Мигель де Унамуно. Собрание сочинений. Miguel de Unamuno. Seleccion de textos
Uncategorized August 4th, 2006
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istercienses.
-Es un hombre maravilloso -me decía Lázaro -. Ya sabes que dicen que en el fondo de este lago hay una
villa sumergida y que en la noche de san Juan, a las doce, se oyen las campanadas de su iglesia.
-Sí -le contestaba yo-, una villa feudal y me dieval…
-Y creo -añadía él- que en el fondo del alma de nuestro Don Manuel hay también sumergida, ahogada, una
villa y que alguna vez se oyen sus campanadas.
-Sí -le dije-, esa villa sumergida en el alma de Don Manuel, ¿y por qué no también en la tuya?, es el cementerio
de las almas de nuestros abuelos, los de esta nuestra Valverde de Lucerna… ¡feudal y medieval!
Acabó mi hermano por ir a misa siempre, a oír a Don Manuel, y cuando se dijo que cumpliría con la
parroquia, que comulgaría cuando los demás comulgasen, recorrió un íntimo regocijo al pueblo todo, que
creyó haberle recobrado. Pero fue un regocijo tal, tan limpio, que Lázaro no se sintió ni vencido ni
disminuido.
Y llegó el día de su comunión, ante el pueblo todo, con el pueblo todo. Cuando llegó la vez a mi hermano
pude ver que Don Manuel, tan blanco como la nieve de enero en la montaña y temblando como tiembla el
lago cuando le hostiga el cierzo, se le acercó con la sagrada forma en la mano, y de tal modo le temblaba esta
al arrimarla a la boca de Lázaro que se le cayó la forma a tiempo que le daba un vahído. Y fue mi hermano
mismo quien recogió la hostia y se la llevó a la boca. Y el pueblo al ver llorar a Don Manuel, lloró diciéndose:
«¡Cómo le quiere!». Y entonces, pues era la madrugada, cantó un gallo.
Al volver a casa y encerrarme en ella con mi hermano, le eché los brazos al cuello y besándole le dije:
-¡Ay Lázaro, Lázaro, qué alegría nos has dado a todos, a todos, a todo el pueblo, a todos, a los vivos y a los
muertos, y sobre todo a mamá, a nuestra madre! ¿Viste? El pobre Don Manuel lloraba de alegría. ¡Qué alegría
nos has dado a todos!
-Por eso lo he hecho -me contestó.
-¿Por eso? ¿Por darnos alegría? Lo habrás hecho ante todo por ti mismo, por conversión.
Y entonces Lázaro, mi hermano, tan pálido y tan tembloroso como Don Manuel cuando le dio la comunión,
me hizo sentarme en el sillón mismo donde solía sentarse nuestra madre, tomó huelgo, y luego, como en
íntima confesión doméstica y familiar, me dijo:
-Mira, Angelita, ha llegado la hora de decirte la verdad, toda la verdad, y te la voy a decir, porque debo decírtela,
porque a ti no puedo, no debo callártela y porque además habrías de adivinarla y a medias, que es lo
peor, más tarde o más temprano.
Y entonces, serena y tranquilamente, a media voz, me contó una historia que me sumergió en un lago de
tristeza. Cómo Don Manuel le había venido trabajando, sobre todo en aquellos paseos a las ruinas de la vieja
abadía cisterciense, para que no escandalizase, para que diese buen ejemplo, para que se incorporase a la vida
religiosa del pueblo, para que fingiese creer si no creía, para que ocultase sus ideas al respecto, mas sin
intentar siquiera catequizarle, convertirle de otra manera.
-Pero ¿es eso posible? -exclamé consternada.
-¡Y tan posible, hermana, y tan posible! Y cuando yo le decía: «¿Pero es usted, usted, el sacerdote, el que
me aconseja que finja?», él, balbuciente: «¿Fingir?, ¡fingir no!, ¡eso no es fingir! Toma agua bendita, que dijo
alguien, y acabarás creyendo». Y como yo, mirándole a los ojos, le dijese: «¿Y usted celebrando misa ha
acabado por creer?», él bajó la mirada al lago y se le llenaron los ojos de lágrimas. Y así es como le arranqué
su secreto.
-¡Lázaro! -gemí.
Y en aquel momento pasó por la calle Blasillo el bobo, clamando su: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me
has abandonado?». Y Lázaro se estremeció creyendo oír la voz de Don Manuel, acaso la de Nuestro Señor
Jesucristo.
-Entonces -prosiguió mi hermano- comprendí sus mó viles, y con esto comprendí su santidad; porque es un
santo, hermana, todo un santo. No trataba al emprender ganarme para su santa causa -porque es una causa
santa, santísima-, arrogarse un triunfo, sino que lo hacía por la paz, por la felicidad, por la ilusión si quieres, de
los que le están encomendados; comprendí que si les engaña así -si es que esto es engaño- no es por medrar.
Me rendí a sus razones, y he aquí mi conversión. Y no me olvidaré jamás del día en que diciéndole yo: «Pero,
Don Manuel, la verdad, la verdad ante todo», él, temblando, me susurró al oído -y eso que estábamos solos en
medio del campo-: «¿La verdad? La verdad, Lázaro, es acaso algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la
gente sencilla no podría vivir con ella». «¿Y por qué me la deja entrever ahora aquí, como en confesión?», le
dije. Y él: «Porque si no, me atormentaría tanto, tanto, que acabaría gritándola en medio de la plaza, y eso
jamás, jamás, jamás. Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerles felices, para
hacerles que se sueñen inmortales y no para matarles. Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que
vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían. Que vivan. Y esto hace la
Iglesia, hacerles vivir. ¿Religión verdadera? Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente
a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para
cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que le ha hecho. ¿Y la mía? La mía es consolarme en
consolar a los demás, aunque el consuelo que les doy no sea el mío». Jamás olvidaré estas sus palabras.
-¡Pero esa comunión tuya ha sido un sacrilegio! -me atreví a insinuar, arrepintiéndome al punto de haberlo
insin uado.
-¿Sacrilegio? ¿Y él que me la dio? ¿Y sus misas?
-¡Qué martirio! -exclamé.
-Y ahora -añadió mi hermano- hay otro más para consolar al pueblo.
-¿Para engañarle? -le dije.
-Para engañarle no -me replicó-, sino para corroborarle en su fe.
-Y él, el pueblo -dije-, ¿cree de veras?
-¡Qué sé yo …! Cree sin querer, por hábito, por tradición. Y lo que hace falta es no despertarle. Y que viva
en su pobreza de sentimientos para que no adquiera torturas de lujo. ¡Bienaventurados los pobres de espíritu!
-Eso, hermano, lo has aprendido de Don Manuel. Y ahora, dime, ¿has cumplido aquello que le prometiste a
nuestra madre cuando ella se nos iba a morir, aquello de que rezarías por ella?
-¡Pues no se lo había de cumplir! Pero ¿por quién me has tomado, hermana? ¿Me crees capaz de faltar a mi
palabra, a una promesa solemne, y a una promesa hecha, y en el lecho de muerte, a una madre?
-¡Qué sé yo…! Pudiste querer engañarla para que muriese consolada.
-Es que si yo no hubiese cumplido la promesa viviría sin consuelo.
-¿Entonces?
-Cumplí la promesa y no he dejado de rezar ni un solo día por ella.
-¿Sólo por ella? -Pues, ¿por quién más?
-¡Por ti mismo! Y de ahora en adelante, por Don Manuel.
Nos separamos para irnos cada uno a su cuarto, yo a llorar toda la noche, a pedir por la conversión de mi
hermano y de Don Manuel, y él, Lázaro, no sé bien a qué.
Después de aquel día temblaba yo de encontrarme a solas con Don Manuel, a quien seguía asistiendo en sus
piadosos menesteres. Y él pareció percatarse de mi estado íntimo y adivinar la causa. Y cuando al fin me
acerqué a él en el tribunal de la penitencia -¿quién era el juez y quién el reo?-, los dos, él y yo, doblamos en
silencio la cabeza y nos pusimos a llorar. Y fue él, Don Manuel, quien rompió el tremendo silencio para
decirme con voz que parecía salir de una huesa:
-Pero tú, Angelina, tú crees como a los diez años, ¿no es así? ¿Tú crees?
-Sí creo, padre.
-Pues sigue creyendo. Y si se te ocurren dudas, cállatelas a ti misma. Hay que vivir…
Me atreví, y toda temblorosa le dije:
-Pero usted, padre, ¿cree usted?
Vaciló un momento y, reponiéndose, me dijo:
-¡Creo!
-¿Pero en qué, padre, en qué? ¿Cree usted en la otra vida?, ¿cree usted que al morir no nos morimos del
todo?, ¿cree que volveremos a vernos, a querernos en otro mundo venidero?, ¿cree en la otra vida?
El pobre santo sollozaba. -¡Mira, hija, dejemos eso!
Y ahora, al escribir esta memoria, me digo: ¿Por qué no me engañó?, ¿por qué no me engañó entonces
como engañaba a los demás? ¿Por qué se acongojó? ¿Porque no podía engañarse a sí mismo, o porque no
podía engañarme? Y quiero creer que se acongojaba porque no podía engañarse para engañarme.
-Y ahora -añadió-, reza por mí, por tu hermano, por ti misma, por todos. Hay que vivir. Y hay que dar
vida.
Y después de una pausa:
-¿Y por qué no te casas, Angelina?
-Ya sabe usted, padre mí
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