dijo: «He aquí mi tentación
mayor». Y como yo le interrogase con la mirada, añadió: «Mi pobre padre, que murió de cerca de noventa
años, se pasó la vida, según me lo confesó él mismo, torturado por la tentación del suicidio, que le venía no
recordaba desde cuándo, de nación, decía, y defendiéndose de ella. Y esa defensa fue su vida. Para no
sucumbir a tal tentación extremaba los cuidados por conservar la vida. Me contó escenas terribles. Me
parecía como una locura. Y yo la he heredado. ¡Y cómo me llama esa agua que con su aparente quietud -la
corriente va por dentro- espeja al cielo! ¡Mi vida, Lázaro, es una especie de suicidio continuo, un combate
contra el suicidio, que es igual; pero que vivan ellos, que vivan los nuestros!». Y luego añadió: «Aquí se
remansa el río en lago, para luego, bajando a la meseta, precipitarse en cascadas, saltos y torrenteras por las
hoces y encañadas, junto a la ciudad, y así se remansa la vida, aquí, en la aldea. Pero la tentación del
suicidio es mayor aquí, junto al remanso que espeja de noche las estrellas, que no junto a las cascadas que
dan miedo. Mira, Lázaro, he asistido a bien morir a pobres aldeanos, ignorantes, analfabetos que apenas si
habían salido de la aldea, y he podido saber de sus labios, y cuando no adivinarlo, la verdadera causa de su
enfermedad de muerte, y he podido mirar, allí, a la cabecera de su lecho de muerte, toda la negrura de la
sima del tedio de vivir. ¡Mil veces peor que el hambre! Sigamos, pues, Lázaro, suicidándonos en nuestra obra
y en nuestro pueblo, y que sueñe es te su vida como el lago sueña el cielo».
-Otra vez -me decía también mi hermano-, cuando volvíamos acá, vimos una zagala, una cabrera, que enhiesta
sobre un picacho de la falda de la montaña, a la vista del lago, estaba cantando con una voz más fresca
que las aguas de este. Don Manuel me detuvo y señalándomela dijo: «Mira, parece como si se hubiera
acabado el tiempo, como si esa zagala hubiese estado ahí siempre, y como está, y cantando como está, y como
si hubiera de seguir estando así siempre, como estuvo cuando empezó mi conciencia, como estará cuando se
me acabe. Esa zagala forma parte, con las rocas, las nubes, los árboles, las aguas, de la naturaleza y no de la
historia». ¡Cómo siente, cómo anima Don Manuel a la naturaleza! Nunca olvidaré el día de la nevada en que
me dijo: «¿Has visto, Lázaro, misterio mayor que el de la nieve cayendo en el lago y muriendo en él mientras
cubre con su toca a la montaña?».
Don Manuel tenía que contener a mi hermano en su celo y en su inexperiencia de neófito. Y como supiese
que este andaba predicando contra ciertas supersticiones populares, hubo de decirle:
-¡Déjalos! ¡Es tan difícil hacerles comprender dónde acaba la creencia ortodoxa y dónde empieza la
superstición! Y más para nosotros. Déjalos, pues, mientras se consuelen. Vale más que lo crean todo, aun
cosas contradictorias entre sí, a no que no crean nada. Eso de que el que cree demasiado acaba por no creer
nada, es cosa de protestantes. No protestemos. La protesta mata el contento.
Una noche de plenilunio -me contaba también mi hermano- volvían a la aldea por la orilla del lago, a cuya
sobrehaz rizaba entonces la brisa montañesa y en el rizo cabrilleaban las razas de la luna llena, y Don
Manuel le dijo a Lázaro:
-¡Mira, el agua está rezando la letanía y ahora dice: ¡anua caeli, ora pro nobis, puerta del cielo, ruega por
nosotros!
Y cayeron temblando de sus pestañas a la yerba del suelo dos huideras lágrimas en que también, como en
rocío, se bañó temblorosa la lumbre de la luna llena.
E iba corriendo el tiempo y observábamos mi hermano y yo que las fuerzas de Don Manuel empezaban a
decaer, que ya no lograba contener del todo la insondable tristeza que le consumía, que acaso una enfermedad
traidora le iba minando el cuerpo y el alma. Y Lázaro, acaso para distraerle más, le propuso si no estaría bien
que fundasen en la iglesia algo así como un sindicato católico agrario.
-¿Sindicato? -respondió tristemente Don Manuel-. ¿Sindicato? ¿Y qué es eso? Yo no conozco más sindicato
que la Iglesia, y ya sabes aquello de «mi reino no es de este mundo». Nuestro reino, Lázaro, no es de este
mundo…
-¿Y del otro?
Don Manuel bajó la cabeza:
-El otro, Lázaro, está aquí también, porque hay dos reinos en este mundo. O mejor, el otro mundo… Vamos,
que no sé lo que me digo. Y en cuanto a eso del sindicato, es en ti un resabio de tu época de progresismo. No,
Lázaro, no; la religión no es para resolver los conflictos económicos o políticos de este mundo que Dios
entregó a las disputas de los hombres. Piensen los hombres y obren los hombres como pensaren y como
obraren, que se consuelen de haber nacido, que vivan lo más contentos que puedan en la ilusión de que todo
esto tiene una finalidad. Yo no he venido a someter los pobres a los ricos, ni a predicar a estos que se
sometan a aquellos. Resignación y caridad en todos y para todos. Porque también el rico tiene que resignarse
a su riqueza, y a la vida, y también el pobre tiene que tener caridad para con el rico. ¿Cuestión
social? Deja eso, eso no nos concierne. Que traen una nueva sociedad, en que no haya ya ricos ni pobres, en
que esté justamente repartida la riqueza, en que todo sea de todos, ¿y qué? ¿Y no crees que del bienestar
general surgirá más fuerte el tedio a la vida? Sí, ya sé que uno de esos caudillos de la que llaman la
revolución social ha dicho que la religión es el opio del pueblo. Opio… Opio… Opio, sí. Démosle opio, y
que duerma y que sueñe. Yo mismo con esta mi loca actividad me estoy administrando opio. Y no logro
dormir bien y menos soñar bien… ¡Esta terrible pesadilla! Y yo también puedo decir con el Divino Maestro:
«Mi alma está triste hasta la muerte». No, Lázaro; nada de sindicatos por nuestra parte. Si lo forman ellos
me parecerá bien, pues que así se distraen. Que jueguen al sindicato, si eso les contenta.
El pueblo todo observó que a Don Manuel le menguaban las fuerzas, que se fatigaba. Su voz misma,
aquella voz que era un milagro, adquirió un cierto temblor íntimo. Se le asomaban las lágrimas con
cualquier motivo. Y sobre todo cuando hablaba al pueblo del otro mundo, de la otra vida, tenía que
detenerse a ratos cerrando los ojos. «Es que lo está viendo», decían. Y en aquellos mo mentos era Blasillo el
bobo el que con más cuajo lloraba. Porque ya Blasillo lloraba más que reía, y hasta sus risas sonaban a
lloros.
Al llegar la última Semana de Pasión que con nosotros, en nuestro mundo, en nuestra aldea celebró Don
Manuel, el pueblo todo presintió el fin de la tragedia. ¡Y cómo
sonó entonces aquel: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?», el último que en público
sollozó Don Manuel! Y cuando dijo lo del Divino Maestro al buen bandolero -«todos los bandoleros son
buenos», solía decir nuestro Don Manuel-, aquello de: «Mañana estarás conmigo en el paraíso». ¡Y la
última comunión general que repartió nuestro santo! Cuando llegó a dársela a mi hermano, esta vez con
mano segura, después del litúrgico «.,. in vitam aetemam», se le inclinó al oído y le dijo: «No hay más vida
eterna que esta… que la sueñen eterna… eterna de unos pocos años…». Y cuando me la dio a mí me dijo:
«Reza, hija mía, reza por nosotros». Y luego, algo tan extraordinario que lo llevo
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